Boca-River: en un superclásico caliente, el empate 0-0 dejó la serie abierta en la Copa Sudamericana

En la Bombonera, igualaron sin goles en un partido en el que hubo 9 amonestados, 7 en los millonarios; el jueves próximo, la revancha en el Monumental
Diego Morini
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21 de noviembre de 2014  • 00:10

No se podrá negar que hubo ímpetu y entrega en el primer capítulo de este superclásico versión Copa Sudamericana, aunque hay que apurarse en aclarar que eso no redundó en un buen juego, en la generación de ideas, en la elaboración precisa. Ni bien los cuerpos de ambos equipos entraron en calor y se cargaron de revoluciones, casi todo quedó reducido a una lucha física, a una secuencia ininterrumpida de choques y fricciones, especialmente por el lado del conjunto de Núñez.

Esta vez no hubo tormentas ni cancha inundada, pero jugaron peor que hace 40 días bajo la lluvia en el Monumental. La primera semifinal en la Bombonera estuvo cargada de golpes y cruces que hicieron del choque un partido con piernas fuertes, con nueve amonestados y con lesionados. Al fin, la tensión y la presión le ganaron al fútbol y, así las cosas, la serie está abierta para el jueves que viene, cuando se dispute la revancha en el Monumental.

Fuente: LA NACION - Crédito: Aníbal Greco

Hubo señales confusas de juego, tanto futbolísticas como en el plano de los excesos. La primera sorpresa fue lo complicado que le resultó a ambos quebrar la resistencia rival. Boca encontró facilidades impensadas desde el arranque, porque River regaló espacios en el comienzo y una suma de errores defensivos, pero los locales se diluyeron rápido en el partido. A los dos minutos, Meli fue hasta el fondo y provocó una grieta en los millonarios, pero fue una de las pocas acciones ofensivas del lado de los xeneizes.

De tanto ir al límite en ese derroche de energías no sorprendió que se pasara al plano de las brusquedades, los manotazos y alguna entrada con mala intención. Primero hubo una patada de Vangioni al Burrito Martínez, que no tardó en ser reemplazado por el golpe. Después se cruzaron Ponzio y Gago; después, Funes Mori con Calleri y luego Teo sufrió un fuerte impacto de Erbes... El nerviosismo del árbitro Silvio Trucco, que sólo tardíamente se decidió a amonestar, contribuía a que ambos conjuntos sintieran que había vía libre para los excesos.

Una de las acciones más cerebrales de la cancha, con caño incluido, fue un pase entrelíneas que no supo aprovechar Gio Simeone. Eso fue lo más punzante del equipo de Gallardo.

A pesar de los tres puntas que puso Rodolfo Arruabarrena, Boca se equivocó en los caminos hacia ellos. Salvo en algunos pasajes, cuando Gago intentó hacerse el patrón de la pelota, después los locales cayeron en los encuentros de pierna fuerte que le propuso River y la división de la posesión de la pelota. Entonces, los xeneizes ejercieron cierto dominio a partir del empuje y los remates desde afuera. Barovero se equivocó en algunas y en otras se lució al desviarle un tiro de media distancia de Gago.

Crédito: Mauro Alfieri

En una muestra desacostumbrada con respecto del estilo que tanto elogios había cosechado en este semestre, River asumió el partido con una propuesta cargada de fricciones. Con pocas ideas, subido al apuro y a la ansiedad para intentar cortar como sea los intentos de su oponente. Y Boca avisó que el vértigo y los pelotazos serían su arma de ataque favorita. Además, las pelotas aéreas generaban cierto temor en la última línea de River, por ejemplo en un cabezazo atrás de Gigliotti que nadie pudo conectar ante la pasividad visitante.

Ambos parecieron bajar el listón de su protagonismo a la categoría de tibio transitar por la cancha en la segunda etapa. Sólo estaban expectantes del error ajeno. Fue un partido con un nivel burdo y tosco.

Defraudaron las expectativas de la gran legión de hinchas que se ilusionan con esta clase de partidos. Los de Boca, que coparon toda la Bombonera. Los River, que lo siguieron a la distancia y que ya agotaron todas las localidades para la revancha del jueves que viene.

Crédito: Mauro Alfieri

Pretender justificar en el árbitro el pobre rendimiento ofensivo de Boca sería como poner el carro delante del caballo. Se enfrentaron dos planteos diferentes, pero iguales en una cuestión: en el miedo a no perder. Las diferencias o los desniveles no surgieron ni por apariciones individuales ni por coordinaciones colectivas. Uno y otro estuvieron sumidos en un sopor del que no salieron; aceleraron sólo para tirar pelotazos y chocar sin sentido. Insinuó algo al final Boca con algunos tiros libres a favor y con un cabezazo de Gago que contuvo Barovero.

Mal con la pelota, se dedicaron a forcejear y a discutirlo todo. De principio a fin se repitieron los entreveros, con manoseos, bravuconadas y patadas. Las ganas se fueron antes que el partido. Todos estaban conformes por un show que continúa siempre. Hasta cuando no se juega. Continuará...

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