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A fines de 2004 la vida de Carlos Tevez había ingresado en una tormentosa centrifugadora mediática. A diario aparecía en la prensa rosa, se fastidiaba con los paparazzi y los roces con Mauricio Macri eran cada vez más frecuentes. Dijo que así no podía vivir y se marchó a Brasil. Pero, al principio, la estada en San Pablo tampoco fue placentera. Sólo lo acompañaba Adrián Ruocco, su representante, se alojaba en un hotel, en cada movimiento lo escoltaban guardaespaldas y había tenido que blindar su automóvil por temor a una ola de secuestros. Los defensores rivales lo marcaban con fiereza, los torcedores de Corinthians lo estudiaban con desconfianza, el club le imponía una multa por subirse a un avión en pantalones cortos y un supuesto complot instigado por algunos futbolistas del Timao lo enfurecía hasta tomarse a golpe de puños frente a las cámaras de TV. Sin olvidar la estela de denuncias y suspicacias que había desatado su pase, el negocio más caro en la historia del fútbol brasileño, por US$ 19.500.000.
Pero en la cancha revirtió la aprensión y el escepticismo. Desde que llegó, ha convertido 20 goles en 33 partidos para un promedio de 0,57 por cotejo, superior al 0,34 (38 conquistas en 110 cotejos) con los que se despidió de Boca. Es más, en un puñado de meses consiguió seis dobletes, mientras que en todo su recorrido xeneize logró cinco. Es el capitán y emblema de Corinthians, que marcha puntero en el torneo Brasileirao. En este certamen suma nueve goles y persigue a Fred (Cruzeiro), Marcinho (Palmeiras) y Alex Dias (Vasco da Gama), que tienen 12. Y eso que el Apache se perdió seis encuentros por su participación en la Copa de las Confederaciones, en Alemania. Y pasado mañana, cuando el Tribunal disciplinario de Río de Janeiro se expida, se enterará de que deberá cumplir dos o tres fechas de suspensión tras ser expulsado por un exabrupto ante Santos.
Pero si en el campo demostró su talla de estrella, afuera sacó patente de ídolo. Juran que puede llegar a ser el más adorado en los 95 años del club. Los hinchas lo aprecian por su espíritu y condición de pueblo. En el medio brasileño, donde predomina un individualismo que roza el vedettismo, cierta vez Carlitos, pese a marcarle dos tantos a Cianorte, ante los micrófonos elevó a la categoría de héroe a Betao porque el zaguero había frenado dos peligrosos contraataques del rival. Y lo aseguraba Tevez, que cobra 286.000 reales mensuales, contra los 15.000 que recibe este muchacho. Y otro ejemplo lo entregó el domingo último: se olvidó de su envión por ser el artillero, dejó pasar la ocasión de marcarle tres tantos a Ponte Preta y le sirvió la conquista a Sebastián Domínguez. La gente lo eligió y lo quiere por su generosidad.
En medio año, su vida dio un vuelco. Acaba de confesar que piensa casarse con Vanessa, la madre de la pequeña Florencia, de cuatro meses. Tras aquellos escándalos, hoy se acostumbró a cambiar pañales. Y le sienta muy bien.
