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Horacio Antonio Heguy, una de las figuras más representativas del polo mundial y del deporte argentino, falleció ayer afectado de cáncer. Tenía 61 años y fue integrante del recordado conjunto de Coronel Suárez, el primero que alcanzó los 40 goles de handicap y que conquistó infinidad de títulos. En su última etapa como jugador de alto handicap, forjó la carrera de sus cuatro hijos (Bautista, Gonzalo, Horacito y Marcos), jugadores de Indios Chapaleufú.
Los restos de Horacio Heguy fueron sepultados ayer en el cementerio de la Recoleta.
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Con más de un siglo a cuestas, la historia del polo en la Argentina ya acumuló numerosos capítulos, invariablemente positivos, que le dieron lustre no sólo a este juego en particular, sino, además, a todo el deporte de nuestro país.
Subrayar que varios de esos capítulos cuentan entre sus figuras más preponderantes a Horacio Antonio Heguy no es más que hacerles debido honor a los inmensos méritos deportivos y humanos de quien, doblegado por una enfermedad de casi fulminante desenlace, enfrentó la última e ineludible contingencia de la vida con la misma entereza que lo caracterizó en los campos de juego.
Horacio Heguy fue figura conspicua en la última época del polo jugado por afición y por pasión, y despojado de toda otra apetencia que no fuese la representada sólo por esa gratificación invalorable que es la victoria. No le agradaban los reveses -como a cualquier ser humano, por otra parte-, pero a lo largo de su dilatada campaña demostró que era capaz de mantener la frente alta en las escasas oportunidades en que le tocó perder, conducta cabal que, al fin y al cabo, estaba acorde con una imperecedera, pero muy olvidada definición del deportista.
Había nacido el 3 de mayo de 1936. Era el mayor de los tres hijos varones de Antonio Heguy, cuya lista de retoños se completó con Alberto Pedro y los ya fallecidos Miriam yEduardo. La ascendencia vasco-francesa influyó, es probable, para que se inclinase por los deportes que demandan brazo fuerte y pulso firme; el hecho de haberse criado entre la ciudad y el campo -allá por los pagos pampeanos de Intendente Alvear- redondeó las definiciones de sus preferencias deportivas y de su vocación profesional: comenzó a jugar polo y pelota paleta mientras cursaba los estudios secundario y universitario, que le depararon el título de ingeniero agrónomo.
Aprendió a montar caballo y a taquear, como tantos otros polistas, a campo y en plena infancia. Aprendizaje temprano que andando el tiempo lo convirtió en uno de los más osados jinetes de toda la historia del polo argentino.
Transcurría 1952 y era alumno del Colegio Champagnat cuando, junto con su padre y un condiscípulo, fueron hasta una antigua cancha de Monte Grande para rendir la prueba de suficiencia destinada a cubrir la única vacante disponible en el equipo del colegio. Los dos noveles aspirantes jugaron contra los tres titulares, al parecer inamovibles, y los batieron sin apelación. Ese día quedó incorporado al equipo junto con su compañero, que no era otro que Francisco Dorignac.
Debutaron en el torneo intercolegial por la Copa Santa Paula (contra el Colegio San Jorge, integrado por Miguel y Tito Reynal y Mauricio y Rafael Braun) e iniciaron una serie de éxitos culminada a todo trapo en 1954, junto a sus hermanos menores Alberto y Gastón. Nada más ni nada menos que cuatro futuros 10 de valorización.
En ese entonces, ya había intervenido, con 1 gol de handicap, en el torneo por la Copa Junior, de Hurlingham; en 1958 ya tenía 7 e irrumpió en el polo grande, llevado de la mano por dos veteranos de fuste: su padre y Juan Carlos Harriott; esa alineación de Coronel Suárez fue completada por un joven y talentoso estratego al que le decían "El Inglés": Juan Carlos Harriott (h.), sin discusión, el más grande y completo polista de todos los tiempos.
Cayó de maduro el apelativo del equipo, conocido como el de "los padres e hijos", ganador del Campeonato Argentino Abierto de ese año y punto de partida de dos hitos fundamentales de nuestro país: la legendaria pugna con el Santa Ana de los Dorignac y la casi ininterrumpida serie de títulos argentinos conquistados por Suárez, que tan sólo concluiría a principios de la década de los 80.
