Gallardo y River le ganaron a la suerte

Carlos Beer
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27 de julio de 2015  

Desde que el mundo es mundo se han gastado millones de horas debatiendo sobre ese enigma llamado suerte. Ese acertijo irresoluble sobre su influencia en cada aspecto de la vida, por mínimo que sea. "Incluso la gente que afirma que no podemos hacer nada para cambiar nuestro destino, mira antes de cruzar la calle", dijo alguna vez Stephen Hawking, refutando a aquellos que dejan todo librado a la suerte.

Bajemos estas ideas al planeta fútbol. River parecía que tenía su destino copero sentenciado en el adiós. Las matemáticas no lo favorecían y necesitaba que Tigres, con suplentes, le ganara a Juan Aurich en Perú. La historia es sabida: los mexicanos se fueron de Chiclayo con un 5-4 que dejó a River en los octavos de final. ¿Exceso de suerte? Tal vez, porque el destino de River no dependía de sí mismo y la muy mala noche de los peruanos terminó favoreciéndolo.

Aquí comenzó la segunda parte de la historia. A la suerte hay que acompañarla. Si no, todo queda reducido a un golpe de fortuna con vida efímera. Y lo bueno que hizo River fue eso: a partir de un hecho inesperado como la clasificación a los duelos mano a mano de la Copa (seguramente sobran los dedos de una mano para los que estaban convencidos de que así sucedería), construyó su fortaleza.

La serie con Boca tiene una verdad y una duda: si bien nadie puede saber cómo habría terminado esa historia, la realidad indica que River fue más en los 135 minutos jugados. Punto para el equipo de Gallardo. Luego vino Cruzeiro, y de nuevo las dudas: nunca el club había pasado un duelo copero ante ese equipo brasileño. Esta vez no hubo suerte: goleada en Belo Horizonte y pase a la semifinal de la Libertadores.

La mayor parte del camino copero estaba recorrido. Hubo golpes de suerte, es cierto. Y hubo también aciertos desde la conducción del grupo y de los jugadores. La Copa América obligó a la pausa en el andar del torneo. Y ahí Gallardo definió la partida de ajedrez que jugaba con la suerte desde unos meses atrás. Y con jaque mate incluido. Pidió a Alario, aunque muchos dudaban del joven delantero, que pagó con el gol más importante de su vida. Gallardo también insistió hasta el cansancio con Viudez, al punto de que muchos se preguntaban: ¿tan bueno será el uruguayo? En dos partidos, con un puñado de apariciones deliciosas, el oriental ya dio un curso acelerado de ídolo y quedó en la puerta de recibir el diploma. Un gol clave en la final sería la garantía para obtener ese título.

Igualmente, Marcelo Gallardo ya aprobó otra materia en la universidad de los directores técnicos. Ya mostró que puede hacer jugar bien a su equipo, aunque es cierto que a veces cae en altibajos. También supo disponer de planteos inteligentes para ganar partidos vitales. Ahora demostró que tiene ojo clínico a la hora de la búsqueda de refuerzos que no tengan un cartel rutilante en nuestro medio.

Las vueltas de la vida llevan al equipo argentino a volver a enfrentarse con Tigres. El destino quiso que el club que le dio una mano de manera inesperada sea el enemigo en la búsqueda de la tercera conquista en la Libertadores. El escritor alemán Carl Zuckmayer dijo alguna vez: "La mitad de la vida es suerte, la otra disciplina; y ésta es decisiva ya que, sin disciplina, no se sabría por dónde empezar con la suerte". River ha logrado que su disciplina sea mucho más importante que la suerte, aunque de ésta haya tenido bastante.

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