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IWAKI, Japón.– Fuimos recibidos como héroes al regresar desde Ibaraki, donde otros libraron por nosotros con tanta dignidad como buena fortuna la primera batalla del campeonato. Por la calle, el paso del vehículo que trajo a nuestro equipo tras haber dado con la autopista indicada desde la tumultuosa ciudad de Mito fue saludado por los vecinos con gran algarabía, y al llegar al hotel el conserje se deshizo en reverencias tan repetidas y profundas que de inmediato fue preciso someterlo a la consulta de un eminente traumatólogo de la zona.
Mientras lo llevaban al sanatorio, el conserje –que se expresa, de común, pura y exclusivamente en su idioma vernáculo– no dejaba de repetir las dos palabras españolas que había preparado con gran esfuerzo para celebrar nuestro retorno: “felicitaciones” y “bienvenidos”. No sabemos aún por medio de qué treta, pero inclusive tendido en la camilla el hombre se seguía inclinando.
Rendimos el honor debido a tantos honores, pese a no merecerlos de modo directo. Uno de los mayores misterios del fútbol, su carácter transitivo, suele hacernos sufrir con bromas hirientes cuando el cuadro al que, según se dice, “pertenecemos” resulta vapuleado por un rival de menor cuantía. Entonces, ¿por qué no disfrutar sin remordimientos de los calurosos tributos, aun cuando haría falta que viviéramos más de media docena de vidas para aprender cómo se patea bellamente una pelota?
Iwaki es una ciudad bastante dilatada, pero su corazón conserva un sesgo pueblerino. Para sus habitantes, Batistuta, Verón y el resto de los muchachos de nuestro equipo son dioses a los que se venera o bien en el templo o bien por intermedio de sus representantes terrenales, que en este caso vendríamos a ser nosotros.
Hasta tal extremo es así, que ayer en el J–Village, donde verdaderamente se encuentran concentrados los cuerpos y las almas de nuestros campeones, no se hicieron presentes, al revés que hasta ahora, los simpatizantes que suelen empeñar todo su tiempo para verlos, siquiera de lejos. Reinaba allí un silencio olímpico, como ofrenda para que reposaran en paz luego del combate futbolístico con Nigeria.
Mañana seguramente retornarán a sus puestos de observación, pues querrán encenderles otras velas y darles nuevas muestras de fidelidad antes de su inminente expedición a Sapporo, donde deberán enfrentar a Inglaterra.
Así, invertimos la jornada en un largo paseo por las callecitas de Iwaki, por cuya tranquilidad, aunque parezca exagerado, sentíamos ya bastante nostalgia. Mirado sin la calidez con que lo observamos quienes tenemos respecto de él cierta sensación de pertenencia, este rincón urbano podría ser definido como chato y oscuro. Un arquitecto argumentaría que al menos un noventa por ciento de sus edificios son feos.
Un gastrónomo recomendaría otras plazas para degustar lo mejor de la cocina japonesa. Pero nosotros, que viviremos casi todo el Mundial en él y, por lo tanto, será lo que más conozcamos del país al cabo de nuestro viaje por Japón, pensamos de otro modo. Amamos su boulevard arbolado y florecido, disfrutamos de las exposiciones de su galería de arte municipal y nos sorprendemos con sus templos, por más modestos que sean en comparación con los de casi todas las otras localidades de la nación.
Sí, puede ser que existan aquí destinos mejores, pero poco nos interesa recorrerlos. En especial porque allí seríamos nada más que seres anónimos. Aquí, en Iwaki, somos los que le ganamos a Nigeria.


