El prestigio que River ganó en una final ante Boca lo debió defender también contra Al Aín

Claudio Mauri
Claudio Mauri LA NACION
A River no le alcanzó su planificación para llegar en la mejor forma posible
A River no le alcanzó su planificación para llegar en la mejor forma posible Fuente: Reuters
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18 de diciembre de 2018  • 23:59

Al Mundial de Clubes , River lo concibió como la frutilla del postre, ya que el gran banquete había sido contra Boca . No solo no hubo frutilla, sino que le cancelaron la sobremesa y lo despacharon con un café frío y amargo. La final ganada a Boca amortizaba con creces una posible caída contra Real Madrid , pero no tenía presupuestada una eliminación contra el ignoto Al Ain . De repente, debe reordenar todas sus sensaciones.

A la victoria más importante de la historia le siguió una de las derrotas más impensadas. El fútbol da derecho al festejo, al mismo tiempo que crea obligaciones y responsabilidades, no concibe la relajación. Marcelo Gallardo viene de doctorarse en el Bernabéu, pero apenas una semana después chocó contra sus límites para que River mantuviera la guardia alta, una frase que él acuñó para estar alerta a las emboscadas de dirigentes de signo opositor, y que este martes cobró vigencia en la cancha por la mandíbula de cristal que exhibió su equipo frente a los entusiastas árabes, comandados por la exquisita clase del brasileño Caio y la potencia del sueco Berg (disputó el Mundial de Rusia)

Desde hace años se viene marcando la supremacía de los equipos europeos sobre los sudamericanos en el Mundial de Clubes. Además del poderío económico para quedarse con los mejores futbolistas, el Viejo Continente tiene muy asimilado que el fútbol es una industria del espectáculo que exige triunfos para que funcione el negocio. De ahí que se haya quedado con diez de los doce Mundiales de Clubes. Este año no habrá posibilidades de medir las distancias, salvo que Kashima Antlers dé este miércoles la sorpresa y mande a Real Madrid a jugar por el tercer puesto contra River.

Gallardo y varios futbolistas de River remarcaron que el batacazo no empaña ni mancha la gesta de la Copa Libertadores. No les falta razón, ya que la definición contra Boca fue un auténtico fin de viaje y lo de los Emiratos Árabes era un paseo adicional que afrontaron sin la brújula en condiciones.

Es cierto que no hay equivalencia emocional ni futbolística entre el título frente a Boca y la caída contra Al Aín. Pero tampoco conviene subestimar el último acto. A River no le alcanzó su planificación para llegar en la mejor forma posible. Desechó la posibilidad de regresar a Buenos Aires desde Madrid porque eso implicaría entrar en la dispersión de los festejos, una desconexión demasiado fuerte con el Mundial. Los nueves días no le bastaron para volver a enfocar al equipo en un nuevo desafío.

El partido dejó una evidencia. El mejor jugador de River, por lejos, fue el colombiano Borré, ausente por sanción en el Bernabéu. Descargó toda la energía e intensidad que en varios de sus compañeros parecían en niveles muy bajos, al borde de estar consumidas.

El delantero hizo los dos goles, no se cansó de trazar diagonales y desmarques, fue el que tiró más fuerte de un carro al que le costaba moverse. Si contra Boca en el suplementario River transmitió entereza física y anímica, en los 30 minutos adicionales en Al Aín dio la imagen de un equipo fundido, impreciso en los pases y con inequívocas señales de agotamiento para cubrir los espacios. El penal de Pity Martínez que devolvió el travesaño significó un apagón definitivo, las baterías quedaron agotadas.

Tantas veces acertado con las correcciones que hace durante un partido, Gallardo esta vez tampoco encontró soluciones en el banco, con ingresos (Enzo Pérez, Quintero, De la Cruz y Scocco) que acentuaron el perfil ofensivo de la formación.

La de reponerse a un duro golpe no es una situación nueva en los cuatro años y medio de gestión de Gallardo. De hecho, la reputación del entrenador se cimentó en el carácter rebelde y competitivo que supo inculcar. De esa madera está hecho un equipo que sobrevivió a alguna derrota ante Boca y a la hiriente eliminación contra Lanús en la Libertadores. Esta frustración quizá acelere los tiempos de reconfiguración de un plantel que no tendrá más a Martínez, que puede despedir a Quintero, que debe conseguir que Palacios no ponga la cabeza en Real Madrid antes de lo debido y que está obligado a examinar cuánto más queda por exprimir de la veteranía de Maidana y Ponzio .

En todo este ciclo de Gallardo, River, como nunca en su centenaria historia, aspiró y alcanzó un prestigio internacional. Que se sustanció contra Boca, sí, pero que también está exhortado a defender y preservar ante un rival como Al Ain. Ahí también se mide la grandeza.

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