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Su vida es un desborde electrizante o pase sin destino, una ovación espectacular o un silencio tormentoso, un golazo impresionante o disparo a la tribuna. Su vida es una gambeta permanente, alegre, genial, irresponsable y loca. Gonzalo Martínez, el Pity, es un canto al fútbol que hace delirar a todos los hinchas millonarios. Es el mentor de las sutilezas, el motor creativo de los triunfos. Con su talento y su locura, River se consagró por cuarta vez en su historia campeón de la Copa Libertadores de América, insólitamente en la tierra de los conquistadores.
Considerado por Marcelo Gallardo como el futbolista más desequilibrante que tiene en su plantel, el mendocino volvió a dejar bien en claro el buen momento que está atravesando y reafirmó lo bien que le hace enfrentar a Boca. Parece tener un imán con los partidos importantes. Anotó de penal el primer gol en el 2 a 0 con el que River ganó la Supercopa Argentina, el 14 de marzo de este año en Mendoza. En la Bombonera convirtió en los últimos dos triunfos del Millonario por la Superliga: en el 3 a 1 del año pasado y en el 2 a 0 del último mes de septiembre, ambos con zurdazos de volea. Y el domingo, en el Bernabéu, volvió a estampar su nombre al marcar, despues de un corrida solitaria de arco a arco, el 3 a 1 definitivo.

Si bien su llegada a Núñez fue con una copa bajo el brazo –debutó en la Recopa Sudamericana 2015, ante San Lorenzo–, la confianza de Gallardo terminó siendo fundamental para que su talento explotara en idolatría, después de algunos meses de dudas y escepticismo. Incluso, tras aquella tarde cuando el 10, en pleno Monumental, llegó a pedirle silencio a la gente, tras convertirle a Quilmes, en 2016. Con actuaciones determinantes, en especial en los clásicos, el murmullo del exigente público millonario fue mutando a un reconocimiento constante. Con su típica rebeldía hizo honor a la camiseta 10 –se negó a cedérsela a Andrés D´Alessandro en 2016- y justificó ampliamente los 40 millones de pesos que la institución de Núñez invirtió por su pase, en 2015.
A pesar de haber llegado seis meses después de Marcelo Gallardo, el Pity es el futbolista con más partidos jugados de la era del técnico y con presencia en las once series finales que le tocaron en estos años de las 12 que disputó el DT. Ganó las Recopa de 2015 y 2016, la Suruga Bank 2015, las Copa Argentina de 2016 y 2017, la Supercopa Argentina 2018 y las Libertadores 2015 y 2018. Solamente faltó a la final de la Copa Sudamericana 2014, porque aún estaba en Huracán. Lo mismo con los clásicos: se perdió uno por el torneo local por lesión, luego estuvo en todos.

Quienes conocen bien al muchacho de Guaymallén, Mendoza, dicen que el nacimiento de su hija Pilar fue clave para su maduración personal. A ella le dedicó ayer el gol, en un gesto inequívoco: dibujó la letra "P" con sus dedos, después de empujar la pelota al fondo del arco y establecer el 3-1 definitivo. Eso se transformó en una ráfaga de aire puro para su carrera profesional. Desde entonces, recuperó el nivel mostrado en Huracán y su fútbol se llenó de alegría. "No quiero que el Pity se vaya de River sin haber podido mostrar todo su potencial acá", había declarado Gallardo. El tiempo le dio la razón: lo esperó, lo bancó y el mendocino explotó.
Quienes conocen bien al muchacho de Guaymallén, Mendoza, dicen que el nacimiento de su hija Pilar fue clave para su maduración personal.
Ahora su futuro profesional parece estar en Atlanta United, de la Major League Soccer de Estados Unidos. Muchos aseguran que ya tiene firmado un precontrato con el campeón de la MLS, que le dejará a River en sus arcas 15.000.000 millones de dólares. Sin embargo, antes de emigrar, el Pity podrá agregarle más gloria a su paso ganador por el club de Núñez: viajará a Abu Dhabi para disputar el Mundial de Clubes. Tiene todo para quedar eternizado en la reverencia del pueblo riverplatense.
Por lo pronto, el domingo, en la inmensidad de otra jornada mágica, la locura del Pity volvió a hacerse canto en un rincón del Bernabéu: "el Pity Martínez, que loco que está...", sonó con fuerza. Él cerró los ojos para escuchar mejor la melodía y pensó vaya a saber en qué. El cielo estrellado de Madrid se transformó en una garúa interminable de papelito de colores y su corazón en una loca calesita girando frente al espejo de mil sensaciones. Arriba estaba la noche agonizando con su rugido; abajo, en sus manos, la segunda Copa Libertadores de su carrera.



