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Había anochecido el viernes 6 de julio de 1956 y la barra del club El Indio abandonó más temprano que de costumbre los cubiletes y los tacos de billar del viejo Café y Bar La Brasileña, de Laprida y Acevedo, Lomas de Zamora.
Se justificaba: a cinco cuadras de allí se presentaría José María Gatica, en la que sería su única actuación profesional en el Gran Buenos Aires. No todos los integrantes del grupo eran devotos del boxeo pero...¡peleaba Gatica! Poco importaba que desde unos años atrás viviese envuelto en la tristeza y las peripecias del inexorable ocaso deportivo.
Horas antes de que el Lomas Park -inaugurado en octubre de 1951- abriese sus puertas, una multitud -léase 87.000 pesos de recaudación- se agolpaba, ululante y nerviosa, frente a Oliden 74, cortando el tránsito vehicular.
Librado el ingreso, el ring side y la tribuna popular pronto resultaron desbordados por una impaciente y compacta masa humana. Hubo que clausurar el acceso a las graderías superiores, pero a poco la cortina metálica cedió ante la tumultosa presión de los más remisos, que protagonizaron serios incidentes.
La atmósfera no presagiaba nada bueno y, para colmo, Gatica no aparecía por el Lomas Park; la nerviosidad de los organizadores crecía a la misma velocidad que las protestas del gentío.
Los antecedentes. De 31 años y boxeador profesional desde 1945, Gatica llegaba al compromiso con una campaña de 93 o 94 combates en el campo rentado -las estadísticas no se ponían de acuerdo sobre el carácter de una presentación en Tucumán ante un tal Fernando Perdiguero, que para unas fue match sin decisión y para otras exhibición- y ese año sólo había disputado una sola pelea dos semanas antes, en Chivilcoy, ante el poco exigente Oscar Cabrera, que cayó por toda la cuenta en el noveno asalto.
Su rival era el cordobés Jesús Andreoli, de 24 años, que debutaba en el profesionalismo y ese año vería, con renovada tristeza, como le levantaban el brazo a sus ocho contrincantes.
La bolsa de Gatica se había fijado en 5000 pesos y la de su adversario, en 1800; esa noche, el Lomas Park estrenaba a la vera del ring un sector de pupitres para el periodismo y registraba un récord de concurrencia.
Por entonces, la actividad pugilística en la provincia de Buenos Aires era controlada por la Secretaría de Salud Pública por medio de la Dirección General de Educación Física, organismos que no habían autorizado la actuación de Gatica, cuya condición física distaba sobremanera de sus días de gloria.
Los organizadores ignoraron la prohibición, llevaron adelante sus preparativos -promoción incluida- y frotaron sus manos cuando días antes se agotaron las localidades.
Casi 12 minutos de pelea. Cuando Gatica llegó al estadio no parecía lucir sus mejores condiciones y Andreoli hacía largos minutos que estaba en el ring, impedido de notificarse de las últimas instrucciones de Quiñones, su asistente, por el vocerío general, que reprobaba tanta demora.
Gatica arribó en un Chevrolet modelo 47, color claro, del que fue trasladado casi en vilo a las boleterías, ubicadas al frente del local, donde se lo alistó para subir al ring; esa decisión de emergencia se adoptó ante la imposibilidad de que pugilista de San Luis pudiese llegar a los vestuarios, situados en el otro extremo del recinto, por impedirlo el atestamiento del ring side.
El ascenso del boxeador puntano al ring -se anunció un peso de 66,400kg., que pareció exiguo para lo que se veía- provocó un clamoreo ensordecedor, mientras Gatica alzaba hacia los cuatro costados a una chiquita que no dejó de llorar en toda noche, en brazos de una señora ubicada detrás de su rincón que alentaba de viva voz al hombre que quemaba sus últimos cartuchos. A esa altura, Andreoli -cara de buen muchacho, botas blancas- parecía un intruso en el ring. Su estampa, empero, justificaba los 67,100kg que se le adjudicaron.
Cuando el árbitro Buján declaró abierta la riña, pudo advertirse que Gatica experimentaba dificultades para movilizar la pierna derecha -después se comprobó una lesión en un menisco- y comenzaba a recibir guantazos exploratorios que desde la media distancia le propinaba un contenido Andreoli. Este se fue animando ante la ausencia de respuestas e imprimió más reciedumbre a sus golpes, en tanto las réplicas del eterno rival de Alfredo Prada no parecían ponerlo en apuros.
Telón definitivo. El cordobés, que había ganado claramente las dos primeras vueltas, en la tercera comenzó a abrir la boca en procura de más oxígeno y su oponente pasó a discutirle el centro del ring; en el cuarto round las acciones se hicieron más equilibradas y cuando estaba por sonar la campana, Gatica conectó un gancho al hígado que tumbó a su rival; Quiñones arrojó la toalla cuando la cuenta llegaba a nueve y su pupilo había recobrado la posición vertical.
Mientras Buján contaba el octavo segundo, Gatica había abandonado el rincón neutral y el árbitro suspendió ese cometido para observarlo; acatada la indicación, se contó un nuevo segundo y sobrevino el abandono. Algarabía generalizada en el estadio, como si Gatica hubiese obtenido el campeonato mundial.
Después, llegó la noche para todos: suspensión definitiva para Gatica y provisional para los promotores -Jaime Rodríguez y Juan Bocaccino-, inhabilitación para el Lomas Park, que sólo pudo reabrir sus puertas siete meses más tarde aunque por poco tiempo, agobiado por insalvables dificultades económicas derivadas de la clausura.
Más tarde, a pesar de la sanción, Gatica realizó unas pocas exhibiciones en rings de extramuros para juntar algunos pesos. La última tuvo por escenario un club poco conocido de Banfield, en septiembre de 1958.
No hubo más noches de triunfo para él. Las sombras postreras lo aguardaban. José María Gatica, "El mono", "El tigre", una página insoslayable del boxeo argentino, bajó definitivamente del ring de la vida el 12 de noviembre de 1963.



