Pablo Guede, el hincha que le dijo que no a San Lorenzo: qué pasó, el último título y la frase que lo define
El entrenador, de 51 años, sigue en Alianza Lima
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Meses atrás, antes de la experiencia intensa, traumática y positiva en Alianza Lima (hubo serios actos de indisciplina, el equipo está primero), Pablo Guede mostraba algunas cartas en una íntima charla. “Cuando firmaba los contratos ponía una cláusula de, no sé, invento: 500.000 dólares o un millón… menos para San Lorenzo, Málaga y Argentinos. Si me venían a buscar uno de esos tres equipos, yo me iba gratis”, advertía el hombre de la Paternal que se hizo un nombre en Mataderos (en un audaz Nueva Chicago que despertaba aplausos en el ascenso) sobre las condiciones que suele rubricar cada vez que firma un contrato con un club.
Advertía, pura simpatía: “Málaga porque quiero mucho a esa ciudad; Argentinos, porque me crie en el barrio, y a San Lorenzo porque soy hincha de San Lorenzo, lo dije siempre. Tuve la suerte que me vino a buscar cuando estaba en Palestino y el presidente me dejó ir. Ahora ya no tengo más cláusulas...”, señalaba.

Más allá de que San Lorenzo debía pagar una suma sideral para abrir la puerta de su salida del gigante peruano -al final, no hubo acuerdo y el Ciclón se inclinó por Gustavo Álvarez-, y que la melodía de sus palabras no siempre se traducen con la misma elegancia sobre el campo de juego, estuvo a punto de regresar al Ciclón exactamente diez años después.
“Mi representante recibió una oferta de San Lorenzo y yo decidí quedarme en Alianza. Lo hago porque el compromiso mutuo con los jugadores es tremendo”, aseguró luego del triunfo por 2 a 0 ante Juan Pablo II. “Cada partido que jugamos se ve la simbiosis con la gente, creo que cada vez les estamos dando más cosas para que ellos estén contentos”, explicó, a su modo.
Más allá de que estaba a punto de hacer las valijas, justificó su permanencia en la liga peruana. “Por la relación y lo que me bancaron en la dirección deportiva y porque la directiva que está atrás de esto es fundamental para que podamos cumplir el objetivo que tenemos en mente desde el primer día que llegué. Me encantó todas las cosas que se dijeron en la semana, tienen una imaginación buenísima, me reí bastante, pero la realidad es esta”, fue su advertencia. Hace pocas semanas se quedó al margen de la Copa Libertadores en la primera ronda del repechaje.
De bajo fondo con pantalones cortos, 14 temporadas como entrenador, 13 equipos y seis meses en Boedo que quedaron marcados a fuego, Guede representa un trozo de nostalgia. Es el entrenador del último título de San Lorenzo, la Supercopa Argentina 2015, disputada en febrero siguiente, cuando goleó por 4 a 0 a Boca en Córdoba.
Un festín de fútbol y goles. Lo mismo ocurrió en mayo siguiente, pero del otro lado del mostrador: el Lanús de Jorge Almirón le ganó por el mismo resultado la final del torneo local, un baile en el Monumental. Tiempo después, algunas rencillas internas lo sacaron de escena. “No hablé en su momento, no voy a hablar ahora. Yo cuando me fui dije por qué me iba y nunca más volví a hablar. Ahora mismo actuaría de otra manera, sin dejar de ser yo. O llevarlo hasta otro momento, no ser tan ahora y ya… Eso te lo dan los años", acepta.
Es audaz, admira a Jorge Sampaoli, adora a Marcelo Bielsa, fue amigo de Tito Vilanova (jugaron juntos en Elche y, juntos, también, hicieron el curso de técnico) y tiene colgado un cuadro de Pep Guardiola en su habitación. Fue un goleador de los subterráneos: en la temporada 1995/1996 fue el artillero de Nueva Chicago, con 17 tantos, aunque se lo reconoce mejor por haber estado en el círculo de los seis jugadores de Deportivo Español que provocó un conflicto mayúsculo, que derivó en un paro general, a mediados de 1997.
Voló, creció, maduró en España, tierra en donde anduvo durante casi 17 años. Xerez, Málaga, Elche: goles festivos en el bajo fondo. Como conductor (porque tiene una pelota de fútbol en su cabeza, todos los días, a toda hora), dirigió Deportivo El Palo (una entidad de la tercera división, que queda en Málaga), Nueva Chicago (campeón de la B en la temporada 2013/2014, una formación de galera y bastón) y Palestino, de Chile (en donde, verdaderamente, construyó la revolución ofensiva). Sus primeros pasos.
Siempre lleva debajo del brazo algunas de sus máximas.
“Todos los futbolistas tienen la obligación de correr”. Cree en una presión asfixiante, bien arriba o en tres cuartos de cancha. La posesión es esencial, aunque más importante aún es el modo de recuperar la pelota. Debe ser rápido y vertiginoso. Los futbolistas se llevan a casa videos con jugadas puntuales, con relación al próximo adversario; de 30 segundos, un minuto, como mucho. Luego, suele preguntarle al jugador qué entendió, a modo de examen. Por qué le pide tal cosa.
Siempre al ataque. Prefiere el sistema 4-3-3 (que se convierte en un 3-4-3), pero se adapta a los rivales, siempre desde la óptica ofensiva. Prefiere que los zagueros ataquen como si fueran los laterales. Por sorpresa o como método. Defiende mano a mano: si lo atacan con dos delanteros, se defiende con dos. Si lo atacan con uno, se defiende con uno. De local, de visitante.
“Estudio todos los detalles. Y me adapto todo el tiempo. Cómo puedo ganar, por qué puedo perder. Planifico todo. Y obligo a los jugadores a que encuentren respuestas”, suscribe.
Hace un drástico freno de mano. “No estoy loco, aunque me lo dijeron tantas veces, que algo de eso debe haber…”, se divierte, a modo de mensaje. De la risa distendida a la reflexión profunda sólo hay que dar vuelta la página en la intimidad de Guede. “Cuando un entrenador firma el contrato, hay algo que ya sabés: te van a echar o te vas a ir. Es así. En algún momento se termina", le contaba en su momento a LA NACION.
Suele insistir por la misma vía: la de la credulidad. “Lo más fácil es tildar de loco a la gente. Me lo dicen mucho. ¿Qué significa ser obsesivo? ¿Tratar de que no quede nada al azar, intentar estar en los últimos detalles? Hay que saber sacarle ventaja al rival, porque hoy ninguno le gana con facilidad a nadie. Intento estar en todo, aprovechar cada detalle; entonces, si eso es ser obsesivo, lo soy. Trabajo, veo los partidos cuatro veces. El trabajo de los entrenadores trata de minimizar el margen de error. No existe más eso de ‘salí y divertite’“, asume ahora. Suerte de frase de cabecera de la actualidad.
El llamado del hincha le tocó la puerta. Sin dinero, San Lorenzo encontró un plan B. Y Guede (y sus locuras) se queda en la capital gastronómica de Latinoamérica.
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