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RÍO DE JANEIRO (De un enviado especial).- Es difícil. A sus espaldas, Uruguay y Colombia protagonizan uno de los partidos más esperados y hablados de los octavos de final del Mundial Brasil 2014. Pero ellos deben contenerse. Hasta el propio Luis Suárez, a más de 1800 kilómetros, y con una dura sanción por parte del Comité Disciplinario, tiene más posibilidades de disfrutar de las acciones. Estar en el mítico estadio Maracaná y no poder mirar hacia al campo de juego es una tarea, sin dudas, para pocos: los sacrificados y selectos stewards, la seguridad privada de la FIFA.
En la mayoría de los encuentros de fútbol, al igual que en otras competencias como el tenis y el básquetbol, aparecen las figuras de estos agentes de seguridad que deben tener puesta su atención sobre las tribunas. En el último cruce en esta ciudad, donde se destinaron más de 5000 personas para el operativo de control -fue, hasta el momento, la cifra más alta de la Copa-, no menos de 100 de ellos rodearon el perímetro de la cancha y observaron como espectadores de lujo los disturbios que se generaron en las gradas por las caretas de Suárez y las banderas contra la FIFA, que no fueron bien recibidas.
El Reglamento FIFA de Seguridad describe este trabajo con claridad: "Ocuparse de la seguridad en el estadio y no de mirar el partido o cualquier otra actividad". canchallena.com quiso hablar con alguno de ellos para concer las sensaciones de vivir un encuentro mundialistas de espaldas al campo de juego, pero el hermetismo por el que optaron los organizadores en temas de seguridad lo impidió. También falló el intento cara a cara con un agente, ya que decidió evitar el diálogo.
La historia del porqué
Pero la presencia de ellos no es una novedad en esta Copa, sino que ya es algo habitual en el mundo del deporte. Como suele ser en estos casos, fue una tragedia lo que derivó en esta medida de seguridad. Más precisamente la que sufrió Mónica Seles, una de las grandes tenistas de la historia, que fue acuchillada durante un partido por un espectador, justo cuando atravesaba el punto más alto de, hasta entonces, su corta y por demás exitosa carrera.
El 30 de abril de 1993, como N°1 del ranking mundial, la tenista oriunda de la ex Yugoslavia -aunque se nacionalizó y representó en varias competencias a los Estados Unidos- se medía ante la búlgara Magdalena Maleeva, por los cuartos de final del certamen de Hamburgo, Alemania. Sus ocho títulos de Grand Slam, que la llevaron a destronar a Steffi Graff, eran motivo suficiente para explicar la facilidad que tenía para dominar el partido. Claro, todo cambió en un instante.
En el segundo set del partido, Gunter Parche -un alemán de 38 años, fanático de Graff y, según se comprobó luego, desequilibrado mental- ingresó sigilosamente a la cancha, justo cuando las tenistas estaban camino al descanso. Seles se sentó durante un largo rato, tratando de demorar la reanudación del partido lo máximo posible. Pero cuando se levantó de la silla, el intruso salió a escena y la acuchilló por la espalda. Ella se mantuvo algunos segundos de pie, pero comenzó a desplomarse poco a poco, mientras los agentes de seguridad detenían a atacante.
Por fortuna, la herida no fue profunda y los órganos quedaron fuera de peligro, aunque para Seles significó un cambio rotundo en su carrera como profesional. Tras el incidente, estuvo 28 meses sin poder jugar y, cuando lo hizo, nunca pudo volver al nivel que había demostrado. Incluso, sufrió sobrepeso por la fuerte depresión en la que se hundió. De todas formas, en 1996, ganó su noveno y último Grand Slam en el Abierto de Australia.
Eso sí: nunca más regresó a suelo alemán, enojada por la resolución de la Justicia contra Parche, quien fue declarado demente y obligado a cumplir un tratamiento psiquiátrico. "Alemania es para mí el país donde no se castigó lo suficiente a un hombre que me atacó por la espalda. Me apuñalaron en la cancha de tenis, delante de miles de personas. Eso cambió mi carrera de forma irreversible y me dañó el alma. Una fracción de segundo me convirtió en otro ser humano", dice su biografía, según publica un artículo de sinembargo.mx.
Tras este incidente, las medidas de seguridad de los eventos deportivos sufrieron cambios drásticos. Uno de ellos fue la implementación de una guardia que esté mirando continuamente hacia las tribunas, lo que hoy se puede observar en cada encuentro mundialistas y de otros torneos de menor importancia.
El fuerte naranja de su indumentaria los resalta aún más. Están allí, sentados sobre unos banquitos, sin poder sacar la mirada de los más de 70 mil hinchas que disfrutan de la competencia de fútbol más importante del mundo. Intentan resistirse a la tentación, aunque a veces resulte imposible. Sí, es un trabajo difícil, aunque necesario.

