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IWAKI, Japón.– ¿Quién dijo que los japoneses no tienen sentido del humor? Es más bien al contrario: el humor es un invento japonés. O, para ser más precisos dando vuelta la frase, hay inventos japoneses que sólo tienen un sentido: el del humor. Se trata de los chindogus, una creación sumamente popular en el país. Su solo nombre explica muy bien de qué se trata la idea, pero para entenderla hay que manejar un poquito el idioma. Chin significa raro, y dogu, herramienta.
Muy divertidos, los chindogus tienen además el mérito de reírse de la gran maquinaria industrial perfecta en que ha llegado a convertirse este país. En el fondo, muchos objetos de consumo masivo fabricados en serie son bastante inservibles, y el hecho de que miles de millones de personas en todo el mundo destinen su vida y sus esfuerzos a rendirles culto no deja de ser, además de tremendo, gracioso.
En este sentido, el profesor norteamericano John H. Lienhard, interesado por el fenómeno, le dedicó al chindogu un sustancioso artículo en el que lo define como “un arte zen, que va en contra de la sofocante dominación histórica de la utilidad”.
La idea original le pertenece a Kenji Kawakami, artista múltiple que comenzó su carrera en los años 60 como guionista de dibujos animados para la televisión. Kawakami fue el diseñador del célebre Museo de la Bicicleta de Tokio, y es famoso no sólo en Japón. Su libro 101 inventos imbéciles, inútiles y japoneses causó un notable impacto. A través de Internet, sus creaciones se volvieron un reguero de pólvora, y cientos de sitios están dedicados a ampliar la gama ya de por sí variada en su bazar de cosas inservibles.
Japoneses de origen, los chindogus ganaron muy pronto ciudadanía universal. Existe, aunque sea difícil de creer, una Sociedad Internacional del Chindogu, cuyo actual presidente es el norteamericano Dan Papia. La entidad ha elaborado un decálogo al que deben atenerse todos los ingenios del planeta que quieran aportar su propio granito de arena a la gama de inventos inútiles.
El decálogo consta de las siguientes reglas: 1) los chindogus tienen que ser de uso imposible; 2) sin embargo, deben tener existencia física; 3) tienen que contener “el espíritu de la anarquía”; 4) no obstante, deben ser herramientas que hagan recordar a las de empleo cotidiano; 5) no se deben fabricar para la venta; 6) el humor no debe ser su único fin, sino el medio para encontrarle una solución a un problema que verdaderamente exista; 7) los chindogus no deben servir como base para ninguna propaganda; 8) nunca deben jugar con temas tabú; 9) no pueden ser patentados, y 10) no deben ser creados a partir de prejuicios religiosos o sociales.
En el sitio www.chindogu.com hay cuantiosa información sobre esta creación japonesa, que difiere en parte de los “objetos imposibles” del belga Jacques Carelman. Hace un par de años vimos en Buenos Aires una gran muestra de los trabajos de Carelman. Ellos juegan, sobre todo, con el absurdo. La “pieza de resistencia” de esos objetos imposibles es una tetera con el asa ubicada del mismo lado que el pico, lo que torna ocioso y arriesgado tratar de servir el té con ella.
En cambio, los chindogus, tal como lo especifica el decálogo, podrían ser empleados en la vida real, sólo que, como se verá a continuación, no son para nada imprescindibles. Pero, pensándolo bien, ¿son de verdad imprescindibles los artículos que, por ejemplo, se ofrecen noche y día por los canales de TV, bajo la consigna de “llame ya” tras una presentación inverosímil?
He aquí algunos inventos surgidos de las mentes encendidas de los creadores de chindogus, que están en permanente actividad y que, en rigor, se multiplican:

