Kyrgios: obesidad, realeza e irreverencia

Sebastián Torok
Sebastián Torok LA NACION
Nick Kyrgios, amado u odiado, nunca pasa inadvertido, por su talento o su indisciplina
Nick Kyrgios, amado u odiado, nunca pasa inadvertido, por su talento o su indisciplina Fuente: Reuters - Crédito: Stefan Wermuth
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9 de agosto de 2019  • 07:31

Irrita. Enamora. Indigna. Sorprende. Encandila. Ofusca. Fragmenta opiniones. Nick Kyrgios es todo ello y mucho más. "Está haciéndole daño al deporte", publica, con acidez, The Daily Telegraph, un periódico australiano con 140 años de historia. "Kyrgios es uno de los talentos más puros de este deporte", pondera Andre Agassi. "Es increíble lo rápido que puede pasar de divertirse tanto a la miseria", apunta otro exnúmero 1 estadounidense como Jim Courier. "Me encanta verlo jugar cuando está motivado. Es capaz de emocionar con su juego y debe entender que a la gente lo que le gusta de él es eso. Cuando no se esfuerza y empieza a ser negativo, no es agradable", se sincera Andy Murray. El tenista de 24 años y nacido en Canberra hace equilibrio, constantemente, entre sus patéticas groserías y un abanico de recursos técnicos y atléticos que acarician la brillantez. Separando de la discusión a Roger Federer, Rafael Nadal, Novak Djokovic y hasta a Juan Martín del Potro, pocos jugadores generan en el público que consume el deporte de las raquetas tanta expectativa como lo hace el "Bad boy" . También son escasos los jugadores que producen tanto desagrado como cuando el actual 27º cruza los límites y bucea, sin compañía ni motivos evidentes, en aguas turbias.

Norlaila, la mamá de Nick, es malaya y se desprendió de sus raíces reales al mudarse a Australia cuando tenía 20 años. Nacida en Gombak, un distrito de Selangor, en Malasia, el primo de su abuelo era el Sultán de Pahang. Ese vínculo de sangre la convertía en Tengku de Pahang, es decir en princesa del populoso estado de Pahang, sin embargo decidió buscar otro destino y abandonar sus orígenes aristocráticos. En Australia se graduó de ingeniera informática. Conoció a Giorgos Kyrgios, un artista y pintor griego, se unieron y tuvieron tres hijos: Christos, que se recibió de abogado; Halimah, que se dedicó al modelaje y a la actuación; y el menor, Nick, cuya infancia estuvo vinculada a distintos deportes, en especial al tenis y al básquetbol. Pero ello no impidió que, de chico, Nick padeciera obesidad; resulta difícil distinguir a Kyrgios en las fotos de aquellos días. Hay profesionales que se involucran en la psicología deportiva que entienden que por allí hay que empezar a explorar para interpretar ciertas actitudes del tenista que alcanzó el número 13 en 2016.

"Esa obesidad de niño, evidentemente, debe haber marcado una cantidad de situaciones difíciles que las resolvió como pudo, con angustia interior. Ese aire real de la madre, aunque ella haya querido no sostenerlo, le da una especie de sensación de que no hay límites, de que cualquier cosa se puede. De que él, si quiere, puede ser el rey y no respetar a los reyes que sí respetan las reglas, en especial a Nadal, con quien tiene un encono especial. Me gusta verlo, pero a veces muestra una bajeza espantosa. Tiene la sensibilidad y la libertad del artista (por el padre) y el poder de sentirse por arriba de todos (la realeza materna); cuando esas características se mezclan positivamente es imparable. Cuando se mezclan convirtiéndose en rebeldía tardía y soberbia, genera rechazo", ilustra Juan José Grande, licenciado en psicología, con experiencia en la alta competencia (en el tenis trabajó, entre otros, con Del Potro y Leonardo Mayer). Y Grande trae sobre la mesa un recuerdo de Indian Wells 2018, cuando acompañó a Del Potro a aquel certamen: "Me sorprende su desfachatez. Estábamos en el vestuario y él apareció con una pelota de básquet, picándola, con zapatillas y camiseta de la NBA, como queriendo demostrar algo, sin perder parte de su esencia".

