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Está de pie. Parecía caído, abatido, machucado. Sin brújula, sin convicción, sin ánimo. Parecía que se caía el equipo que supo ser un deleite en buena parte del torneo. Que enamoró, desde el juego, desde la disciplina, desde sus figuras, a buena parte de la sociedad futbolera que ya había sellado la consagración. Apenas restaba saber cuándo, contra quién, por cuántos goles. Era una fiesta San Lorenzo, que cada vez que jugaba, el público se sentaba, aplaudía y se marchaba con una sonrisa ancha, altanera, colosal. Hacía lo que quería: los goles, manejaba los tiempos, hasta medía los excesos. Hasta que trastabilló. Desde lo físico, desde lo mental, desde lo argumental, aunque sobre todo perdió la convicción de líder. Todos le tomaron el pulso, la mano, la vuelta: se acabó, casi sin pelear, casi sin luchar. Sin embargo, de pronto, un puñado de clásicos, ocho goles en cuatro partidos y la cima recuperada en el momento ideal. Aquello, empero, no resulta lo más valioso, lo más trascendente: lo que debe saber la definición electrizante del torneo es que, simplemente, regresó el Ciclón.
Está de pie. Aquel que enamoraba, luce erguido. Despachó a Huracán con una autoridad asombrosa, en pocos minutos de juego y muchos centros foribundos y anoche, para completar la obra de su candidatura retomada, desnudó con fútbol y goles a una tímida expresión de Independiente, un conjunto que nada tiene si se espía la gloriosa historia de media Avellaneda. La defensa, por caso, resultó una expresión de incongruencias -faltos de tiempo, de distancia y de fervor- como hacía un buen tiempo no se observaba en el terreno de primera. Si San Lorenzo no pasó del cuarto piso se debe, en forma exclusiva, a su marca en el ascensor. Frenó su impulso, guardó fuerzas: no quiso llegar a la azotea...
Está de pie. Falta un paso para confirmar la vuelta, para ratificar que San Lorenzo está aquí, en la cima. Le queda Argentinos, en la Paternal, un complejo adversario y un casi imposible escenario que, desde que se reinauguró, apenas se sorprendió con una sola victoria de San Lorenzo. Sabe de estas reseñas la historia grande del Ciclón, que cuenta, a diferencia de los otros ilustres punteros, con una ventaja en favor: volvió hoy, ahora, con lo mejor que supo ser.
Por primera vez, Miguel Russo quebró la cautela inicial y, resignado con la lesión de Diego Rivero, hizo la apuesta que se debía un candidato: Barrientos-Solari, detrás de los delanteros de siempre, Bergessio-Silvera. Y la apuesta fue una bocanada de fútbol, aún sin resultar una pequeña sociedad, porque Pitu, zurdo desde siempre, hizo diabluras por el sector derecho -algo así como Gustavo López en la era seleccionada de Marcelo Bielsa-, un extremo que corrió, jugó y marcó dos goles, y Solari, tal vez no en el mismo nivel, pero con la clase intacta.
Si San Lorenzo está de pie, se debe, en buena medida, a la estupenda respuesta de su zona media. En ella, obvio, se destacaron Barrientos y Solari. Pero, ahí nomás, por presencia, quite y, sobre todo, por el arte del buen toque -tan simple parece, tan sencillo resulta, pero qué complicado parece...-, Ledesma y Chaco Torres demostraron que el fútbol y el esfuerzo pueden ir asociados.
El derroche futbolero casi no tuvo oposición: Independiente es una sombra de lo que alguna vez supo ser. Si la defensa tuvo un papel influyente -¡qué manera de hacer macanas!-, el resto fue causa y efecto: casi todo mal. El tiro libre de Aureliano Torres derivó en un cabezazo exquisito de Barrientos a la red; dos minutos después, Solari definió debajo del arco una gran acción colectiva; y otros dos minutos más tarde, Ríos se hizo expulsar por una ingenuidad.
Se resolvió el clásico. Y el cartel de candidato, sacado por falta de méritos en el tramo final, regresó a tiempo, sobre todo cuando Aguirre marcó su primer gol en el Ciclón y fue ovacionado -hasta ese llamativo dato tuvo la noche del Bajo Flores- y, sobre todo, con el genial tanto de Barrientos, cuando la tarde se convirtió en noche. No tanto por la definición, tampoco por el pelotazo de Aureliano, sino por el toque -¿quién no la tuvo en la acción previa, no fueron casi todos?- de un equipo que recuperó el orgullo.
El descuento de Núñez no transformó nada: apenas un llamado de atención, una lucesita de alerta. La función había terminado: San Lorenzo está vivo, está primero, depende de sí mismo. Aunque, la verdad, lo más importante es que recuperó la sensibilidad por el buen juego. Aquel que enamoró a todos.
33 goles anotó San Lorenzo en 18 fechas, y junto con Lanús son los equipos más goleadores del torneo; marcó 8 tantos en las últimas dos fechas.
Andrés D’Alessandro, de vacaciones en la Argentina luego de ganar la Copa Sudamericana con Inter, estuvo en la platea del Nuevo Gasómetro y festejó la goleada de su ex club.
Solari anotó el segundo gol, a los 20 del PT, y se desató una pelea entre los hinchas del Rojo y la policía. ¿El motivo? Un efectivo festejó el tanto y los simpatizantes visitantes se enojaron.
Mariano Gabriel Viola tiene 21 años y nació en San Nicolás. El DT Santoro lo hizo debutar ayer en primera como lateral derecho y tuvo el mejor rendimiento en una defensa que dio ventajas.

