Leandro Romagnoli, aquel pibe que llegó a ser ídolo a pura gambeta

Crédito: AFP, AP, EFE, Reuters
"Quería cumplir el sueño del hincha, el que tuve toda la vida", confiesa el N°10, el más ganador de la historia del club
Ariel Ruya
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14 de agosto de 2014  • 00:44

La rompía. Si se permite el término futbolero, la dejaba así de chiquita. A la pelota, claro. Rápido, vertiginoso, hábil, insolente. Un pibe de barrio, de los de antes. De los que sobrevivían en los potreros, en las esquinas de casas usurpadas, en los parques convertidos en canchas de fútbol. Leandro, Pipi desde siempre por una complicidad familiar, tenía como novia a la pelota, como tantos camaradas de aventuras entre las calles desvencijadas de Villa Soldati. Sin embargo, Leandro, Pipi, la llevaba atada. Era un 11 de los de antes, siempre cerca de su viejo amigo, Juan Carlos Padra, aquel chico hábil, aunque algo discontinuo, que actuó en Huracán. Desde los cinco años en Franja de Oro, un modesto club de Nueva Pompeya, entre gambetas y sueños de primera. "Jugaba de once, bien de wing, como mi papá, que también fue jugador. Padra era el diez del equipo, el que manejaba todo; yo estaba más cerca del arco", le contó, alguna vez, a la nacion, aquel chico convertido en ídolo. Aquella promesa barrial que construyó el deseo más ferviente de la historia. Campeón de la Copa Libertadores. El jugador azulgrana más ganador de la historia. Ni en los sueños más atrevidos firmaba esa declaración. El ídolo, el emblema, el capitán. El número 10 que se quedó para la eternidad sentimental.

De Franja de Oro, ocho años después, Romagnoli cambió de barrio: al Bajo Flores, apenas a unas cuadras de su vieja casa. Una alarma sonó en la familia: su padre y su tío son fanáticos de Huracán. No se pierden un partido. Rita, su madre, su debilidad, la imagen que la marca conserva sobre su piel, en el centro del corazón de un cuerpo regado en tatuajes, viajó directo al amor maternal. Leandro, el Pipi, se hizo de San Lorenzo. Iba a jugar en San Lorenzo . Iba a hacer historia en San Lorenzo.

De la avenida Rabanal al 2000 y pico a la historia grande. Petiso, atorrante, divertido. "Es un pichón de crack", advierte Oscar Ruggeri, el técnico de entonces, que lo empuja a primera. "Entrá y divertite", le susurra, como los entrenadores de antes. El 13 de diciembre de 1998, con 17 años, se presenta contra Racing, un salto al vacío entre la sexta división y la primera. Flequillo, claritos rubios, camiseta al viento. Goles, amores y títulos. Lo que sigue para Romagnoli, es básicamente lo que sigue para San Lorenzo: partícipe de dolores imborrables y vueltas olímpicas como nunca antes en la sufrida y nostálgica reseña santa. "Tiene un futuro enorme. Si se da cuenta de sus condiciones, va a brillar", suscribe Manuel Pellegrini, el maestro del fútbol, el creador del mejor equipo de los torneos cortos, el Clausura 2001, con 47 puntos, un récord de triunfos (11 en ese certamen, dos más en el siguiente) y una borrachera de talento.

Más adelante, la última Copa Mercosur. Y la primera Copa Sudamericana, con un 4-0 contra Atlético Nacional, en Medellín, de colección. "Hizo una jugada maradoniana. Sólo la pueden hacer él y Maradona", exagera Rubén Darío Insua, el entrenador en esos tiempos. Dos títulos internacionales por primera vez, aunque la Libertadores, esa vieja canción que subsiste "dale Sanloré, queremos la copa la hinchada está local Ciclón, quiero verte campeón" , se refería a esa otra. La que fue maldita. La intocable. La obsesión. La que ahora está levantando.

El número 10, un insolente, que hizo olvidar a Silas y a Gorosito. Y tantos otros de épocas románticas. Anduvo por Veracruz sin demasiada fortuna, tuvo clase reservada en Sporting de Lisboa, fue campeón del mundo Sub 20, vivió, jugó, gambeteó todo lo que pudo. Se lesionó más de una vez: la maldita rodilla derecha fue una barrera que tuvo que sortear, al menos, en tres quirófanos. Salió adelante, siempre con el mismo deseo: volver a San Lorenzo. Jugar en su club.

Volvió. La pasó mal. San Lorenzo suele ser el cielo y el infierno: para mitad de tabla, están los otros. Fue parte de la angustiosa salvación, de atornillarse en primera, con aquel equipo de Caruso Lombardi en el invierno de 2012. Lloró como un niño, lágrimas de hincha que chocan con la malicia de algunos pocos, que dudan de su origen. Se presentaron, otra vez, gambetas de las buenas. El Torneo Inicial 2013 como figura secundaria. Más serio, experimentado y sereno. Otra vez campeón. Le faltaba algo a su obra: la Copa. Por eso, se lamentó hasta la desgracia por haber firmado un precontrato con Bahía, de Brasil, un ignoto club que paga millones. Rogó por quedarse hasta acabar con la aventura más maravillosa. "Quería cumplir el sueño del hincha, el que tuve toda mi vida. Ahora sí, me tengo que ir. Aunque sé que voy a volver pronto", suscribe ahora, manos temblorosas, copa en alto. Ovación de pie, brazo derecho levantado, mano izquierda sobre su corazón. Que late más fuerte que nunca.

Por: Ariel Ruya

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