"Kyrgios es un chico que no representa los valores del deporte y quizás necesite alguna suspensión más importante y, en simultáneo, trabajar en la gestión de sus emociones, pero lo veo poco tolerante. Le recomendaría hacer terapia, pero es como que se lo recomendara al Chino Ríos: imposible. Tiene poca aceptación de la frustración, le gusta demasiado llamar la atención con sus comentarios y actitudes, causando conflictos innecesarios y reacciona impulsivamente ante algunas situaciones normales que se dan en un deporte donde la química hace que se pase de una emoción a otra en cuestión de segundos, por lo tanto se requiere un equilibrio emocional que Nick no tiene", describe Pablo Pécora, psicólogo de Gastón Gaudio en el histórico Roland Garros 2004 y, en distintos momentos, de otros tenistas, como Del Potro y el italiano Fabio Fognini.

Crédito: AFP

Seis títulos individuales ATP, unos US$ 8.000.000 en premios, Nº 1 junior en 2013, Kyrgios hizo añicos los pronósticos en 2014, cuando recibió un wild card para actuar en Wimbledon y, en la cuarta ronda, derrotó a Nadal (era el 1º), anotando 37 aces (en ese momento, el mayor número jamás recibido por el mallorquín) y convirtiéndose en el primer jugador menor de 20 años (tenía 19) en batir a un líder del ranking en un Grand Slam desde que lo hiciera el propio Rafa ante Federer en Roland Garros 2005. Aquel día, tan prematuro en la carrera de Kyrgios, marcó un antes y un después. Nunca más pasó inadvertido. Alternó cimbronazos anímicos con lucidez. Quedó expuesto y lo juzgaron (aun hoy lo hacen). Hasta el australiano Greg Norman, el "Tiburón blanco", leyenda del golf, le disparó: "No me importa a nivel individual, pero cuando llevas la bandera de Australia no debés representarla como un idiota. Ha dicho cosas estúpidas. No he visto a Nadal, Djokovic o a los grandes golfistas actuar así".

Independientemente de cómo parece boicotearse, Kyrgios enamora en el mercado y en los rating de TV (en 2018, en Chicago, fue parte de la Laver Cup, la competencia de exhibición que organiza Federer y donde juegan los mejores del ranking o los que más atracción generan). "Apenas abrís su sitio web dice que le agradece a sus padres por el apoyo y que entra en la cancha a divertirse, con lo cual te está marcando un poquito de qué se trata. Tiene un perfil muy marcado. Al público siempre le gustaron los irreverentes. Dentro de lo que Kyrgios entiende como diversión, está hacer cosas que muchas veces pasan el límite del respeto hacia el rival, el público y también a sí mismo, como cuando hace saques de abajo o determinados festejos que realmente son difíciles de entender. Es imposible la comparación por lo que ganó cada uno, pero cuando hablamos de las reacciones de Kyrgios son del estilo de John McEnroe", explica Guillermo Ricaldoni, experto en marketing deportivo y director de la agencia We Are Sports. Y agrega: "La cantidad de sponsors que figuran en su web no están a la altura de su jerarquía. Solo dos: Yonex y Nike. La primera es su herramienta de trabajo (raquetas). Y la otra, más allá de que sea su vestimenta, como marca moderna siempre fue a la irreverencia, con lo cual Kyrgios le viene como anillo al dedo. Nadie va a negar su potencial de deportista frente al entretenimiento. Igual, que tenga pocas marcas no significa que represente un volumen de negocio bajo. Probablemente sea uno de los preferidos en los más jóvenes, que buscan que sus ídolos sean irreverentes y no tanto alguien más prolijo. A la gente le atrae porque en el deporte hay determinadas reglas y él necesita romperlas. Todo el mundo va a verlo para saber qué hará hoy de distinto".

"Quiero mejorar como persona a través del tenis", sorprendió hace unas horas, tras consagrarse en Washington, el tenista que posee una fundación con su nombre para ayudar a los chicos más necesitados de su país. ¿Lo habrá dicho en serio? Solo él lo sabe. Lo seguro es que el público estará allí, siempre atento, para verificarlo ( y enjuiciarlo).

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