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SANTA FE.- A veces, las decisiones que se consideran políticamente correctas reciben la cachetada de la realidad. Ayer, el clásico que jugaron Colón y Unión debió suspenderse antes de comenzar el segundo tiempo, cuando ya era incontrolable la violencia de los simpatizantes visitantes. El árbitro Germán Delfino confió en la garantía policial, pero fueron las balas de goma las que pusieron las cosas en el lugar que había que haber previsto.
El resultado fue lamentable y preocupante. La guardia de emergencia del Hospital Provincial Dr. José María Cullen atendió a 20 personas lesionadas. El más grave, un joven, de 36 años, que ingresó con una herida de arma de fuego, posiblemente en un incidente en las inmediaciones del estadio. Entre quienes recibieron las curaciones había cuatro mujeres y dos policías. En general, los heridos no revestían gravedad, dijeron las fuentes médicas, aunque la mayoría permanecerá internada, en estado de observación. También, en el operativo de seguridad, y al finalizar el cotejo, la policía detuvo a siete hombres, por intento de robo o daños a vehículos.

Según los dirigentes de ambos clubes, los funcionarios del Ministerio de Seguridad de la provincia comentaron, en la primera reunión de las partes para organizar el operativo, que "no había motivo para no jugar con público visitante". Sin embargo, otros dirigentes confiaron que la orden, desde el gobierno, era "juguemos este clásico con gente visitante. El del año que viene veremos". En realidad, lo que se hizo fue no poner en evidencia a la policía santafecina, vapuleada política y socialmente por sus supuestas vinculaciones con el narcotráfico.
Minutos antes del horario previsto para la iniciación del partido, la hinchada de Unión mostró lo que iba a ser su conducta. Por los altavoces se había advertido que si no descendían los hinchas que se subieron a los alambrados del sector sur (detrás del arco que fue a ocupar el arquero local Pozo), el encuentro no comenzaría. Nadie respetó la normativa vigente y el árbitro Delfino debió aguardar ocho minutos para comenzar al juego. Primera advertencia.
Después, durante el entretiempo, las tropas especiales ocuparon decididamente el sector, desde el campo de juego, porque ya se observaban dificultades para contener a los que pretendían ingresar al terreno, luego de romper en varios tramos el tejido olímpico. Con una seguridad endeble, que generó en varias ocasiones improvisadas reuniones entre los jefes policiales y los responsables de seguridad de ambos clubes, el cotejo siguió. La violencia se desató después del segundo tanto sabalero. Por primera vez, se suspendió parcialmente el cotejo a los 26 minutos. Hubo una represión policial que incluyó disparos de balas de gomas contra la parcialidad visitante. Siete minutos después el cotejo se reanudó. Otra vez Delfino recibió garantías.
Pero los incidentes siguieron y a los 31 minutos del complemento se reprimió para evitar que la violencia se disparara hacia el campo de juego. Esta vez, las balas de goma se mojaron por el accionar de los bomberos. La hinchada tatengue intentó derrumbar el alambrado –antes lo había hecho con otra estructura soporte del tejido olímpico– y con gran esfuerzo se logró recomponer cierta tranquilidad. El árbitro habló nuevamente con la policía y los capitanes y decidió continuar (10 minutos más). Cuando se disponía a abandonar el estadio, Delfino aclaró su decisión: "Debí tener en cuenta, en la evaluación que hicimos con la policía, cuál era el mal menor: suspenderlo o jugarlo. Optamos por esto último", explicó. El árbitro, sin tener una correcta evaluación de las consecuencias colisionó con el sentido común. El sentido común indicaba en ese momento que no se podía exponer a los espectadores a una violencia mayor.
El resultado detallado no sólo no justifica la decisión sino avala a aquellos que querían jugar un clásico sin simpatizantes visitantes. Hay que entender el presente de Unión, expuesto a las burlas de Colón por una campaña que lo puede llevar a perder la categoría.
En Santa Fe, el fútbol es pasión, no racionalidad. La racionalidad la deben exhibir los que toman decisiones. Que nadie diga que el operativo fue un éxito.



