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La cantidad de inscriptos en el maratón de Buenos Aires es mayor a la cantidad de habitantes de Simoca, el pueblo tucumano cuyo nombre significa, según dicen, "lugar de gente tranquila y silenciosa". Ahí, desde muy chico, Juan Pablo Juárez corría ida y vuelta junto a sus hermanos los 7 kilómetros que separaban su casa de la cosecha de caña de azúcar donde trabajaban junto a su padre.
"Nosotros somos once en la familia: nueve hermanos (siete varones y dos mujeres), más mi papá y mi mamá. Imaginate. Parar la olla era durísimo, entonces todos teníamos que colaborar. Mantener a once cuesta mucho y, si no le ayudábamos nosotros, a mi papá no le alcanzaba", recuerda hoy el dos veces ganador del maratón de Buenos Aires (1989 y 1996) y dueño de registros que se mantienen en el top ten histórico nacional en 10.000 metros, media maratón y maratón.
Aquel entrenamiento involuntario en el campo, asegura, le sirvió para el atletismo. "Para llegar y tener resultados hay que buscar la suma, el día a día, y con la caña de azúcar era lo mismo: mis hermanos y yo no hacíamos mucho por separado, pero entre todos le dábamos una mano grande a mi papá", cuenta. Esa acumulación de enseñanzas y de kilómetros se volcó a las carreras medio de rebote. Los Juárez mayores (Juan Pablo es el cuarto varón de la familia) ya mostraban sus condiciones atléticas, y José ganó una carrera en Simoca que le dio cierto prestigio en el pueblo. Por eso, el director de Deportes del lugar, cuando necesitó dos representantes para ir a una competencia en un pueblo vecino llamó a José y a Pedro, otro hermano de Juan Pablo a quien el funcionario conocía porque trabajaba con él. Sin embargo, con la fecha del viaje encima, Pedro prefirió bajarse y ese es el hueco que Juan Pablo vio y no dudó en aprovechar. Ese fue el principio de una historia de amor con el atletismo que, a pesar de las muchas piedras que aparecieron en el camino, aún sigue vigente.
Para tener mayores posibilidades de crecer en la actividad, Juan Pablo se trasladó de Simoca a la capital tucumana, y de ahí se dirigió a Buenos Aires, donde corrió unos años como atleta federado representando a Boca. También estuvo un tiempo entrenando y compitiendo en Estados Unidos ("ahí me fundieron", se queja a la distancia). Estuvo por muchos lugares, pero siempre con la cabeza y el alma en uno solo: "Nunca me fui de Simoca, que es el mejor lugar del mundo. Cuando estuve en San Miguel o en otros lugares, siempre volvía. Este es mi lugar", declama con orgullo.

En una época de grandes batallas atléticas a nivel nacional, y con Toribio Gutiérrez, Rubén Aguiar y Jorge Monín como grandes rivales en la pista y las calles, Juan Pablo logró destacarse, consiguió triunfos, récords, y representó al país en torneos sudamericanos. Todo, arreglándoselas como podía, cavando zanjas para ganar unos pesos y caminando decenas de kilómetros para evitar tomar el colectivo (por miedo a perderse en la ciudad y, de paso, "ahorrar unos mangos", se sincera).
A pesar de su talento y los resultados positivos que cosechaba, no se sentía listo para la aventura olímpica, un sueño que quería cumplir sólo si lo hacía bajo sus propias condiciones. "Viajar por viajar, no", sostuvo con firmeza y prefirió dejar pasar oportunidades por considerar que no estaba listo para competir en ese nivel.
A mediados de la década de 1990, finalmente se decidió a encarar el desafío de la máxima cita deportiva, y armó un plan de trabajo para ser parte de Sydney 2000. Tenía la experiencia, el conocimiento, el estado físico y el apoyo que necesitaba. En eso estaba, cuando fue a un control médico de rutina. "Ahí me dijeron que tenía cáncer, que para mí era sinónimo de muerte. Pero creer en Dios y tener fe hizo que no tuviera miedo. ‘Voy a morir cuando tenga que morir, pero mientras tanto voy a luchar para estar lo mejor posible’, pensaba. Cada día abría los ojos y eso significaba que estaba vivo. Sabía que me podía recuperar", recuerda.
En septiembre de 1998 Juan Pablo recibió un trasplante de médula. Apenas pudo, y a contramano de lo que le recomendaban los médicos en un principio, volvió a correr. Lo necesitaba, dice, "para que volviera el alma al cuerpo". A principios del año siguiente se cruzó con Víctor Frías, un amigo que le contó sobre los mundiales para atletas trasplantados. Los ojos de Juan Pablo brillaron al saber que podía seguir compitiendo. Pero, fiel a su forma de ser, rechazó la invitación para ir al mundial de ese mismo año por el mismo motivo por el que alguna vez no quiso ser olímpico: "No quería ir a pasear. Si viajo, es para ir a ganar", insiste.
Desde su debut en los Juegos Mundiales para Trasplantados en Kobe, Japón, en 2001, hasta la última edición de esa competencia, realizada el año pasado en Mar del Plata, Juan Pablo ganó diecinueve medallas de oro y una de plata, pulverizando también los récords en las diferentes distancias en las que demostró su talento a prueba de todo.
Hace un año, mientras volvía en remise de una carrera, Juárez fue asaltado. No tenía mucho, apenas una mochila, su reloj con pulsómetro para entrenar y las zapatillas para correr, pero eso no les importó a los delincuentes que no sólo le robaron, sino que lo golpearon salvajemente hasta casi matarlo. Apareció tirado en el Parque 9 de Julio, de San Miguel de Tucumán, donde tantas veces se entrenó. Estuvo cinco horas tirado bajo la lluvia, inconsciente, hasta que lo encontraron y lo llevaron a la clínica donde pasó 15 días en terapia intensiva. Los médicos creyeron que quedaría parapléjico, porque la mitad inferior de su cuerpo estaba paralizada. Pero, una vez más, este atleta al que su colega, amigo y rival Toribio Gutiérrez definió como "el de mayor poder de sufrimiento", se recuperó. Un par de meses más tarde estaba corriendo, y a fin de año ya colgaba de su pecho una nueva medalla de oro (ganó en los 1500 metros).
-¿Por qué insistir? ¿Por qué volver a correr después de un trasplante? ¿Por qué volver a hacerlo luego de casi quedar parapléjico? ¿Por qué seguir, siempre y a pesar de todo, corriendo?
-Cuando corro pienso en todas las cosas buenas que he vivido, porque lo bueno lleva a lo bueno y lo hace crecer. Eso me empuja a seguir. Pienso en mi familia, en la gente de Simoca, del campo, y en la de las distintas provincias que he recorrido. Pienso en los lugares donde he estado. Subí al techo de mi casa, que era bajito; y subí al piso 120 de un edificio en Nueva York. Subí al árbol más alto de Simoca y estuve también en la torre Eiffel. Anduve en sulky y en el tren bala de Japón. Este deporte no dio plata, pero sí me dio conocimiento. Me ha dado vida. Y me sigue dando vida.
Rival y amigo. Oponente y compañero. "Pero sobre todo, una persona de buena madera", dice Toribio Gutiérrez sobre Juárez. "En el maratón de Buenos Aires de 1998, mientras yo estaba corriendo, escuché un grito fuerte: ‘¡Vamos Toro, dale hasta que te ardan las patas!’. Miré y era el Tucu, que estaba a un costado todavía con barbijo. Lo habían trasplantado un par de días antes, y para mí que se escapó del hospital. Ese es mi amigo", recuerda el Toro aún con cierta incredulidad.
Por Juan Martínez



