La Alfetta de Fangio y un gran admirador: Schumy

El alemán se sentó en la máquina del quíntuple campeón.
El alemán se sentó en la máquina del quíntuple campeón.
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30 de marzo de 2000  

Generalmente, Michael Schumacher se acerca a una máquina de competición con una sonrisa ancha en su cara. Suele observar distendido lo que se le muestra como novedad o como antigualla e inmediatamente formula su juicio. Le alcanza con examinar desde la trompa o la cola lo que se le pone por delante y habla. Entrega su palabra y -cuentan- casi siempre pierde más tiempo. Puede que acerque alguna pregunta sin escuchar la respuesta y de todo terminado, retirándose tan apresuradamente como llegó.

Es natural; al fin y al cabo, entre sus compromisos deportivos, las pruebas, las visitas de relaciones públicas, las obligaciones de cien contratos y los pedidos de los fanáticos, la vida se vuelve casi imposible. Y por eso, escapa. Como que huye, muchas veces...

Esta vez, no. Esta vez -dicen- llegó a Dublín mostrándose interesado en la máquina que iba a conocer -al fin- en el corazón deportivo de la ciudad: la Alfetta 159. La que había manejado Juan Manuel Fangio en el circuito catalán del paseo de Pedralbes, en 1951, para conquistar su primer título. La misma que supuestamente había recibido un par de tanques suplementarios de nafta para no parar en carrera y poder ganar. Una mentira de la que sería sacado el balcarceño cuando unos minutos antes de largar, el director deportivo de Alfa Romeo le pedía que se apurara. Que sacara ventaja. Que no había otra forma para poder ganar.

Schumacher se detuvo frente a la máquina. Conocía la historia. Admira a Fangio, cuya silueta se le empezó a hacer familiar desde que se levantó la primera réplica como monumento en el circuito español de Montmeló. Después, sin la sonrisa tradicional, pidió permiso para abrir el capó. Y admirar el mecanismo de la joya italiana que había nacido antes de la segunda gran guerra. Y que Fangio trataba con cariño, dándole un beso al terminar de correr...

Schumacher, esta vez, en medio de un silencio total, paseó su mirada por el impresionante motor de aquella joya. Reparó en los inmensos frenos. Miró las delgadas cubiertas. Después, con el mayor cuidado volvió a cerrar el capó y caminó alrededor de la máquina que luce tan roja como el primer día. Como aquel mismo día cuando un piloto argentino la revivía, consiguiendo que la casa del trébol verde pudiera disfrutar la sensación de que la Alfetta seguía siendo imbatible.

Schumacher esta vez no miró su reloj. No hizo preguntas. Pareció ubicarse en el recodo de 50 años de otro tiempo, cuando ni siquiera sus padres habían formado el hogar que iba a ser su hogar de nacimiento. Es probable que haya podido adivinar que un hombre estevado, con las manos en los bolsillos de un pantalón bombacha lo miraba desde alguna parte con una sonrisa suave en sus labios de paisano, agradecido porque el hombre considerado entre sus pares como el mejor de estos días viniera a ver su máquina. A admirarla. Y sin una sonrisa, a tributarle el halago de toda su atención. Sin apuros.

Aseguran que cuando Schumacher se retiraba ayer del salón de exhibiciones de Alfa Romeo, en Dublín, detenía sus pasos para volverse sobre un hombro y repasar otra vez aquella joya. Como para seguir disfrutando interiormente de una velocidad pintada en rojo, con jóvenes 50 años de gloria.

Ganó... y se olvidó el trofeo

SAN PABLO (EFE).- Michael Schumacher (Ferrari) se olvidó en el autódromo de Interlagos el trofeo que recibió en manos de Pelé tras vencer en el GP de Brasil, de F.1, informó el diario Folha de Sao Paulo. La bandeja fue encontrada detrás del podio y será enviada por correo al domicilio del alemán.

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