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Los más memoriosos recuerdan vagamente que el primer conflicto en el boxeo profesional porteño -tan de moda en estos tiempos, aquí y el mundo- surgió hace unos 60 años, cuando un grupo de casi desconocidos y sufridos preliminaristas del Luna Park reclamó una mejora en su retribución de 80 pesos por presentación.
Los díscolos estaban encabezados por Juan Carlos Alonso, un peso liviano que había ganado sus dos combates profesionales, El movimiento, inorgánico y frágil, fracasó y su cabecilla sufrió la soledad del ostracismo.
Existen más precisiones, en cambio, sobre la primera rebeldía de significación originada, también, por demandas pecuniarias; este movimiento, mucho más representativo que el anterior, se registró en 1948 y estaba encabezado por figuras de notorio arraigo popular, como Alfredo Prada, Eduardo Lausse, Mario Díaz, Alfonso Senatore, Ricardo Calicchio y Alberto Lovell.
Ismael Pace y José "Pepe" Lectoure, propietarios del Luna Park, no tenían rivales en la metrópoli y su larga mirada supervisaba casi toda la actividad pugilísticas en el país.
Los insurgentes alegaban que el monopolio ejercido por la empresa le permitía fijar arbitrariamente remuneraciones precarias, mientras los trabajadores de otros sectores se beneficiaban con las mejoras salariales impulsadas desde el primer gobierno peronista.
El conflicto se agravó cuando las palabras debieron ceder paso a los hechos y los boxeadores y managers allegados a ellos constituyeron la Asociación Boxística Profesional (ABP), que comenzó a organizar reuniones al aire libre en el estadio de Atlanta.
Presidida por Mario Díaz, excelente peso welter mendocino, la flamante entidad contaba con el asesoramiento de Nereo Pagadizábal, el mismo abogado que poco antes había cobrado notoriedad por su actuación en la también bisoña organización gremial de los futbolistas.
La novedad obligó al Luna Park a suspender sus festivales durante ocho semanas, lapso en el que la flamante competencia promovió cinco reuniones en el escenario de Villa Crespo; la mayor recaudación en ese ring la generaron los pesados Abel Cestac, argentino, y Juan Ulrich, peruano, con casi 28.000 pesos.
Los gladiadores más taquilleros del movimiento, sin embargo, no pudieron actuar en la Capital Federal por impedírselo los contratos suscriptos con anterioridad con el Luna Park. La ausencia de las figuras de mayor atracción popular se reflejó en carteleras poco convocantes y recaudaciones a tono con tal circunstancia.
Un valor como Mario Díaz, por ejemplo, debió peregrinar por plazas del interior durante largos meses de 1949, año en el que combatió en 25 oportunidades; las bolsas, ciertamente, no eran las de sus noches estelares entre las sogas de Bouchard y Corrientes.
La falta de experiencia organizativa y el surgimiento de dificultades en varios frentes fueron complicando los proyectos de los sublevados, habiéndose llegado al extremo de suspender el choque entre Alfredo Prada y el chileno Oscar Francino a pocas horas de su realización, en este caso por cuestiones legales.
Durante el estío, la ABP también patrocinó reuniones en la cancha de San Lorenzo de Almagro, que, como las de Atlanta, arrojaron discretos resultados económicos; al tiempo que las partes hacían esfuerzos ante la opinión pública para transparentar sus políticas remuneratorias mediante la difusión de las bolsas percibidas por su propia tropa.
El invierno obligó a los rebeldes a cambiar el romántico techo de estrellas por otro más tangible y reparador. Consiguieron, así, que por primera vez la Federación Argentina de Box (FAB) abriese sus puertas de Castro Barros 75 al boxeo profesional. Con la promoción del Club Unidos de Pompeya se realizaron ocho reuniones, en la primera de las cuales Kid Cachetada, casi tan añejo como la lucha entre el capital y el trabajo, aventajó por puntos al fogoso y rollizo Francisco Pagola. La concurrencia llenó el pequeño estadio y disfrutó de un buen combate. El octavo espectáculo -viernes 9 de septiembre de 1949- tuvo un doloroso epílogo; la muerte del negrito uruguayo Urbano Rodríguez, un medio pesado de 25 años, que perdió por fuera de combate en la novena vuelta frente al pegador Angel Cassano, a quien le dispensó seis kilos de ventaja.
