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NARAHA-HIRONO, Japón.- Un amigo de toda la vida le había pedido que le consiguiese la camiseta de Patrick Kluivert. Pablo aún atajaba en Espanyol y faltaban un par de semanas para el derby catalán con Barcelona. Pablo intentó esquivar el compromiso amparándose en que la situación lo avergonzaría, pero el amigo insistió hasta derribar la barrera de la paciencia. Terminó el partido y fue victoria del Barca por 1 a 0, en Montjuic. Con el fastidio por la derrota, igual se acercó al delantero y le hizo el típico gesto para intercambiar la indumentaria. Kluivert aceptó y le entregó la camiseta azulgrana. Cuando Pablo comenzó el movimiento para sacarse el buzo, el holandés le detuvo el brazo, le dio a entender que no era necesario, que no lo quería y se marchó. Pablito quería hundirse en un pozo. Miró para todos lados como buscando asegurarse que ese desplante no hubiese tenido testigos. Ahora lo cuenta y se ríe. Pero la anécdota sirve para abordar a un jugador del que poco se conoce. Con destino de suplencia hasta que se rebeló. Hoy Pablo Cavallero es el arquero titular de la Argentina.
Pero, ¿quién es? Un pibe de barrio que nació hace 28 años en Lomas de Zamora. Buscándolo en diciembre de 1995 para hacerle una nota porque Daniel Passarella lo había incluido entre los preseleccionados para jugar el Preolímpico de Mar del Plata, el rastreo pertimió dar con él en la estación de servicio Shell de su padre Oscar, el mismo que en sociedad con Oscar López dirigió en Español, Huracán y Racing, entre otros clubes. Y ahí estaba Pablo, dando una mano con los surtidores. Siempre cerca de los autos, su máxima pasión. Porque al fútbol llegó casi de rebote y medio por imposición. Si cuando acompañaba a Oscar a la cancha se dormía en las tribunas... A los 7 años, papá y mamá Ana María lo llevaron a Vélez para jugar como centrodelantero. Pero no quedaban lugares en ese puesto. "¿Lo ponemos de arquero?", preguntó el técnico de inferiores. "Y bueno..., con tal de que haga deporte", contestaron los Cavallero. Así empezó otra de las historias increíbles del fútbol. Esas que se empecinan por escribirse desde los opuestos.
Después le tomó el gusto al arco. En 1985 seguía día a día las prácticas del Deportivo Español -Oscar era el DT- que se transformaría en revelación al conseguir el ascenso a primera. Era chiquito y le picaban las manos por los zapatazos que le pateaban el uruguayo Charly Batista y Fernando Donaires. Pero Pablo aguantaba. Ya le encontraba encanto al puesto y nada tuvo que ver la herencia paterna. Es más, en la actualidad suele disentir mucho con Oscar cuando hablan de fútbol. Pero no crecía, le faltaban centímetros. Un verano se lo cruzó en Mar del Plata a Carlos Griguol y el Viejo le aconsejó que hiciera 200 saltos por días. Y lo siguió al pie de la letra... pero nada. Hasta que el estirón llegó a los 16 años, cuando un nuevo trabajo de papá Oscar los mudó en 1990 a Lima para dirigir a Sporting Cristal. Hoy descansa confiado en su 1,84 metro.
Recuerdan que se trató de un chico travieso. Como cuando les vendió las bicicletas a sus hermanas María Laura (hoy, de 34 años, casada con el profe Juan Manuel Alfano, que trabaja en Internazionale con Héctor Cúper) y Paula (31) para quedarse con el dinero. Y también de grande, como en la temporada última cuando antes de que Rivaldo le pateara un penal en la Liga española, le destrozó con los tapones la marca para la pelota y por el pozo que se hizo el brasileño le entró tan abajo que el remate se fue por las nubes. Pero también es un padre responsable. Casado con Milagros, el pequeño Ramiro de dos años y cuatro meses es su debilidad.
Pablo reconoce en Germán Burgos a un gran tipo. ¿Burgos o Chilavert?, le preguntaron. "Nooooo, Germán es mi amigo", contestó. Cuando parecía condenado a vivir a la sombra del paraguayo, decidió irse de Vélez. Estuvo a préstamo en Unión y por fin pudo mostrarse. Tanto que le valió pasar a Europa. Una temporada le bastó en Espanyol para ganar la Copa del Rey y ahora ya suma dos años en Celta y la lluviosa ciudad de Vigo.
Fanático de los autos, no es casual que su apodo sea Meteoro. Tiene tatuado al intrépido personaje de los dibujitos en su brazo izquierdo. Es más: en el kartódromo de Montjuic, en Barcelona, tiene un karting que se compró en sus días en la Ciudad Condal. Cuando le sobra algo de tiempo entre prácticas, partidos y concentraciones, se toma un avión en Vigo, aterriza junto al Mediterráneo, sacude la adrenalina con alguna vueltas en el karting y por la noche regresa a suelo gallego. Y cuando viaja a la Argentina, si el domingo hay carrera de TC, seguro que ahí estará. En la actualidad maneja un Porsche, una camioneta Mercedes y un Citroën Xsara que le dio el club y se lo dejó a Mili, su mujer, pero recuerda con una precisión fotográfica cada uno de los vehículos que pasaron por sus manos: el primero fue un Fiat Duna, después un Seat Ibiza y más tarde un Mitsubishi Eclipse. Claro que su joya es una camioneta Chevrolet 1946, amarilla, que atesora en el garage de la casa paterna en la calle Arregui, en Villa Luro.
Una vez le dispararon, en un asalto en Ramos Mejía, pero huyó manejando a toda velocidad en un escape cinematográfico. Su vida no es de película. Pero siente que llegó el momento de no ser más un actor de reparto.


