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YOKOHAMA.- Por ahora el centro de prensa para el Mundial parece una base espacial en Júpiter: moderna, aséptica y gigantesca, pero sin astronautas. Como perro de presa dispuesto a no dejar pasar una noticia sin limpiarla hasta el hueso, el compañero Andrés Prestileo monta guardia, implacable, lo que nos da la suficiente tranquilidad de espíritu para olvidar el fútbol por un día y empeñarlo en el arte del paseo.
Nuestro manual turístico, chiquitito, pero cumplidor, nos informa sobre otra cosa más que desconocíamos: hay barrios chinos en Japón, y el más grande se encuentra precisamente en Yokohama. Desde la alejada y no siempre precisa América del Sur parece que crecimos creyendo, como el gran humorista peruano Sofocleto, que japoneses y chinos no ofrecían, puestos los unos al lado de los otros, demasiado contraste.
Como el conocimiento in situ de los hechos es el mejor remedio contra el bochorno de la ignorancia, y con el citado manual, que además contiene un plano en miniatura de la laberíntica ciudad de Yokohama, decidimos partir en excursión hacia el lugar, con un cuaderno de notas y la tarjeta en japonés de nuestro de por sí apartado hotel, el New Otani Inn, en la otra, como una invocación a los dioses para asegurarnos el regreso.
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Mientras viajamos, combinando subtes y trenes, sobreexigimos a la memoria para obligarla a recordar que la relación entre japoneses y chinos no ha sido siempre cosa de coser y cantar. Desde el origen de los tiempos humanos, cuando mandaban ainos y jomones, China se propuso pisar fuerte en estas islas: envió la escritura y las reglas de la organización social, el confucionismo y, en tránsito desde la India, a Buda. Pero los japoneses supieron componérselas (lo siguen haciendo todavía hoy) para adoptar lo que viene de afuera, asimilarlo, y llevarlo a un grado de perfección. Hubo guerras entre las dos naciones, dos en el siglo pasado; la última -en 1937-, particularmente cruenta. Pero aquí están los chinos, con sus colonias y su paciencia marca registrada.
La primera impresión al tomar contacto con el barrio chino de Yokohama es que conviene que dejemos en la puerta (colorida, impactante) nuestro aparato foniátrico completo en una caja de zapatos y que lo retiremos a la salida, con el fin de andar con menos peso encima. Inútil en el resto de Japón, es un hecho que adentro no serviría de nada, ya que habría que añadir un paso más a la cadena de traducciones: del chino al japonés, del japonés al improbable inglés, del inglés al olvidado castellano.
Como mimos en la Recoleta, avanzamos en nuestras pequeñas transacciones, realizadas muchas de ellas más que nada por deber de cronistas: ¿a qué sabrá esa esfera blanca de relleno oscuro, según se lo ve, cortada en dos, en la vidriera? ¿Será realmente un coco eso que parece un coco, pero con pelos blancos y una mínima trepanación circular para que entre la pajita? ¿De qué animal es esa carne trozada en triangulitos, enhebrada y laqueada?
El paladar, tanto como los ojos, se sacuden de sorpresa en sorpresa. La calle principal se abre en infinitas callejuelas zigzagueantes, en galerías de varios pisos, en sótanos que producen taquicardia, en cortadas que queremos recorrer aunque se nos vaya la tarde. Comparado con el barrio chino de Nueva York, éste resulta a la vez más suntuoso y excitante. Hay restaurantes de cinco estrellas, y pastelerías cuyos biombos de madera tallada hacen pensar en lujos del palacio del emperador. Aquí y allá, en la calle, bancos con dragones y leones de piedra para dar reparo a los cansados.
Otra manera de sentarse y andar al mismo tiempo: se puede alquilar un rickshaw más reluciente que la mejor góndola veneciana, con tapizado de terciopelo y metales bellamente cromados.
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De repente y sin aviso, la tormenta. Una lluvia -primero seductora, luego decididamente insidiosa- se descarga sobre el barrio chino de Yokohama. Nubes cargadas de agua, y abajo una corrida multitudinaria. Decidimos disfrutar el momento: estamos aquí, es hoy, tal vez no volveremos nunca, y el cielo nos bendice con esta humedad preciosa que, al cabo, se irá después sin dejar marca. Sin embargo, no se detiene. Empapados, compramos un paraguas, que abultará nuestro equipaje sin haber prestado, por su parte, mayores servicios, puesto que ha llegado un poco tarde.
Es hora de emprender el regreso. ¿Cómo volver? El diluvio ha trastrocado el sendero. Desorientados, recordamos nuestra carta de triunfo para mostrársela como as de espadas al taxista japonés. Pero el agua ha desteñido los caracteres para nosotros ilegibles de la tarjeta del hotel. Cuando la noche empieza a caer con fuerza, una palabra salvadora se abre camino en nuestra mente: Koganechu, es decir, el barrio. Hacia allá vamos. Nos espera una cama calentita y un festival de imágenes orientales para el momento de cerrar los ojos.



