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BARQUISIMETO.- Jesmar tiene hambre. Jesmar tiene siete años, es una bellísima guara, como se conoce, en forma coloquial, a aquellos nacidos por estos pagos. Jesmar está sentada en una esquina de la pintoresca avenida Lara, rodeada de vegetación, cerros multicolores y construcciones varias en una urbe que crece. Jesmar pide comida, ruega futuro. Jesmar tiene hambre.
Está cobijada por un árbol, en cuya estructura se posa un gigante cartel que reza "Ahora la Copa es de todos". Es una de las tantas gigantes pancartas que describen esta suerte de revolución socialista del nuevo siglo. "Patria, socialismo o muerte", dicen algunos; "Policía (o educación) socialista para todos", sentencian otros. Hay decenas más, en ciudades varias, con imágenes de Hugo Chávez y los gobernadores de cada Estado sonrientes, enfervorizados ante cada obra, frente a cada transformación, matizadas todas ellas de un rojo intenso.
Jesmar mira, sorprendida, aunque apenas sabe leer. Jesmar es una hermosa pieza caída del sistema, en una recorrida extensa por las calles sin espacio para indigentes, jóvenes o viejos. No se ven, no se observan niños mendigando futuro. Frente a tantos despropósitos en un gobierno controvertido, respaldado en el poderío del petróleo y en la llamativa falta de algunas libertades básicas individuales, el hambre es una verdadera mala palabra. Se combate desde el primer día. Aunque todo plan perfecto tiene sus flaquezas. No es, la pequeña Jesmar, un número suelto; es una persona apartada de un sistema, se percibe, creado para "todos". Es una niña sin destino entre la abundancia del oro negro.
Jesmar, sin embargo, no entiende de revoluciones. De socialismo poco sabe, la patria apenas si la siente y la muerte le suena lejana. Acepta unas monedas dispuestas a disfrazar, por algunas horas, el hambre que aún la maniata. A metros de sus pies descalzos, percibe gritos de un ejército de periodistas ansiosos por una entrada, porque mientras Jesmar lucha contra un pan duro, hay otros hombres y mujeres que viven en su mismo mundo, más inquietos por ver en horas un partido de fútbol que promete ser tan decisivo para argentinos y peruanos como saber, para ella, qué será de su vida un par de horas después.
Regala una sonrisa Jesmar apenas la luz del semáforo brilla verde. No tiene el mismo gris color que minutos atrás: sus ojos negros resplandecen apenas por el sabor de algo suelto entre sus dientes. Jesmar es aún más bella ahora. Aunque sabe que volverá a tener hambre horas después, aunque sabe que el presente le esconde el futuro. Jesmar saluda, se despide con la mano extendida y una esperanza. "Ojalá que ganen, argentino", dice, mientras el taxi arranca a paso veloz.

