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Cuando Carlos Bianchi llegó a Boca, Martín Palermo y Guillermo Barros Schelotto ni se hablaban. Por los colores de sus equipos, los delanteros platenses estaban enfrentados desde que eran niños. En el primer entrenamiento en la pretemporada de Tandil, el Virrey los juntó y les dijo que iban a ser sus atacantes titulares y que debían concentrarse juntos. A partir de allí, forjaron una de las delanteras más exitosas del fútbol argentino y una amistad que aún perdura. La unión hace la fuerza...

Con su primer sueldo en Boca, Antonio Barijho se compró una lujosa 4x4. ¿El problema? No sabía manejar. Por eso, un amigo le oficiaba todos los días de chofer. Al percatarse, Bianchi lo llamó al Chipi y le dijo que un jugador de primera tenía que saber conducir. "Imaginate si vas a Europa y no manejás tu auto, ¿qué van a decir tus compañeros", lo increpó. Con la misma valentía que dentro de la cancha, Barijho aceptó el desafío. Al día siguiente, con un dejo de nerviosismo en su rostro, llegó a Casa Amarilla manejando su camioneta.
Año: 2004. Partido: vuelta de semifinal de Copa Libertadores. Rival: River. Estadio: Monumental. Hinchas locales: 60 mil. Hinchas visitantes: 0. Serie: igualada. Definicón: por penales.
No era un momento para cualquiera. Por eso, Carlos Bianchi tenía la difícil tarea de elegir a los cinco hombres que se harían cargo del destino de Boca. Se peinó, levantó la cabeza y empezó a recorrer los rostros de sus jugadores. “Iba a optar por los jugadores que me sostuvieran la mirada. Y así fue. Hubo un jugador importante que se escondió detrás mío. No voy a decir nunca quién fue”, recuerda el Virrey, que terminó eligiendo a dos jóvenes de 20 años: Pablo Álvarez y Pablo Ledesma. “Ellos me convencieron”, asegura.



