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Ni Leopoldo Bard y el grupo de 20 jóvenes que fundaron River Plate habrán soñado que 100 años después convocarían a miles de hinchas riverplatenses por las calles de Buenos Aires. La cita fue en el Obelisco, un símbolo de la ciudad, y poco después del mediodía prevalecían dos colores: blanco y rojo; en las camisetas, banderas, gorros, estandartes; y, de pronto, como si un árbitro pusiese en movimiento la pelota de cualquier partido, arrancó la caravana, casi sobre el filo de las 14.30; por las avenidas 9 de Julio, Libertador y Figueroa Alcorta, camino al Monumental.
Todas las edades . Hombres, mujeres y niños -muchos en los brazos de sus padres-, unieron los 10 kilómetros que separan el Obelisco del estadio Monumental; y a cada paso, otros se sumaban a la caravana que, cuando pisó el playón de la cancha -más los que ya se habían instalado en el estadio- representaban una cifra notable: 60.000 hinchas, muchos de los cuales, antes de que se pusiese en marcha el partido con Peñarol, emprendieron el regreso a sus casas.
Desde otras partes del mundo . La pasión por River tuvo ribetes llamativos: hubo gente que llegó desde los Estados Unidos, Europa y países limitrofes; Adolfo, de 53 años, radicado en California, comentó: "No me quería perder esta fiesta; vine especialmente a celebrar los 100 años de River. Soy argentino, dejé a mi familia allá y me vuelvo el domingo (por mañana)"; y por lo que notó, su disfonía, de tanto cantar, también llegará a tierra norteamericana.
La primera visita. Algunos nunca habían pisado el Monumental; y habían prometido que los harían cuando River cumpliese los 100 años de vida. El día le llegó a Ricardo, entre otros, que se acercó desde Pico Truncado. "Tengo 38 años -señaló eufórico- y vine muchas veces a Buenos Aires, pero no conozco el Monumental. Estoy ansioso por llegar. También traje a mi familia. Mi esposa, Cristina, es hincha de Boca, pero está asombrada por la fiesta que organizó la hinchada de River." Y siguió en medio de la caravana cuando ya transitaba por los bosques de Palermo.
Cantos de mediodía . A las 12, ya había gente subida a las columnas de los semáforos que rodean el Obelisco; un atalaya codiciada para ver desde arriba el gentió arremolinado, que cantaba y vibraba sin parar; con algunos cánticos con una dedicatoria especial: Boca, el eterno rival. Perfectamente organizada la procesión por los hinchas -en realidad por la AgruPasión Gallina-, comunicados con handys, se dio una orden: y 10.000 globos -rojos y blancos, naturalmente- tomaron altura alrededor del Obelisco, exactamente a las 14.15.
La más grande del mundo. Como una tortuga gigante, lentamente, la multitud comenzó a moverse; con ellos, tomó forma una bandera blanca con la franja roja -para todos la más grande del mundo- de 1000 metros de extensión, que parecía que saliese desde las entrañas de la tierra, con sus 4,5 metros de ancho; y los hinchas se fueron aferrando a ella, camino al Monumental.
Con murga y todo. En medio de la muchedumbre, varios camiones acompañaban el enjambre de gente; arriba de ellos, ocho murgas cantaban y bailaban. Banderas de Mendoza, Mar del Plata, Jujuy, Ushuaia y de otros pueblos y ciudades del interior, surgían a cada paso. Y no faltó, como parte del folklore del fútbol, una gran corona de flores con los colores azul y oro con un destino conocido: Boca. "¡Qué descanses en paz; te desea el campeón del siglo!, advertía; y hubo más: una bandera de unos 10 metros que decía: "The Dream Team, gentileza de los innombrables" y 11 cerdos con camisetas de Boca adornaron el emblema. Tampoco faltó la carroza, como en todo carnaval; y se veía, sobre la plataforma, la cabeza gigante de un gallo inflable con los colores de River.
El viejo estadio, recuerdos. Hubo tiempo, cuando avanzaba la caravana, para un recuerdo. Sobre la Avenida del Libertador y Tagle se descubrió una plaqueta conmemorativa y se soltaron otros 10.000 globos rojiblancos. Allí, donde actualmente está ubicada la plaza República Oriental del Uruguay, lució -entre 1923 y 1937, el viejo estadio de River.
Y siguieron los festejos. José, argentino radicado en Alemania, surgió entre la muchedumbre. "Vine especialmente desde Alemania -anticipó- porque no quería perderme esta fiesta. Me quedo hasta el domingo -por mañana- para ver el partido entre el más grande y Almagro, después me voy."
Y de pronto, apareció el estadio Monumental; el símbolo de la pasión riverplatense ya se había vestido con sus mejores galas para la última función de los 100 años de vida.


