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Ya no está Pablo Escobar Gaviria, el asesinado líder del Cartel de Medellín. Tampoco da vueltas por las calles Miguel Rodríguez Orejuela, el pope del Cartel de Cali que permanece recluido en una cárcel colombiana. Ni siquiera vive Gonzalo Rodríguez Gacha, otra de las ex cabezas visibles del cartel caleño. Y menos aún Pablo Correa Arroyave, el baleado ex jefe de la banda de Los Pablos, donde comenzó la carrera delictiva de Escobar.
La tantas veces comentada penetración del narcotráfico en el fútbol colombiano, entonces, bajó sus decibeles. Y es lógico, porque a Pablo Escobar siempre se lo asoció con el Nacional de Medellín, Rodríguez Orejuela tenía a su nombre la mayoría de las acciones de América de Cali, Rodríguez Gacha poseía un tercio de Millonarios y Correa pasó por la lista de accionistas del Independiente Medellín (le dicen Medellín, a secas).
La historia, de cualquier manera, sigue su curso. Es imposible detenerla. Y aunque hayan muerto Escobar, Rodríguez Gacha y Correa y Rodríguez Orejuela siga detenido, la comunión entre el fútbol y los dineros calientes parece no perderse.
En su edición número 636, de hace un par de años, la revista colombiana Semana relata cómo el rumbo del deporte más popular y de una de las industrias más lucrativas del mundo caminaban de la mano.
Por ejemplo, cuenta que el América mantenía en su nómina de accionistas a Miguel Rodríguez Orejuela y a José Santacruz Londoño (otro mandamás del Cartel de Cali) y que los dueños de Millonarios habían pasado a ser los descendientes de Rodríguez Gacha y de Edmer Tamayo (socio en algunos negocios de Gilberto Rodríguez Orejuela, hermano de Miguel).
La revista Cromos (N° 4122; 27 de enero de 1997) se animó a profundizar aquel estudio y agregó más luz sobre la hoy caótica situación de Millonarios, el equipo que más veces logró el título colombiano. Y la información vale para ver cómo se acercaron el fútbol y el narcotráfico.
En 1981, tras una aguda crisis financiera, el ahora llamado "Equipo de las Viudas" (lo manejan las esposas de algunos líderes de la droga asesinados) salió a buscar apoyo económico. Tiempo después, el presidente de la entidad, Rafael Pulido, le pidió al periodista Carlos Vélez que lo contactara con los hermanos Rodríguez Orejuela, para ver si a éstos les interesaba comprar el club, entonces en poder de seis familias importantes.
Vélez trabajaba (hoy continúa en la misma empresa) en la cadena radial RCN, que según muchas voces colombianas pertenece al Cartel de Cali, así que no le costó tanto hacerles llegar el mensaje a los Rodríguez.
"Nosotros ya tenemos al América", le habrían contestado. Y acto seguido le presentaron a un "conocido ganadero", como lo llamaron, que sí estaba interesado en comprar Millonarios. Ese amigo era Edmer Tamayo, que llevó consigo a "El Mexicano", apodo con el que se conocía a Rodríguez Gacha.
Juntos se hicieron del 66,6 por ciento del paquete accionario y consiguieron que el club recuperara el brillo que parecía perdido.
Pero esto no era nuevo. En realidad, desde la década del 60 que se asociaba con el fútbol a los nombres propios más buscados de la batalla contra la narcoguerrilla. Muchas veces sin poder probar más que una especie de "adicción" de parte de los narcos hacia la pelota. Otras, en cambio, con datos inocultables.
En Colombia hasta los mismos hombres del fútbol aceptan que nadie puede competir, incluso hoy, con el dinero de Nacional y América. Y como los de Cali poseen entre sus accionistas a Miguel Rodríguez Orejuela, desde hace rato que se ven asociados con el dinero de los narcos.
En Medellín, a pesar de que Escobar nunca quiso aparecer en las listas oficiales, también se escribió una novela de unión entre la pelota y la droga. Lo que se sabe con seguridad es que Escobar, que algunos dicen que era hincha del Medellín, poseía el pase de su amigo René Higuita.
Cierta noche, hace ya muchos años, el arquero que popularizó "el escorpión" contó en una rueda de amigos periodistas cómo se dilató su pase de Nacional a Valladolid, de España. Resulta que Escobar se encontraba recluido en La Catedral, una cárcel de máxima seguridad ubicada en Envigado (a pocos kilómetros de Medellín), y nadie se animaba a vender a Higuita sin el consentimiento de "El Patrón", como lo llamaban. Pues bien, tuvo que ir el mismísimo arquero hasta la cárcel para pedirle permiso. Escobar, como lo demuestran los hechos, no opuso reparos.
Otro caso, relatado en el libro El Patrón, explica la relación que algunos jugadores tenían con Escobar Gaviria. Aparentemente, mientras este permanecía detenido en la cárcel de Envigado, un fin de semana el fixture del torneo colombiano deparaba un choque no muy interesante:Envigado v. Nacional. Para Escobar el encuentro sí resultaba interesante. Y parece que acudió. Se ubicó en un palco con vidrios polarizados y presenció un muy pobre 0 a 0. Cuando los jugadores se enteraron de que Escobar había estado en la cancha se lamentaron en forma por el mal espectáculo que le habían ofrecido al Patrón.