Magro, de mediana estatura y pura fibra, parco en la apariencia que, si cabía, era desmentida por una carcajada transparentadora de notable sosiego espiritual, Horacio Heguy fue todo nervio en la cancha. Espléndidamente montado y consustanciado con el caballo a tal punto que parecía la prolongación de su figura, fue delantero neto, punzante, veloz y capaz de hacer equilibrios inverosímiles para alcanzar la bocha. Logró el 10 de handicap y fue la puntada final de aquella práctica y eficiente "máquina de hacer polo", conformada por la fría seguridad de Alfredo Harriott, el genio inmenso de Juancarlitos y la laboriosidad indeclinable de su hermano Alberto Pedro.
En el deporte, la moneda se le dio siempre cara: integró cuatro seleccionados argentinos ganadores de la Copa de las Américas (tres en Palermo y una en San Antonio, Texas); fue campeón argentino en 19 oportunidades; ganador de 11 certámenes del Hurlingham Club y de 5 Abiertos de Los Indios y Tortugas (a él y a Frankie Dorignac les cupo la iniciativa feliz de la fusión que lo convirtió en la tercera pata de la Triple Corona de nuestro polo); ya veterano, inscribió su nombre en el Campeonato con Handicap por la Copa República Argentina, junto con su hijo menor, Bautista; su sobrino, Ignacio, y Héctor Guerrero. Y, por fin, intervino en el ya legendario "Partido del Siglo" -el de los 80 goles-, jugado el 1º de noviembre de 1975, jornada en que la cancha Nº 1 de Palermo vivió la confrontación de ocho 10 de handicap, todos argentinos. Se lució, pues, tanto aquí como en muchas otras canchas del exterior.
La vida cotidiana acaso le exigió más temple que el requerido por el polo, esa sutil combinación de destreza y valor, al imponerle afrontar dolorosas circunstancias familiares (las prematuras muertes en accidentes de sus hermanos Miriam y Eduardo y de uno de sus hijos). Pero también le supo recompensar la empeñosa dedicación que puso para construir paso por paso un ejemplar sendero vital. "Alguna vez -recordaba- fui a la facultad a dar examen vestido con breeches y botas". Ya recibido, trabajó en la empresa familiar y llegó a presidir la cámara Argentina de Consignatarios de Ganado.
También el polo lo recompensó con creces, al permitirle el invalorable placer de jugar con sus hijos y el intangible trofeo de poder apreciar cómo Horacito, Gonzalo, Marcos y Bautista se encargaban de sucederlo en el cometido de mantener vivo el fuego de la que era, sin duda, su desinteresada y exigente pasión deportiva.
Las figuras sobresalientes del deporte, se suele decir, nunca se mueren del todo porque sus hazañas los hacen sobrevivir en la memoria. Los hombres de bien tampoco, dado que subsisten en el afecto cálido de familiares y allegados. No es exagerado predecir, entonces, que el recuerdo de Horacio A. Heguy perdurará para siempre y por partida doble.
Horacio Heguy les transmitió sus conocimientos a sus hijos, que se ganaron un lugar en la historia
Transcurría mayo de 1980. Con 44 años recién cumplidos, Horacio Antonio Heguy se aprestaba a disputar por última vez la Copa de las Américas, en San Antonio, Texas. Pero ya había decidido colgar el taco en nivel clubes, cerrando una etapa gloriosa con Coronel Suárez.
Y decía: "No siento deseos ni ganas de afrontar la responsabilidad que se tiene en un equipo como Suárez, con la obligación de ganar casi siempre. No va más. ¿En qué condiciones volvería? Si recupero la motivación y, además, compruebo que estoy en condiciones. Un incentivo, por ejemplo, sería que mis hijos mellizos, que tienen 16 años, se pusieran a tono para jugar juntos un Abierto. Ese sería un motivo suficiente".
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Abril de 1983. Los mellizos, Gonzalo y Horacito, rozaban los 19 años. Tenían 6 de handicap y ya daban que hablar. Horacio emprendió el camino del regreso. Necesitaba un back para completar el equipo y recurrió a otro legendario compañero de emociones: su hermano Alberto Pedro.
Ahí nació Indios Chapaleufú. Probaron suerte en la Copa General Manuel Belgrano, en Coronel Suárez. Y les fue bien: ganaron. Se venía el desafío grande, como afrontar la temporada de alto handicap. Llegaron a Palermo y en el debut vapulearon al campeón, Santa Ana (con los Dorignac, Cacho Merlos y Memo Gracida). Cayeron luego en las semifinales frente a Los Indios, pero el conjunto dejaba de ser un simple bosquejo para transformarse en una grata realidad.
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Doce meses más tarde, Indios Chapaleufú crecía vertiginosamente. Finalista en Los Indios y Tortugas y también en Palermo. La Espadaña, que iniciaba su exitoso ciclo, les cerró las puertas de la gloria. Pero Horacio, sus hijos y Alberto ya se habían ganado la simpatía general.
