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El 13 de julio de 2014 es el día en el que el tiempo se detuvo para el fútbol argentino. Exasperante, desolador y puntual. El radio despertador se enciende con la misma canción, a la misma hora. La imagen muestra la misma cama, las mismas sábanas y la misma soledad de un hombre consumido por el fracaso. El día de la marmota (1993, también conocida como Hechizo de tiempo), es un extraño clásico del cine que combina el concepto borgiano del hombre condenado a vivir eternamente el mismo día con la banalidad de un desenlace hollywoodense en el que todo se resuelve gracias al amor. Sacando el final, todo parece ser una alegoría del destino en el que se ve atrapado esta generación de jugadores de la selección nacional.
No importa cuántos goles convierta en el camino Gonzalo Higuaín. Tampoco incide la forma que elija para definir. El día decisivo puede pegarle desde afuera, como contra Alemania (ese maldito 13 de julio); puede cruzar un remate en un cierre apurado, como en la primera final con Chile, o probar con un toque suave como en el segundo partido definitorio contra los chilenos. La pelota, al final, siempre termina afuera.
Tampoco sabe cómo prepararse Ángel Di María. La conclusión es que siempre sufrirá una lesión que lo margine del momento más esperado, el de la consagración, el que decrete el cierre de su historia. No importa lo que haga. Se lastima, se queda afuera.
El personaje principal de aquella película, interpretado por Bill Murray, lo prueba todo. Recae en los excesos, en el egoísmo y conoce cada estado posible. Las miserias, las bondades, el desinterés, la compasión, la hipocresía, la misericordia. Hastiado de la vida, hasta decide suicidarse. Una, dos, tres veces. Pero no se termina. El radio despertador siempre lo despierta con ese coro irritante que en su mente es una tortura perenne.
Messi también se hartó de correr sobre esa perversa y agotadora cinta de Moebius. Primero hubo rumores de renuncia; luego, el presagio tan temido se concretó. Fue público, tangible y real, el anuncio de su retiro. Pero no importa lo que haga. No hay manera de escaparle al destino. El hechizo lo obliga a repetir todo.
Y vaya si lo intenta. Desde esa imagen de hombre perdido y gastado de la final de la Copa América de 2015 a esa otra más comprometida y esforzada de la misma final en 2016. En su interior siente que no hay más caminos, el producto final, el resultado, es irreversible. Ya lo conoce. Lo vivió de todas las formas imaginables, menos de la deseada.
Entonces, ¿hay manera de escapar del castigo?, ¿deberían pedirle un consejo a Bill Murray?
¿Qué hacer?, ¿resignarse, enojarse, gritar? Es muy difícil por estas horas encontrar tranquilidad, temple, paciencia. Encontrar paz. Imaginar que algún día es 14 de julio. Despertarse con otra música, con una bella mujer en la cama (Andie MacDowell o quién sea). Tal vez no les toque nunca y tengan que acostumbrarse, aceptar esa eternidad.


