Un equipo insoportable y Messi en estado salvaje
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La Argentina apabulló a un equipo amargado y atormentado, sin poder de fuego por las ausencias de Lorenzo Insigne, Ciro Immobile y Federico Chiesa. Pero nada de rebajarle el precio, el triunfo de la selección fue impactante. El campeón del Maracaná se coronó en Wembley. La Argentina le mandó un mensaje al mundo. Pero el mérito principal es su encanto camaleónico: astuto, sagaz, agazapado, intenso, rocoso, quejoso, incómodo, a veces despistado. Todo junto. Feroz y pragmático, también es ambicioso y se repliega. Ataca, toca, se junta alrededor de Lo Celso. Messi dinamiza y contagia. Obliga, compromete. Y se distrae también, se descompensa y extraña el pase de Paredes. Impone el ritmo, lleva los partidos a los lugares del campo donde más le conviene. Con la pelota, y sin la pelota también. Se protege, retrocede, y de repente se lanza como una manada de lobos hambrientos. Todo esto lo hace insoportable.

El equipo es salvaje e impresiona el contrato grupal. Su capital es el compromiso, la disposición al esfuerzo. Con aires pendencieros, como si nada menos que el orgullo estuviera en discusión, elige apretar, ahogar a rival. Y a Italia lo redujo con una furiosa presión, con un volcánico impulso emocional. ¿Siguen pendientes trazos más robustos? Sí. Y quizás ya no los consiga camino a Qatar. Pero que es insoportable está fuera de discusión. ¿Alcanza para competir? Claro, porque además disfruta de la indiscutible jerarquía en tres, cinco, siete apellidos. Y Messi, el más insoportable de todos: juega con el pincel y los colmillos afilados.
De tan intenso, el seleccionado también puede parecer desprolijo y el rival algún día aprovechará esas licencias. Por ahora, no ocurre. La Argentina desfila con un manto protector, pero jamás se relaja. Porque está compuesta por futbolistas rigurosos, valientes, siempre dispuestos a prepotear a los adversarios hasta robarles la billetera. La selección se siente cómoda siempre, una fabulosa conquista; pero, ¿cuál es su identidad? Adaptarse a todo, cambiar de partitura las veces que sea necesario. Las revoluciones altas le sientan bien.

La selección cuida los recorridos de la pelota y a la acción siguiente la despeja a cualquier parte sin remordimientos. Por eso la imposibilidad de rotularla se convirtió en una virtud. La impulsa su devoción por el deber. Es un equipo inexplicable, desconcertante. Extraña dimensión abrió esta Argentina que descubre elogios donde no existían. Es capaz de todo.
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