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Difícilmente, en esta ocasión, se le escape la tortuga . Mucho menos, le corten las piernas. Todo cierra. Todo está dado para que, luego de pedir en los micrófonos de siempre que le dieran las llaves de "las puertas que estaban abiertas", Diego Maradona se reencuentre con el mundo seleccionado, en la antesala del Mundial 2006. Su eventual función, se verá. En qué términos, cómo, con qué alcances. Sería bueno que, de concretarse, el convenio no sea tan sui generis como parecería tratarse el que lo liga a Boca, donde cada tanto aparece para darle respaldo al plantel, incluso vestido como jugador, pero a la vez se encarga de aclarar que nunca firmó con la entidad.
Todo indica, decíamos, que Maradona estará cerca de la selección. Por imagen, por experiencia, por lo que genera e irradia, sería necio hablar de influencia nociva sobre el plantel de 23 que irá a Alemania. Admirado devotamente por esos 23 y unos cuantos más, y habiendo defendido con el alma la camiseta argentina, conociendo desde las entrañas lo que significa vestir esos colores, no caben dudas de que una palabra suya, una arenga, un consejo, lo que fuera, no restará. Sobre todo, partiendo de su actualidad lúcida, criteriosa, serena.
Uno imagina que no debería chocar con Pekerman. Y con seguridad, si él sintiera que es un estorbo, daría un paso al costado. No da la sensación, el DT, de ser conflictivo. Por ello, no se entiende por qué Bilardo, un hombre sensato y al que no le gustaban los golpes bajos durante su gestión en la misma función, salió a hablar de un "supuesto mal clima interno en la selección", afectando de lleno a alguien que profesa el perfil bajo. O tal vez, la situación haya sido un eslabón más de esta historia.
Se dice que Maradona puede actuar como componedor de los hipotéticos enconos que habría entre las tres generaciones que comparten el plantel. Es cierto: en todo grupo humano existen diferencias, envidias, celos, como también amistades. Lo llamativo es, a estas alturas, que ese grupo necesite de un mediador, además del entrenador, que tantas veces actúa también como psicólogo.
Se trata, en buena parte, de jugadores que, si bien llevan varios años en ligas internacionales, no han hecho historia con la selección. Es más, muchos vienen de un fracaso rotundo, en el Mundial 2002; para algunos de ellos, Alemania 2006 es la última posibilidad. La razón indica que, más allá de cuentas bancarias rebosantes y futuro de bisnietos asegurados, carecen de gloria. Y para alcanzarla, además de jugar bien y tener suerte, hace falta grandeza. Grandeza para evitar que pequeñeces alejen a todos del objetivo principal. Maradona ya no juega. Y aun desde afuera, no va a apilar ingleses. Su aporte, no obstante, sirve. Ahora, si en la selección algo no anda sobre ruedas, que lo resuelvan los que pusieron obstáculos. Si no, ni el propio Maradona les permitirá sortear los portales de otra decepción.