Llegaron a 1985 y, con él, el primer título, en Tortuguitas, en una final increíble en la que derrotaron, en espectacular reacción y en el último chukker, a Coronel Suárez II. Alberto Pedro -formó otro equipo, con sus chicos, Eduardo y Alberto (h.)- le había dejado su lugar a otro hijo de Horacio: Marcos.
Su último partido con esa formación lo jugó el 1° de mayo de 1986. Semifinal del Argentino del año anterior, postergado por una epizootia equina. Otra vez La Espadaña fue el verdugo. Entonces sí, Horacio se despidió para siempre. Se sumaba el Grandote Alejandro Garrahan, hasta que Bautista, el menor de la familia, pudiera insertarse en el team. Misión cumplida: los chicos estaban encaminados para mantener el apellido en la cúspide.
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Que los cuatro hermanos hayan alcanzado los 10 goles y el total de 40 como equipo, y lograsen numerosos títulos (cinco de ellos, en Palermo: 1986, 1991, 1992, 1993 y 1995) no fue casual. Horacio los forjó humana y profesionalmente. Les enseñó todo: desde cómo hacer un swing hasta sentir un cariño particular por los caballos. Y también a prepararlos, en interminables jornadas en el campo de Intendente Alvear, en La Pampa.
De él mamaron los secretos de una buena organización y recibieron los primeros montados; los instruyó acerca de la importancia de conservar los buenos petisos, esos que establecen diferencias. De no desprenderse de ellos, cualquiera y tentadora fuese la oferta. Y sobre todo, cómo elegirlos, siguiendo líneas de sangre, características y aptitudes.
Fue, por supuesto, el más severo crítico del equipo. Vibraba desde afuera de las tablas o bien se retorcía en su butaca de la Platea C de Palermo. Fruncía el ceño cada vez que sus chicos se lanzaban toda clase de improperios ante una mala jugada. Y bajaba presuroso las escaleras, al igual que mamá Nora, cuando alguno rodaba en la cancha, hasta comprobar que sólo había un magullón o una contusión en sus humanidades. Como si también les hubiese enseñado la forma menos dolorosa de caer.
Era el único al que escuchaban en silencio. Por respeto y sapiencia. Difícil fue que los hermanos aceptaran consejos polísticos, salvo los de Horacio.
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Sintió un cosquilleo en aquella tarde del sábado 13 de diciembre de 1986. Al llegar a los palenques de Dorrego, Tito Lezcano, el petisero por excelencia de la familia, le dijo: "¿Sabé qué? Me gusta. Los caballos están en plenitud. Hoy es el día".
Cuatro horas más tarde, a bordo de la fenomenal Marsellesa -jugaba su tercer chukker de la final: 1°, 5° y 8°-, Marcos Heguy dibujaba una jugada inolvidable para vencer, en el último minuto, a La Espadaña. Los chicos eran campeones.
Festejó cuatro títulos, ya con Bautista como N° 1, y se puso rojo de bronca cuando, en 1996, perdieron la final con los primos. Síntomas de un ganador por naturaleza.
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20 de mayo de 1995, en la clínica Prince Charles, en Windsor, Inglaterra, acompañaba con otros familiares a Horacito, que acababa de sufrir un accidente -bochazo durante un partido- que le costó la visión del ojo derecho. Me dijo: "Yo sé que esto no lo va a frenar. Horacito tiene alma y un don: su intuición para ubicarse en el lugar preciso. Con eso podrá darse maña y equiparar las desventajas". Un mes más tarde, el N° 3, taurino y pertinaz como su padre, estaba taqueando en Intendente Alvear y en diciembre de ese año lo abrazó como nunca, cuando volvió a triunfar en Palermo. Nuevamente, Horacio no se equivocó.
El Abierto de 1997 lo vio por última vez en los palenques y por Palermo. Vibrando con esa final memorable ante Ellerstina y con una conquista, la que más querían los chicos para ofrendársela en un momento tan duro, que no pudo ser. Pero se quedó tranquilo: habían dado todo y el triunfo se les escapó por muy poco.
Fue un padre especial. Como lo son todos para cada uno de nosotros. Se convirtió en leyenda como un pedazo enorme de Coronel Suárez. Pero el corazón polístico le guardó un rincón a su Indios Chapaleufú, ése que un día lo impulsó a volver.
La bandera de Horacio Heguy nunca estará a media asta. Con seguridad, sus chicos no lo permitirán.


