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Fue una mañana de otoño, hace cuatro años, cuando Claudia Noemí Amura, la mejor jugadora de la historia del ajedrez de este continente, se marchó rumbo a España. En el hall del aeropuerto de Ezeiza, sus brazos firmes de amor cargaban al pequeño Gilberto Giovanni, su único hijo de sólo 2 años; el brazo de su esposo, el gran maestro mexicano Gilberto Hernández, le cobijaba los hombros. Los tres se alejaron silenciosamente. Detrás, un rincón de la memoria guardaba una historia de dolor sobre una ruta argentina (la muerte de mamá y papá Amura), en tanto un horizonte de bonanzas prometidas los seducía desde la otra orilla del Atlántico.
El destino final fue la ciudad de Valencia, el trabajo: la formación de una escuela para la enseñanza de ajedrez. Y aunque la apuesta pronto rindió sus frutos y el número de alumnos cada vez fue mayor y la retribución por el trabajo fue de los mejores salarios que percibió en su carrera de docente, poco a poco Claudia Amura y su familia comenzaron a percibir a flor de piel la diferencia sustancial existente entre ser un turista y ser un inmigrante.
Así, los sueños poco a poco se fueron diluyendo, las broncas comenzaron a apagar las sonrisa, y el desprecio y el mal trato se encargaron del resto. Ayer, otra vez como en 2000, una mañana de otoño porteña, en un vuelo de Aerolíneas Argentinas, Amura, de 33 años, ahora madre de cuatro hijos (Gilberto, Luis, Santiago y Rocío), regresó a su terruño natal. Cansada de malos tratos, sin resentimiento, pero con el dolor de sentirse obligada a tomar abruptamente la decisión del regreso.
"Parece mentira, pero la misma gente que era amable cuando uno le decía que era turista después no te devolvía el saludo cuando le decías que querías quedarte a trabajar en España", cuenta la gran maestra femenina Amura en medio del griterío y los berrinches de los pequeños en uno de los salones de un hotel de la zona de Congreso, en la charla con LA NACION.
Con una sonrisa que se niega a ocultar, la quíntuple campeona sudamericana nos dice que a pesar de que tres de sus cuatro hijos nacieron en Sevilla, ninguno de ellos tienen la ciudadanía española.
"Como no teníamos los papeles en regla, los chicos fueron anotados como mexicanos, porque, por ley, la nacionalidad mexicana se transmite por sangre, sin importar el lugar de nacimiento del chico, y esto a los españoles les venía al pelo para seguir demorando los trámites."
Sin tiempo para más anécdotas, Amura, que hoy viajará a San Luis donde formará el nuevo hogar junto a sus hijos mientras aguarda el regreso de su esposo, para mayo, señala una de las más dolorosas experiencias en tierra española.
"Perdí en un aeropuerto de Europa un papel que me dieron en migraciones. Después de ello sufrí todo tipo de atropellos. Una vez, después de casi cinco horas de trámite en el Departamento de Extranjería, me dijeron que entre una patera (así les dicen a los que cruzan el Mediterráneo en precarias balsas desde el continente africano) y yo no había diferencias. Fijate cuánto les importaba que fuéramos argentinos."
Nuevamente, Claudia Noemí Amura se alista frente a un tablero, esta vez sin trebejos ni escaques; es que la partida, bajo la atenta mirada de sus cuatro hijos, se juega sobre el tablero de la vida, con mayores responsabilidades y con menos utopías.


