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SYDNEY (De nuestros enviados especiales).- Tenía 14 años cuando empezó a remar. Lejos de su Marlow natal, en los suburbios de Londres, veía por TV el primero de los grandes duelos que dos formidables e históricos gladiadores sostenían en Montreal 76: el finlandés Pertti Karppinen y el alemán Peter-Michael Kolbe.
Steven Redgrave, hoy portador de cuatro medallas doradas consecutivas sobre un bote (desde Los Angeles 84 hasta 1996), empezaba a sentir dentro del pecho una pasión especial. Difícil de dejar, pese a su pomposo anuncio de retiro de hace cuatro años en Atlanta: "Si alguien me ve cerca de un bote, está autorizado a pegarme un tiro".
Marie-José Perec, con 32 años, es para todos La Gacela Negra, aunque no faltan quienes la llaman la diva. Tres oros olímpicos, dos de ellos en Atlanta, constituyeron a esta oriunda de Guadalupe, residente en Estados Unidos y representante francesa, en una atleta quizá sin el renombre de las megaestrellas de hoy, pero con antecedentes y registros de peso: es la única mujer en la historia que ganó los 200 y los 400 metros en una misma competencia, y en el caso de la segunda especialidad, en dos Juegos consecutivos: 92 y 96. Además, en Australia la miran con recelo: es la gran rival de la ídola local, también morena, Cathy Freeman.
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Además de los éxitos, Redgrave y Perec son en el presente espejos de muchos deportistas. Muchas veces, hombres y mujeres que permanecen en el anonimato son fuente inspiradora del sacrificio a partir de sus ejemplos.
Pero también los que han conocido la gloria debieron sortear o hasta convivir con duros exámenes que los ponen a prueba a cada instante.
Redgrave, con 38 años, casado y tres hijos, una mole de 1,93m y 103 kilos, quiere su quinto oro para igualar en la historia a un esgrimista de Hungría llamado Aladar Gerevich, que lo consiguió entre 1932 y 1960. Lo que lo diferencia de este último es su condición de diabético desde 1997. Redgrave volvió a las competencias, movilizado por su mujer y sus chicos, a pesar de los consejos médicos, y se inyecta insulina seis veces por día. Lo hace sistemáticamente antes de cada entrenamiento y de cada carrera.
"Ya no soy el de antes... Soy mejor", dijo con sentido del humor, cuando se le marcó que los adversarios no lo consideran. "Gané dos Mundiales siendo diabético. Correré contra la misma gente que enfrenté en el 99, en Lucerna (fue 4º). No creo que la diabetes sea un factor influyente", aclara. Y agrega que quiere la quinta medalla simplemente porque estará en una especialidad (cuatro sin timonel) en la que aún no triunfó en los Juegos.
Perec también debió remar mucho, pero fuera del agua. Todo era fama y sonrisas para La Gacela Negra; incluso, su sugestiva imagen recorrió el mundo al posar desnuda, con un traje enterizo de corredora del estilo swift actual, pero pintado en el cuerpo. Hasta que un día el destino se ensañó con ella. Una infección glandular la dejó postrada en 1998. No podía levantarse de la cama y sus familiares reconocen que no tenía fuerzas ni para subir una escalera. "No correrás más. Olvídate", le anunciaron los médicos.
La depresión duró un tiempo. Vaya si había motivos: tenía una rara afección de fatiga crónica (Epstein Barr), que ataca al corazón. Postrada, registraba 130 pulsaciones por minuto en vez de 60. Un día decidió cambiar todo y se fue de Malibú, donde se entrenaba, a París. Se internó en un instituto y recibió un tratamiento con cortisona. Con el efecto clásico: subió de 58 a 72 kilos. "Creí que era cierto que no podría correr más", admite. "Sentía que estaba en el cuerpo de otra persona, que me estaba destruyendo a mí misma." Volvió a calzarse las zapatillas hace un año. Trotó apenas 5 minutos. Pero no se rindió. Se puso a las órdenes de Wolfgang Meier, esposo y ex técnico de la alemana Marita Koch, que sigue teniendo el récord mundial de los 400 metros (47s60/100) desde 1985. Hoy registra 60 kilos, se clasificó y hace poco hizo 50s32 en Niza, un tiempo razonable. Pero lo más valioso es que está de nuevo en su pasión, en las pistas. Entera. Con la autoestima en alza. Con ganas de aguar la fiesta australiana preparada en derredor de Freeman, aunque sabe que será difícil.
Redgrave y Perec. Dos campeones sacudidos por el destino, pero que nunca se resignaron. Están en Sydney cuando pocos lo creían, queriendo prolongar sus ya ricas historias. Deportivas y humanas, una combinación que no se da con frecuencia. Juntos remaron y reman en la carrera de la vida.



