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River era el equipo millonario en 1962. Pasaba por caja, capturaba unos cuantos millones y compraba la figurita difícil. Atlanta era el conjunto bohemio en 1962. Suerte de semillero, símbolo perfecto del porteño, surgido en un arrabal de Villa Crespo. Luis Artime era un goleador estupendo. Su olfato no capturaba aire: respiraba goles. Su cuerpo era el nexo perfecto entre el balón y el arco. Nacido en Independiente de Junín, Mendoza, lo descubrieron los imanes del talento, suerte de bohemios de recorrida por el país y con sede en Villa Crespo. Allí fue el hombre cuatro años antes. El banquete de goles viajó, entonces, a River: un gigante que aún no estaba dormido, con lingotes de oro en su propio banco central. Unos 16 millones de pesos, cuentan, salió la aventura, un éxito goleador (para River) y económico (para Atlanta). Así comenzó a construirse la historia de dos viejos camaradas. De River y Atlanta, que por algunos caprichos del destino volverán a encontrarse hoy, 27 años después de su último choque. En primera, claro.
Fue el 3 de octubre de 1984. River y Atlanta empataron 1 a 1. Fecha 25 del viejo Metropolitano, algunas semanas antes de la despedida bohemia de primera. No fue un hasta luego: Atlanta no volvió más a la máxima categoría. Carnevali era su arquero, Graciani, su delantero; dirigido por Carmelo Faraone. River salía de una etapa sombría que se asemeja a una broma si se la compara: Francescoli, Alonso, el Chino Tapia, el Negro Enrique? Conducido por el Bambino Veira, puntapié de la época, acaso, más maravillosa. Detrás de este encuentro, de aquella transferencia, River y Atlanta compartieron varias aventuras. Pasó Artime, pasó, también, el Loco Gatti. Y otros apellidos jugaron aquí y allá: Mario Griguol, Ernesto Mastrángelo, Victorio Cocco, Roberto Zywica; más acá en el tiempo, Cristian Castillo, Jorge Gabriel Vázquez y Alexis Ferrero. Hasta sus hinchadas entonaron la misma canción.
Compañeros de la vida, River fue el elegido por Atlanta para la íntima celebración de sus 100 primeros años. El 11 de octubre de 2004, el ensayo festivo fue una exageración millonaria, que ganó por 3 a 0, con dos goles de Jairo Patiño (los maliciosos lo recuerdan como su mejor partido con la banda) y el otro, de Rubens Sambueza. El querible bohemio hacía tiempo que había perdido el semillero; hasta su sede social. Y su vieja cancha de madera, en la que brillaron poderosos y figuras, sufrió el transcurso del tiempo. La Copa Suecia, la gloria de 1958, se veía en blanco y negro. Carlos Griguol, en el centro del campo, era otra imagen que dolía en el recuerdo.
Por eso su memoria se mantiene en los queridos años 60. Un pibe le encontró la posición exacta en el área a Luis Artime. El mismo que adelantó en el tiempo al Loco Gatti. Osvaldo Zubeldía empezó su pacífica revolución en Atlanta. Libreta, anotador, pizarrón, doble turno y la picardía de los fuera de juego. River, en cambio, tiene la imagen borrosa de aquellos años, parte esencial de los 18 sin trofeos.
Jorge Ghiso, Vitrola para el mundo del fútbol, es la síntesis perfecta del afecto millonario y bohemio. Otra vez DT de Atlanta y con 11 años en River. Como futbolista y DT de la reserva. "Va a ser muy especial, para Atlanta y para mí. Ya empezó el cosquilleo...", advierte. Una pequeña huella en un mar de coincidencias.
45 años estuvo Atlanta en la máxima categoría; por eso, es lógico mencionarlo como un equipo de primera, más allá de sus últimos tiempos en el ascenso


