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Animado por un coro adulador, Ariel Ortega fantasea con un escenario irreal. Los desvíos del Burrito tuvieron muchos cómplices, pero Diego Simeone no está dispuesto a ser uno más. Ya se lo advirtió y volverá a hacerlo cuantas veces crea que su proyecto corre peligro. "Yo te puedo acompañar hasta el cementerio, pero en la tumba no me meto" . La frase de la liturgia peronista resume un espíritu comprensivo, que rápidamente excluye la inmolación. Simeone no caerá en maniobras demagógicas ni miradas distraídas ni omisiones complacientes. Después del temblor, para él no hay nada que negociar. Simplemente mantener los límites que nunca estuvieron dispuestos a gravarle los que claman adorarlo a Ortega.
El entrenador está convencido de que el talento no es un atajo hacia la impunidad. No da derechos. Para el Cholo, 28 son más importantes que uno en un plantel. Se llame como se llame. Cualquier discurso en contrario, cualquier condicionamiento de algún sector, activaría su salida del club. Si Ortega da marcha atrás y decide quedarse en River, se encontrará con un técnico que intentará olvidar el maltrato público que recibió. Y que volverá a imponerle las mismas reglas que han enfurecido al volante jujeño: si ofrece un comportamiento profesional, lo tendrá en cuenta. De lo contrario, no.
Los dirigentes están cansados, irritados. Convencidos de que Ortega es un desagradecido. Que acaba de crearles un nuevo frente de tormenta días después de haberle ofrecido, a sus 34 años, otras dos temporadas de contrato. Pero no se animarán a marginarlo. "Y bueno, Ariel es un chico enfermo...", repetirán indulgentes. Casi misericordiosos. La posición políticamente conciliadora de los conductores de la entidad es obvia. Más, para una comisión directiva tan desacreditada ante el mandato popular. Casi desentendiéndose, tomando la postura más aséptica posible, dejarán que Simeone lidie con el Burrito. A cambio de asumir esa mochila, el DT exigirá total autonomía de movimientos.
Racionalmente, la situación de Ortega ya hartó. Emocionalmente, conserva una coraza protectora. Aunque los sondeos y los foros, ahí donde el hincha se escuda en el anonimato y no responde al contagioso impulso masivo, también están entregando señales de cansancio y muchos optan por Simeone. En un porcentaje hasta sorpresivo.
Liderazgo y condescendencia no se llevan bien. ¿Con qué autoridad miraría Simeone al resto del grupo si es permisivo con alguien que reiteradamente cae en faltas? Que se abusa de la confianza, de la idolatría y que ha extraviado los límites de la vergüenza.


