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BERLIN.- No parece brasileño. No sabe bailar samba. No sale de noche. No le gustan las discotecas. No tiene una vida privada escandalosa. No participa de los carnavales. No es fanático de la playa. No polemiza con sus entrenadores. No llega tarde a las prácticas. No le gusta tocar para atrás. No es individualista.
Hace mucho tiempo que Ricardo Izeczon Santos Leite es simplemente Kaká. Ayer mostró su pasaporte futbolero con un golazo de craque .
Picó a la espalda de Leko y Tudor y le pidió el pase a Cafú. A pesar de la demorada entrega, agarró el balón y aguantó la carga de Kranjcar, el hijo del seleccionador. Levantó la cabeza, miró el arco y decidió patear. La ejecución con el borde interno del pie izquierdo fue maravillosa. Un remate de máxima pureza, técnicamente perfecto. Aclaración importante: Kaká es derecho.
El balón se fue alejando del pobre Pletikosa, quien con su vuelo espectacular por lo menos se garantizó su lugar en la foto del día.
El festejo también llevó su sello, ese dedo índice apuntando al cielo. Nada de baile. Nunca lo verán en una coreografía.
No parece brasileño. Nació en Brasilia, probablemente, la ciudad menos futbolera de Brasil. No padeció la pobreza durante su infancia. De padre ingeniero y madre maestra, Kaká se mudó con su familia a la localidad paulista de Perdizes cuando tenía 7 años. Un profesor de educación física le vio condiciones para el fútbol y le recomendó que se inscribiera en una escuela formativa.
A los 12, pasó al São Paulo, el equipo de los ricos del barrio Morumbí, zona residencial de ese monstruo urbano, lleno de cemento y autopistas.
Tras jugar en todas las categorías menores, se hizo notar en el Torneo Río-San Pablo 2001. Ese año estuvo en la Argentina, disputando el Mundial Sub-20 ganado por el equipo de Pekerman, con Saviola como figura y goleador. Brasil fue eliminado por Ghana en cuartos de final a pesar de Adriano y Julio Baptista. Kaká marcó un solo tanto en todo el torneo. Pentacampeón en 2002, fue a Corea-Japón con (y como) el número 23 y sólo jugó 20 minutos en la goleada por 5-2 ante Costa Rica.
Discutido en la primera de São Paulo, su carrera podría haber terminado abruptamente, como la de tantos chicos de su país destacados en juveniles y descartados en las ligas mayores. Pero Adriano Galliani, mano derecha de Berlusconi y hombre fuerte de Milan, se enamoró de él viendo un DVD de sus grandes éxitos. Puso US$ 8.500.000 y se lo llevó al fútbol italiano.
Su juego agresivo, vertical y sobrio calzó perfectamente en un equipo que estaba gestando una versión más creativa y ambiciosa. Su llegada completó la reconversión casi contracultural del Milan de Ancellotti y Pirlo.
Kaká aprovechó el calcio para explotar como futbolista. Creció físicamente sin perder ese imparable cambio de ritmo. Se animó a patear de media distancia y así llegaron muchos goles, superando sus registros paulistas.
Pero su impacto en Milano trascendió la pelota. Con su elegancia y su discreción sedujo a toda la ciudad. No cualquiera es elegido por el gran Giorgio Armani para una campaña publicitaria. "Kaká encarna mi ideal de campeón, no sólo por cualidades físicas y deportivas, sino también por las morales", dijo el italiano.
"Como acá te miran hasta las medias, me encanta vestirme bien y estoy con el mejor de todos", respondió el nuevo modelo de Armani Jeans. Kaká se puso un traje de Mister Moda para el día de su casamiento con su novia de la adolescencia en una iglesia evangélica, con coro gospel como banda de sonido original.
De profundas convicciones religiosas, en la concentración del seleccionado se junta con Zé Roberto a rezar y a leer la Biblia. El dedo índice de cada gol va para Jesús. Admite que debe mejorar su cabezazo y su remate con la izquierda. Ayer confirmó sus enormes progresos en el segundo ítem.
En el tan esperado estreno, Ronaldinho se pasó todo el partido buscando la jugada para su próximo comercial de Nike. Adriano no paró de chocar contra los centrales croatas. Ronaldo paseó por la cancha sin ganas de jugar. Por suerte, un craque mostró su pasaporte en Berlín.
Y justo fue Kaká, el que no parece brasileño



