¿Quién será Robert Rojas?

Andrés Eliceche
Andrés Eliceche LA NACION
El paraguayo Robert Rojas, en el Monumental, frente a San Martín de Tucumán.
El paraguayo Robert Rojas, en el Monumental, frente a San Martín de Tucumán. Fuente: Telam
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25 de febrero de 2019  • 08:13

Para encontrar un disparador que mantuviera alta la tensión competitiva de su plantel, Pep Guardiola utilizaba en Barcelona un recurso directo: la renovación de estrellas. Un año llegó Ibrahimovic, otro David Villa, después Cesc Fábregas... Ese equipo acostumbraba a ganar la mayoría de los títulos que disputaba, al punto de llevarse ¡los seis! que tuvo a su alcance en el comienzo de la era Pep; entonces, el acopio de nombres de peso generaba el propósito que buscaba el entrenador en aquellos gloriosos cuatro años –entre 2008 y 2012–: incomodar a los que se sentían seguros, aguijonearlos, obligarlos a ganarse otra vez el puesto. La chequera del club hacía su parte, por supuesto, pero el origen de la jugada estaba en la inexpugnable oficina del catalán, allí donde el técnico más influyente de la era moderna se encerraba a crear.

Al otro lado de esa manera de gestionar una transferencia, su antítesis, puede ejemplificarse en un caso actual. Robert Rojas, que cumplirá 23 años el 30 de abril y todavía no debutó en la selección paraguaya, no fue comprado por River –en 1,2 millón de dólares– para que produzca el efecto Ibrahimovic, qué duda cabe. ¿A quién iba a estorbar su presencia, si incluso Maidana, el mariscal de la época, acababa de irse? Incluso sus compañeros tuvieron que googlear su nombre para descubrir quién era... River no es Barcelona ni Gallardo, Guardiola, distancias que el ecosistema futbolístico mundial establece naturalmente. Pero si la llegada callada de este anónimo fue hija de la necesidad y no de la estrategia, lo que pase con él de acá en adelante será la consecución de sus virtudes. Esas que, una tarde tibiecita de domingo, los hinchas de River empezaron a validar.

Conviene no encandilarse con los primeros episodios y esperar para establecer conclusiones cuando la trama avance, pero los 386 minutos que rodó Rojas en la Superliga con su nueva camiseta fueron promisorios. Por ahora, es un casi desconocido defensor nacido en Peguahomi, un pequeño pueblo en el departamento de Concepción, a casi 500 kilómetros al norte de Asunción, que llegó hace 40 días a River. El casi desconocido, en este caso, se relaciona con lo que el Monumental pareció adivinar ayer desde la primera intervención del zaguero. En apenas su tercer partido consecutivo como titular (debutó contra Patronato, en la última derrota de su equipo), Rojas mostró un variado repertorio: lectura para anticiparse, un juego áereo consistente y, sobre todo, una velocidad tal que le permite recuperarse cuando comete un error. Por encima de eso, parece capaz de no desviar su concentración: un cruce ante un remate de Bieler para tapar un remate fue la muestra de que sus antenas no se desactivan ni cuando el asunto parece resuelto. Todo en un envase esmirriado para un futbolista que se mueve en ese puesto: mide 1,76 metro y pesa 75 kilos.

El aplauso que acompañó su salida momentánea para que lo atendieran los médicos en tiempo de descuento después de que cuerpeara a Ramiro Costa, una mole tucumana que le dio bastante trabajo, sonó a iniciático: vendrán más. Volvió a la cancha rengueante y protagonizó una más, la jugada discutida de la tarde: su brazo derecho interceptó un remate de Oliver Benítez que los tucumanos reclamaron como penal. Él no dijo nada entonces, claro, ni tampoco después: se fue de la cancha en silencio, un hábito que le va bien fuera de la cancha.

Él mismo contó que lloró el día que se concretó su pase desde el muy modesto Guaraní de Asunción; fue jugando para ese equipo contra River, justamente, cuando impresionó a Gallardo por sus atributos. En sus últimas vacaciones, mientras sus futuros compañeros saboreaban la Copa Libertadores ganada en Madrid, la pasó en la chacra familiar, ayudando a su padre en las tareas que sostienen la economía familiar: el cultivo de melón, zapallo, mandioca y sésamo y el engorde del ganado. "Colectívo pe aikoporãiterei", respondió en lengua guaraní en una entrevista a un medio de Asunción, cuando le preguntaron por qué no se compraba un auto: algo así como que "en colectivo ando bien". Ya instalado en la primera seguía viviendo en la pensión del club, de la que a veces sacaba el colchón para dormir afuera porque el ventilador no daba abasto.

La vida de Robert Rojas más allá de las canchas - Fuente: YouTube

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Esa reticencia a absorber las costumbres prototípicas del futbolista en ascenso no denotan timidez: ya contra Rosario Central, de visitante, había mostrado confianza en sí mismo para conducir la pelota desde el fondo y atravesar líneas. Como contra San Martín ayer, cuando sobre el final encabezó un contraataque con determinación. En una defensa cambiante por la lesión que sufrió Milton Casco, su protagonismo como primer central se tradujo en datos duros: completó 37/42 pases (88% de precisión), recibió dos faltas (máximo de su equipo), bloqueó dos remates y realizó seis despejes, según consignan las estadísticas de OPTA. Pero es la suma de eso y lo intangible, la sensación de seguridad que empieza a proyectar, lo que lo realzó como la figura de la tarde.

Con Maidana viendo a River por TV desde Toluca y Martínez Quarta más titubeante que aplomado, Rojas ganó terreno rápido, como si el tiempo de adaptación no fuera un elemento que necesite transitar: "No es fácil llegar y ponerse la camiseta de River para jugar enseguida", intentó calmar Marcelo Gallardo las ansiedades de los demás cuando le preguntaron unos días atrás por ese morocho que llegaba de las tierras de Celso Ayala, el último gran defensor paraguayo que tuvo el club.

Rojas trabaja en silencio: desde que llegó a River, todavía no dio entrevistas.
Rojas trabaja en silencio: desde que llegó a River, todavía no dio entrevistas. Crédito: Prensa River Diego Haliasz

Cuando aterrizó en la Argentina, la mayoría lo presentó con un apodo poco feliz: Sicario, como le dijo un compañero de Guaraní una vez que se puso muy serio porque lo iban a rapar. Aquí, parece, en los campos de Ezeiza por donde corre River lo nombran como lo hacía su mamá, aquella a la que le daba "toda la platita" que ganaba cuando empezó a cobrar por jugar a la pelota: Robert, simplemente. Aunque ayer su entrenador se haya permitido hacer una broma con ese sobrenombre en la conferencia de prensa.

De aquella obediencia infantil conserva un rasgo: utiliza la camiseta número 2 de River prolijamente acomodada debajo del pantalón. Sale de la cancha como si Daniela lo obligara a la distancia a mantener a raya ese código de vestimenta, así en el medio se haya revolcado varias veces.

¿Y aquello de Guardiola y las figuras? Si la progresión de Rojas mantiene una curva que empezó a tomar altura muy pronto, ya tendrá tiempo el muchacho de sonrisa dental para surcar esas latitudes europeas .

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