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La corbata estaba colgada en el medio del micro. En el techo, arriba. El plantel de River viajaba a Rosario y, como siempre, Ángel Amadeo Labruna la había dejado ahí. Faltaban cuatro décadas para que se consagrara como homenaje y camiseta, así que a los jugadores no les costó tanto hacer algo así: descolgarla, pasársela entre ellos, empezar a jugar. El mundo siempre ha sido mundo: ahora existe la Play, antes, la distracción de la realidad. La distracción, literal: los jugadores creían que la corbata era del médico del plantel, el doctor Héctor Melito. Más fácil, entonces, que sucediera lo que sucedió. A Juan José López, Reinaldo Merlo y Ubaldo Matildo Fillol les pareció una grandísima idea abrir una ventanilla, tirarla por ahí.
—Muchachos… -preguntó Labruna, parado en el medio del micro, mirando para todos lados- ¿y mi corbata?
Su corbata, Ángel, ya estaba en la ruta, a la vera de una banquina, enroscada como una yarará.
“Cuando les miré la cara a todos me di cuenta que alguna cagada se habían mandado. Creo que Mostaza Merlo se acercó y me contó lo que había pasado. Hice que el micro pegara la vuelta”, le contó Labruna al periodista Alfredo Luis Di Salvo, autor del libro Anécdotas del Superclásico. Así que el micro pegó la vuelta nomás, y “terminamos todos caminando por la banquina buscando esa bendita corbata. ¡Ni loco la iba a perder!”.

Acaso porque a aquel River hermoso le salía todo, el equipo la encontró. Era la corbata legendaria, la de la banda blanca y roja en miniatura, el River bonsái, la camiseta que el equipo de Marcelo Gallardo usará en el Monumental, el sábado a las 20, frente a Vélez, por la 5ta fecha del Torneo de Primera División. Dicho de otra manera: la noche en la que River se vestirá de Labruna, a 98 años de su nacimiento, el 28 de septiembre de 1918, celebrados este miércoles que pasó.
“La camiseta está diseñada hace casi dos años. El primer modelo que ideamos, sin embargo, no era uno para jugar sino una de algodón, tipo traje, igual a como se vestía Angelito”, le cuenta el diseñador que no sólo inventó la camiseta, sino que también impulsó indirectamente el homenaje, Martín Tibabuzo, a LA NACION. Tibabuzo es un artista argentino que hasta hace un año y medio trabajaba para Adidas, en Alemania, y que desde entonces volvió al país. Burrero y cabulero, Labruna se reiría mucho: esta camiseta fue la última de River que Tibabuzo diseñó, “la número 18 de mi carrera”, justo, justito, los años de sequía de títulos que el Feo había exorcizado cuando llegó a Núñez, en 1975, para ser campeón.
“Antes de empezar a trabajar me asesoré, pregunté, porque tenía la duda: ‘¿Habrá sido tan importante esta corbata para él?’ Y lo era, lo era, sí”, la sigue el diseñador. Tibabuzo charló con Omar Labruna, uno de los hijos de Ángel, por ejemplo, quien le contó —le precisó— que eran veinte —veinte— los tipos que se pusieron a buscarla en aquella banquina de Santa Fe. La imagen es buena: Alonso, Fillol, Merlo, en cuclillas a la luz del cielo, para que el jefe no se enojara más. “Lo que muchos no saben —develó Labruna en el libro Anécdotas del Superclásico— es que esa corbata me la regaló Ante Garmaz un tiempo antes de que yo asumiera en River. La diseñó especialmente, era azul con una franja rojiblanca en el centro. A partir de ese entonces, no me la saqué más”.

El tiempo al que Labruna se refiere es 1975, el año en el que su River ganó el Metropolitano, el primero de sus cinco títulos como entrenador. Antes, en su vida de 9, entre los 40 y los 50, había ganado sus primeros diez.
Aunque si River quiere que el homenaje sea completo (o sea mejor) su departamento de marketing o de historia debería entregarles algunas instrucciones a los jugadores; que además de vestirse de Angelito, alguno de ellos —Alario, por ejemplo— vaya con la pelota hacia uno de los arcos apenas el equipo salga a la cancha y meta un gol sin arquero, como hacía él. Otro debería pedirle prestado un auto a un compañero, jugarse unos mangos en las carreras de caballos, mirarlas desde el Puente Dorrego y volver cinco minutos antes de que empiece el partido, al menos para llegar a cambiarse con comodidad. Después, bueno, después hay otras instrucciones que acaso se compliquen un poco más: “Nunca —le ha dicho Labruna a El Gráfico— crucé una raya, lateral, córner, área penal, media cancha, con el pie izquierdo. Siempre pisando con el derecho, pero sin tocar nunca, nunca, la marca de cal (…). Soy cabulero. Es más fuerte que yo”.
Es el técnico de la corbata, es la corbata que se hizo camiseta, es el equipo que se vestirá como aquel pibe al que el viejo no lo dejaba ir a jugar al potrero, a principios de la década del 20, así que algo había que inventar. Un amigo le soplaba cuando por allá venía Ángelo, su viejo, el tano relojero, y él corría y se sentaba rápido, haciendo que miraba el partido, en un umbral. El tano llegaba, lo miraba, lo saludaba, la hacía simple: le metía una mano por el cuello, entre el buzo y la remera, y le tocaba la espalda. Transpirado, vuelva a casa nomás. Esa casa, hoy, sería el Monumental.

if/ae


