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"Para ser dirigente no alcanza con ser hincha; hay que ser capaz y ético" , sentenció hace un tiempo José Pekerman. Hoy esta frase les cabe a los dirigentes de Independiente, que el domingo último no cumplieron con varias restricciones establecidas en un acta de compromiso que hasta involucró a sectores políticos de la provincia de Buenos Aires. Ingresaron banderas con medidas antirreglamentarias, se vendieron plateas en un sector prohibido, apareció bosta en la tribuna visitante, muchos hinchas invadieron la cancha en el final del clásico con Boca y se abusó en el uso de la pirotecnia. Ningún dirigente se hizo cargo. Les pesará a su resquebrajada credibilidad. O peor, a su conciencia.
Pero más allá de las culpas de hombres que se hacen los distraídos o del pedido de clausura del estadio de la doble visera que presentará el Comité de Seguridad Deportiva, la AFA otra vez parece dispuesta a dilatar una acción que debería ser impostergable y ejemplificadora: sancionar. Alguna vez, ante tanta inacción, Julio Grondona ironizó: "¿Qué querés? ¿Qué me ponga en policía?" Si se entiende por policía señalar, corregir, castigar, sí.
Y basta de quita de puntos que después quedan en suspenso o de irritantes amonestaciones para los clubes que siempre coquetean con una pena que finalmente nunca se concreta. Las imágenes del sábado último de Luis Figo esquivando proyectiles en el Camp Nou para patear los córners cobran plena vigencia. El derby español estuvo por suspenderse y hoy el comité de competición de la Federación Española de Fútbol (RFEF) analizará el cierre del estadio. Como otras veces clausuró las canchas de Betis, Sevilla y Villarreal, además de multar a Barcelona con 9000 euros, en octubre de 2000, y con 3000 euros a Real, en marzo de 2001, por el mal comportamiento del público en los anteriores clásicos.
Se suceden los choques entre los hinchas, los incumplimientos de los dirigentes y las represiones policiales. Lo peor que puede ocurrir es la natural convivencia con el caos. Que se asuma con normalidad la barbarie. Que nos acostumbremos a la sinrazón y se la pretenda esconder detrás del piadoso manto del folklore. Es que bajo el imperio del todo pasa , sólo se afirma la horrible sensación de que nunca nada va a cambiar.



