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SHARJAH (De un enviado especial).- Todos los días se observan, cualquiera que sea el lugar donde uno esté, los retratos de los jeques y sultanes que tienen voz de mando. Ellos son los amos y señores del desierto y, por consiguiente, también de las grandes ciudades. Lo que pretenden lo obtienen y son dueños de todo en los Emiratos Arabes Unidos. Del petróleo, del oro, el desierto, las propiedades y tantas otras cosas.
El liderazgo del país está en manos del jeque Zayed Bin Sultan al Nahyan, elegido por el resto de los emiratos como el presidente de la nación. De él para abajo, la ramificación del poder es extensa. La componen jeques, sultanes y emires. Jeques será el nombre utilizado para agrupar a todos en esta nota. La pertenencia a la familia real es lo que da jerarquía a sus apellidos. La condición de ser hijo varón le otorga a cualquier integrante del clan un capital económico como para vivir sin privaciones durante varios años y la condición de poseer todas las mujeres que deseé. Resulta necesario aclarar que un ciudadano común con nacionalidad árabe puede tener hasta cuatro mujeres, pero debe presentar ante el Estado los avales económicos suficientes como para mantener a todas en iguales condiciones.
Las mujeres de las familias reales, como ya se mencionó anteriormente, no tienen atribuciones como para pertenecer al círculo íntimo en el que se toman las decisiones. Tienen que ser el sustento educativo y religioso de sus hijos. Asistirlos hasta el casamiento, que siempre debe ser entre primos para mantener la continuidad del apellido. Aquí las revistas del amor sólo provienen del extranjero y no hay espacios para rumores que desestabilicen a los palacios. Y si alguno o alguna de la familia se atreve a irse a otra parte del mundo para escaparle al destino impuesto, enseguida los servicios secretos se ponen en alerta para lograr su repatriación o el ocultamiento de la información.
El promedio de hijos que tiene un jeque en esta parte del mundo oscila entre los veinticinco y treinta. A todos los varones les corresponderá lo mismo y aquel que resulte elegido por la cabeza de la familia asumirá el nuevo patriarcado. "Muchos creen que nuestras relaciones con las mujeres son un poco totalitarias, pero no es así. Con todas nuestras esposas la relación es muy buena, existe amor para cada una de ellas y para los hijos que tenemos", comenta Butti Al Khames, integrante del comité organizador en Sharjah, al mismo tiempo que apoya las dos manos abiertas en su turbante, a la altura de su multifacético corazón.
Su última esposa lo llama a su teléfono celular, le comunica que los chicos están de regreso de la escuela y le consulta si irá a visitarlos. Más tarde otra de sus seis mujeres lo consulta sobre el horario de la cena y una más pregunta por ese juguete del hombre araña que olvidó comprarle a Bader, el más pequeño de sus 14 hijos. El juego amoroso de los árabes muestra un escenario intrigante.



