La historia de Lucina Von der Heyde, de la tierra colorada a ser una "estrella naciente" en el hockey internacional

Crédito: VillarPress
Gastón Saiz
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20 de febrero de 2019  • 00:15

Von der Heyde. El apellido es lo primero que llama la atención en Lucina, la Leona que hace unos días se emocionó por haber sido distinguida como Mejor Jugadora Sub 23, premio que otorga la Federación Internacional de Hockey. Rodeada de sus compañeras en el Cenard, fue el propio DT Carlos Retegui quien la anotició del título de "Estrella naciente" que la FIH eligió para ella. "Por ahí no caigo mucho en lo que está pasando con este gran logro, pero lo disfruto y lo uso como motivación. Estoy viviendo el momento", le confía la misionera a LA NACION.

Su bisabuelo Ludovico llegó desde Hamburgo en tiempos de guerra. Y con él, echó raíces el gran árbol genealógico de la familia Von der Heyde, desde Brasil hasta derramarse al norte de nuestro país. Ludovico fue un componente más de la generosa inmigración de alemanes a la Argentina entre 1850 y 1950, aquellos que Domingo Faustino Sarmiento describió alguna vez como de "honradez proverbial, costumbres laboriosas y carácter pacífico y tranquilo". Una característica que bien aplicaría a Lucina, tan sencilla como dedicada: "En los entrenamientos me exijo con alguna técnica hasta que me salga bien. Me molesta tener errores. Y dentro de la cancha me gusta jugar, fluir y hacer lo que sé".

"Quizás, mi mudanza de tan joven motiva a otras que sueñan con evolucionar y tener ganas de jugar en otra liga más competitiva que la de su provincia. Cuando me pongo a pensar, siento que puedo ser una referente para las chicas"

Arrancó en el Club Educación con apenas 4 años, junto a sus dos hermanas, a quienes tiene como referentes. Después pasó a San Francisco hasta llegar al Centro de Cazadores, donde se formó. "Me encantaba la vida de club en Misiones; nos entrenábamos en cancha de pasto y en tierra batida. Nuestro sueño era tener una cancha sintética y yo aspiraba a mejorar y aprender cosas nuevas. En Posadas iba al colegio, me entrenaba y también practicaba aparte en una cancha de fútbol cinco".

Anidaba en ella un dilema: ¿hockey o fútbol? "El fútbol me tiraba mucho más, pero sentí que quería dedicarme al hockey luego de salir campeonas frente a Litoral en un torneo regional Sub 14 en Santa Fe, en 2011. En ese momento me di cuenta de que quería jugar a este deporte para toda la vida", afirma.

Lucina, de 22 años, colma las expectativas del seguidor de la tribuna y del televidente de turno. Porque ella distribuye la bocha exactamente adonde le gustaría quien la está observando en persona o desde la pantalla. Satisface el lado placentero de cualquier deporte, ese momento en que el atleta aprovecha toda la dimensión del campo con un timing perfecto y gran sentido táctico. Sergio Vigil asegura que ella tiene "manos pensantes". Es decir: su capacidad cognitiva le permite tomar siempre buenas decisiones en la cancha. "Sus manos son tan pensantes y su mente es tan veloz, que hace que sus piernas sean más veloces que las jugadoras que la superan físicamente. La velocidad está en su cabeza", argumenta Cachito.

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Vigil la dirigió y la disfrutó en River Plate; fue una pieza clave para lograr el primer título del club en el hockey de primera división de mujeres, en 2016. Pero las alegrías deportivas disimulaban la dolorosa adaptación que había alumbrado dos años antes, cuando ella decidió dejar las costumbres misioneras para subirse a la vorágine de la city porteña en pos de un progreso.

El Instituto River Plate le permitió terminar el secundario en Buenos Aires: "Lo más duro fue dejar a la familia. Cuando tenés a tus padres cerca nunca les decís ‘te extraño’ o ‘te quiero’, pero cuando están lejos te das cuenta de que esos detalles son importantes. Todo aquel desarraigo fue muy difícil, como también no estar en fechas importantes y dejar de compartir el día a día. También, no poder recibirme con mis compañeros y amigos en el colegio de Posadas ni hacer el viaje de egresados a Bariloche, como tampoco jugar con mis compañeras y hermanas en el club", explica.

Crédito: VillarPress

Más allá de la obviedad de Luciana Aymar, Von der Heyde idolatra a Cecilia Rognoni. También admira a Rosario Luchetti, Florencia Habif –compañeras actuales en la selección- y Macarena Rodríguez, otra que era un motorcito en el medio. "Lucina puede ser central o doble cinco; es una jugadora muy joven con mucho presente y futuro, tiene condiciones técnicas y de lectura de juego", apunta Carlos Retegui, quien la considera como una de las inamovibles en busca de esa huidiza medalla dorada olímpica en los largos pergaminos de las Leonas.

"Obviamente que sueño con ser campeona olímpica y del mundo, pero siempre me pongo sueños a corto plazo: ahora tenemos objetivos importantes como la Pro League y los Juegos Panamericanos", reseña la volante, campeona del mundo con las Leoncitas en 2016, bajo la dirección de Agustín Corradini, y promovida por Gabriel Minadeo para formar parte de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro.

No solo se animó a una mudanza de Misiones a Buenos Aires en la más absoluta soledad: el año pasado se probó en la liga alemana y se sumó al Mannheimer, de la ciudad de Mannheim: "Tenía muchas ganas de jugar en el exterior y resultó una experiencia muy linda, pero a la vez un poco complicada porque no tengo mucho vocabulario de inglés y alemán. Al principio me costó, pero me sirvió para aprender. Y en el hockey, allá son más de pase y recepción, más defensivos. Acá, las jugadoras somos más atrevidas", describe Von der Heyde, la jugadora del hockey total de las Leonas pero que todavía tiene mucho por crecer.

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