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Por Guido Molteni
De la Redaccion de canchallena.com
gmolteni@lanacion.com.ar
@ gmolteni5
Antes de acostarse, Rubén Gigena fue a la habitación de sus hijos. Dormidos, Tomás (7) y Thiago (4) no sintieron la mirada de su padre, quien todas las noches tenía la costumbre de entrar en el cuarto y abrigarlos con las frazadas. Aunque en Valparaíso la noche era cálida, Rubén repitió la rutina y luego volvió a su pieza. Entre diez y quince minutos fueron los que charló con Mónica, su mujer. Los dos estaban felices. Hacía unos meses habían vivido en Arabia Saudita mientras él jugaba en Al-Qadisiya, pero la vida allí no era fácil. En Chile, las costumbres no diferían tanto de su Bahía Blanca natal. Por eso, hasta ese momento, la única preocupación del delantero era hacer goles para su nuevo equipo, Santiago Wanderers.
Claudio Husaín era conciente de que estaba disfrutando sus últimos meses como futbolista. Con 35 años, el ex volante de la selección había arribado en enero al Audax Italiano y estaba entusiasmado, lo motivaba el nuevo desafío. Aunque hacía poco que estaba en Chile, Santiago le parecía una ciudad muy bella y además, la vista que tenía desde el piso 17 en donde vivía era impactante. Cuando se acostó, en lo único que pensaba el Turco era en su familia, que estaba en Buenos Aires.
Aunque era sábado y tenía fecha libre, el atacante de Deportes Naval Andrés Navarro había decidido no salir del hotel, en Concepción. Con su novia, Pilar, se quedaron mirando en la televisión el recital que daba Ricardo Arjona en el festival de Viña del Mar. Cuando terminaron el helado, los cordobeses quisieron dormirse con el televisor encendido. Escuchando la música del cantante guatemalteco, Andrés y Pilar cerraron los ojos y en pocos minutos conciliaron el sueño.
¡Despertate Rubén, despertate!, le gritó Mónica. Desorientado, el bahiense abrió los ojos y vio la cara desencajada de su mujer. El terremoto había empezado. Lo primero que hicieron fue correr al cuarto de sus hijos. Allí, Tomás y Thiago estaban despiertos sin entender lo que pasaba. Con el movimiento del edificio, parte de la mampostería del techo se comenzó a caer. Fue en ese momento en el que Rubén no dudó: agarró a su hijo mayor, se asomó por la ventana y saltó desde el cuarto piso hacia un hall que estaba unos metros más abajo. Con su 1,87 metros de estatura, el delantero amortiguó la caída de Tomás con su cuerpo. Desde abajo, Rubén se olvidó de los dolores y le empezó a gritar a su mujer para que hiciera lo mismo con Thiago. El techo se seguía cayendo, pero ella no lo escuchaba. Mareada, Mónica se había quedado paralizada y sólo tenía fuerzas para abrazar a su hijo. Al ver esto, Rubén dejó a Tomás con el conserje y con las rodillas lastimadas por el salto, subió los cuatro pisos, tomó de la mano a su mujer, alzó con la otra a su hijo y bajó corriendo las escaleras. En las calles de Valparaíso todo era descontrol. Todo era pánico. Todo era irreal. Y fue en una de esas calles en la que los cuatro bahienses, emocionados, se abrazaron. Estaban vivos.
Cuando Claudio Husaín abrió los ojos, estaba tirado en el piso. El terremoto recién había comenzado y el edificio en el que vivía se tambaleaba. Preso del pánico, el Turco tardó unos minutos en reaccionar. Sentado en el suelo, el ruido del estallido de los platos y vasos que venía desde la cocina lo paralizaban. Pero en un rapto de lucidez, logró levantarse, agarró algo de ropa, el celular y las llaves y salió del departamento esquivando los dos televisores y la heladera, que estaba dada vuelta. Ya en las escaleras, le faltaba lo más difícil: bajar los interminables 17 pisos que lo separaban de la calle. Sin dudarlo, Claudio comenzó a correr. Cada piso que bajaba se le hacía eterno y el vaivén del edificio lo mareaba. Cuando por fin pudo llegar a planta baja, se sentó en la calle y miró como Santiago se derrumbaba. Y sintió, también, como se derrumbaban sus ganas de jugar a la pelota. La decisión la iba a tomar unos días después: Claudio Husaín se retiraba del fútbol.
En el quinto piso del hotel de Concepción ya no se escuchaba a Arjona. Los primeros segundos del terremoto habían sido suficientes para que toda la ciudad se quedara sin luz. A oscuras, Andrés y Pilar seguían en la cama sin saber qué hacer. Pero a pesar del miedo y la angustia, la acción de los cordobeses fue rápida y coordinada: en menos de un minuto bajaron los cinco pisos que los separaban de la calle. Mientras ella lloraba y lo tomaba fuerte del brazo, él todavía no entendía bien lo que sucedía. Frente a ellos, dentro de un auto, una mujer tenía las dos manos puestas en el volante. Lo ojos de la señora apuntaban hacia ellos, pero tenía la mirada perdida. No reaccionaba. Con el correr de los minutos, el silencio fue interrumpido por las sirenas de las ambulancias y los vecinos se volcaron a las calles. Cuando llegó la alerta de tsunami, casi toda la ciudad se vio obligada a refugiarse en el cerro Caracol, y ellos no fueron la excepción. Descalzos y con la misma ropa con la que horas antes se habían acostado, caminaron varios kilómetros para llegar al Caracol. Cansados, con los pies lastimados y con la luna iluminando el cerro, Andrés y Pilar no se soltaron la mano en toda la noche. Seguían con miedo.

No fue un año soñado para Rubén Gigena. Luego del terremoto, le costó adaptarse a Valparaíso pero igual decidió quedarse. La temporada con el Santiago Wanderers fue mala y al final de ese año se despidió del club, pero no de Chile. Ahora el delantero está jugando en Deportes Iquique y vive con su familia en esa ciudad. Iquique, en quechua, significa lugar de descanso. Después de todo lo vivido, tal vez sea ese, al menos por unos años, el mejor lugar para Rubén. Un delantero capaz de dejar la vida por su equipo. Un padre capaz de saltar desde un cuarto piso por su familia.
Luego del terremoto, Claudio Husaín dejó Chile y dejó el fútbol, también. Aunque en el Audax Italiano lo necesitaban, entendieron su situación y no tuvieron problema en rescindir el contrato. Ahora el Turco tiene un restaurante junto a sus amigos, disfruta de su familia y no quiere recordar más ese momento. "Fue horrible esa sensación. Me hizo ver que hay otras cosas", explica. Y son esas otras cosas, hermosas cosas, las que hoy a Claudio lo mantienen vivo.
Andrés tiene 24 años y volvió a su Córdoba natal. Después del terremoto se quedó tres días más en Concepción y nunca más regresó. El Deportes Naval entendió su situación y rescindieron el contrato de mutuo acuerdo. Ahora es el Universitario de Córdoba el equipo que disfruta sus goles y es su madre la que disfruta tener cerca a su hijo. Aunque el tiempo hizo que con Pilar ya no esté más de novio, el recuerdo del infierno los unirá para toda la vida.