Rodríguez había llegado al compromiso con una breve campaña como profesional: tres peleas, dos ganadas y otra empatada. El desenlace sobrevino en la mañana del 10.
La cruzada insurgente se fue consumiendo por una realidad casi anémica, muy lejana de las ilusiones que la habían gestado; los emancipados cada vez fueron menos y todos terminaron por reencontrarse en el escenario mayor del Luna Park; de ese modo, la empresa fundada por Domingo Pace en 1912 volvió, entonces, a su rutina sin amenazas ni escollos a la vista.
La placidez concluyó abruptamente en el segundo mes de 1957, cuando comenzó a despuntar otro movimiento secesionista con el que estaba vinculado nada menos que el único campeón del mundo que por esos tiempos tenía la Argentina: Pascual Pérez, para muchos el mejor campeón del mundo argentino.
La señal de zafarrancho la impartió el entrenador de Pérez, Felipe Segura, al despotricar sin miramientos contra el Luna Park. "Nació con una cantidad de quistes malignos que con el andar del tiempo agrandarán sus tentáculos para absorber más tarde todo el deporte de los puños no sólo en el país, sino en América del Sur", sostenía Segura. Era el verano del 57 y gobernaba la llamada Revolución Libertadora.
Agraviada, la empresa rompió relaciones comerciales con Segura, con quien se solidarizó rápidamente Lázaro Koci, manager de Pérez. Años atrás, Koci, un albanés que había dejado su navaja y su tijera de peluquero para incursionar en el mundillo pugilístico, había sido el hombre fuerte del Luna Park y el programador de sus actividades. Antes, mientras regenteaba su local de Bernardo de Irigoyen casi San Juan, Koci asistía al vecino local de la Misión Inglesa, donde se realizaban reuniones semanales de boxeo amateur. Y Allí cambió su vida: descubrió a José María Gatica.
El 29 de mayo de 1957 los separatistas inauguraban el estadio Babilonia, con un éxito por puntos del riocuartense Francisco Espelozín ante el uruguayo Liber Rodríguez. El nuevo recinto, ubicado en Alem 1185, en Retiro, había funcionado como salón de baile y, con el Parque Japonés y el Sevilla Colmao, constituía un importante polo de vida nocturna para marineros -por entonces el puerto de Buenos Aires era centro de una intensa actividad-, conscriptos y amigos de diversiones fáciles. A pocas cuadras del Luna Park, las 4000 comodidades del nuevo recinto aseguraban dos cosas: asientos para todos los espectadores y una programación que no movilizaría multitudes.
El Babilonia era espacioso y su amplitud le permitió cobijar simultáneamente al estadio y al gimnasio, en el que diariamente transpiraban los alrededor de 80 peleadores encolumnados detrás de Koci y Segura. Allí Pascual Pérez -la especialidad de la casa- actuó una sola vez y superó por puntos al prometedor santiagueño Luis Jiménez. Esa noche se recaudaron más de 53.000 pesos, récord para el lugar.
En 1957, el Babilonia fue escenario de 57 reuniones, a razón de dos por semana y en el verano del año siguiente las ocho únicas veladas hicieron de responso definitivo.
Con anterioridad, la nueva empresa había organizado dos defensas de Pascual Pérez, en los estadios de San Lorenzo de Almagro y de Boca Juniors. En ambas circunstancias el campeón cosechó dos tempranos y categóricos éxitos.
El combate con el minero británico Dai Dower, en el Gasómetro de Boedo, deparó la mayor recaudación hasta entonces en el país, con casi dos millones de pesos. Esa noche, el Luna Park no suspendió su tradicional reunión sabatina y organizó un doble fondo: Horacio Accavallo -después también campeón mundial de los moscas- igualó con Enrique Escudero y Osvaldo Cañete obtuvo la decisión ante Victoriano Cejas. En boleterías quedaron sólo 13.000 pesos y a cada pugilista le correspondía 1176 pesos, pero la empresa los retribuyó con 3000; poco tiempo después, el madrileño Young Martín (Martín Marco Voto para las leyes españolas) también debió rendirse ante el pequeño león mendocino mucho antes del plazo estipulado.
La historia registra otros intentos menores por mellar el poderío empresarial del Luna Park, pero también revela que ninguno -ni aquéllos ni éstos- perduró como para ensombrecer su hegemónico liderazgo, con su propia historia.