El poder que por aquel tiempo detentaba el Cartel de Medellín, de cualquier manera, no alcanzaba para manejar el fútbol, cuyos hilos se movían desde Cali (la Federación Colombiana se encontraba allí hasta que hace no mucho se mudó a Bogotá).
Como muestras valen las escuchas telefónicas de las conversaciones que Rodríguez Orejuela mantuvo con la mayoría de los jugadores del seleccionado y hasta con Francisco Maturana, ex técnico del equipo nacional, tras el fracaso en el Mundial de los Estados Unidos. Los futbolistas le contaron al detalle los pormenores del plantel y Maturana, que no se movió de la línea durante 45 minutos, le comentó que estaba "muy asustado por su vida, la de sus familiares y la de sus caballos", según detalla Semana. Luego de charlar sobre "el estado de corrupción" del campeonato colombiano, "Rodríguez lo tranquilizó y le ofreció protección".
Unos meses después, el autodenominado grupo Muerte al Cartel de Cali (Mucali) llamó a los medios de comunicación para decir que las relaciones entre la organización caleña y Maturana eran de tal magnitud que el reloj Cartier que lucía el técnico le había sido regalado por los jefes del cartel.
¿Qué buscaban (o qué buscan) los popes de la droga en el fútbol? Muchos aseveran que el fin es lavar dinero, pero hay varios más que les retrucan que hay que encontrar en la figuración social el verdadero objetivo. A través del fútbol, los poderosos querían obtener el status que se les negaba por sus negocios turbios.
En estos días las insinuaciones continúan, aunque la desaparición de los narcos más conocidos y la presión que el gobierno y el ejército ejercen contra la narcoguerrilla ocultan las caras de los dineros calientes, como llaman al caso en Colombia.
Es imposible saber si los hombres del Cartel de Cali manejan al América desde la cárcel o si en realidad todas las acusaciones son sólo versiones sin fundamento. También es difícil conocer con precisión qué influencia tiene el narcotráfico sobre el transcurrir del fútbol colombiano. Y quizá nunca se sepa la real dimensión de la comunión droga-pelota.
Pero que existe, existe.
Primero secuestraron al árbitro Armando Pérez, en 1988. Después apareció muerto (asesinado) el árbitro Alvaro Ortega. Esto ocurrió en 1989. Pero el punto límite no se dio sino hasta 1994, cuando a la salida de un restaurante de Medellín le dispararon a quemarropa a Andrés Escobar, el defensor del Nacional y del seleccionado que en el Mundial de los Estados Unidos había tenido la "desgracia" (en realidad, parece una tontería en comparación) de convertir un gol en contra.
Surgió el dedo índice acusador, entonces. "Es el negocio de las apuestas", levantaron la voz las autoridades. Pero nunca pudieron probar sus dichos.
El campeonato de 1989 no concluyó. Y el fútbol colombiano pareció ingresar en un cono de sombras que el talento de Valderrama y compañía consiguió enviar a un segundo plano.
Sin embargo, a pesar de todo lo que se decía en contra del negocio de las apuestas, el mercado negro siguió su camino sin despeinarse.
Las autoridades de seguridad de Colombia dijeron que no era una nueva modalidad para hacer dinero. Y agregaron: quienes se encuentran detrás de esta locura de números y terror son los carteles de la droga.
En la marea de presión que ejercía la prensa para que los culpables pagaran sus crímenes, los acusadores se animaron a contar el comienzo de la unión narcotráfico-apuestas.
La memoria los llevó hasta el Mundial de 1982. Allí, según distintos relatos, Gilberto Rodríguez Orejuela y algunos de sus adláteres apostaban no sólo al marcador final de cada partido.
Por qué lateral sale la primera pelota del partido, cuántos penales se iban a sancionar, cómo terminaría la primera etapa, quién señalaría el primer tanto... todo tenía un valor, que, dicho sea de paso, nunca bajaba de los 50.000 dólares. A tanto llegaba el negocio de las apuestas que, según el Diario Vanguardia, de España, en uno de los tantos viajes que la gente del Cartel de Cali realizó con rumbo a la península ibérica fue detenido un hombre de apellido Fonseca, que transportaba una valija de propiedad de Gilberto Rodríguez Orejuela. Dentro del maletín se encontraron 250.000 dólares, cuyo destino, siempre según el periódico español, era pagar el presunto soborno a los jugadores peruanos que perdieron por 6 a 0 con la Argentina, durante el Mundial disputado en nuestro país. Por supuesto, nunca consiguieron demostrar la tesis.
Las voces siempre dijeron que las apuestas manejaban el campeonato colombiano. Pero a nadie le preocupó mucho el tema hasta que alguien mató a Andrés Escobar.
Hubo dos versiones. Una, que un borracho le había disparado sin saber quién era el hombre que tenía enfrente. La otra, que el asesino resultó un sicario enviado por gente que había perdido mucha plata apostando por una victoria del seleccionado que dirigía Francisco Maturana.
Como todo, quedó en la nebulosa. La única verdad irrefutable, dicen, es que el mercado de las apuestas genera mucho más dinero que el que cualquiera puede imaginar.

