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La fotografía la sacó alguien en 1980 y está bien guardada. Diminuta, mínima a los cuatro años de edad, aparece Cecilia Rognoni con un palo de hockey en la mano. A su lado, Lidia y Horacio, sus padres, que le transmitieron ese desvelo por el deporte desde los tiempos más tempranos.
Con el legado familiar, era imposible que la Chechu de por aquel entonces no transitara luego un largo camino siempre bien cerca del hockey. En realidad, hizo todo por amor a esta disciplina. Y se involucró tanto que terminó siendo la mejor de todas en el planeta, en la culminación de 2002.
Ya a los siete años se entreveraba con las chicas de 12 en Mitre y forjaba su temperamento sobre el césped. Después, con la incipiente aparición de las canchas de sintético y ya en Ciudad -allí conoció a su primer maestro, Carlos Castaño-, la defensora terminaba de pulir sus cualidades. Hoy, a los 26 años, cuenta con la suma de atributos que desearía cualquier jugadora que se mueve un poco más allá del círculo: insuperable en el uno a uno con el rival, agresividad mental, voz de mando desde el fondo, rapidez para pasar al ataque y un remate para los córners cortos que alcanza los 115 kilómetros por hora, récord en el ranking de potencia entre las Leonas.
"Tiene todo lo que uno sueña de un deportista. Es un muro: da la sensación de que no la pueden eludir. Y cuando se enoja, ataca y hace el gol", fue la radiografía del entrenador Sergio Vigil sobre Cecilia, en la noche previa de la semifinal con Australia por la 10a Copa del Mundo, en Perth.
La distinción de la Federación Internacional de Hockey (FIH), que la ungió como la mejor del mundo por lo hecho en la temporada 2002, es la consumación de una carrera brillante, con éxitos locales e internacionales. También es el final feliz de un capítulo dificilísimo en su vida, que tomó forma en los Panamericanos de Winnipeg.
Enceguecida de bronca por un fallo, el 30 de julio de 1999 le arrojó un bochazo por la espalda al árbitro inglés Gill Clarke, en el partido frente a los Estados Unidos, y corrió peligro de ser suspendida de por vida. Lo que vino enseguida fue pura angustia: vivió las contramarchas de un descargo en Barcelona ante el Tribunal de Disciplina de la FIH, que le terminó costando 5500 dólares de su bolsillo. Finalmente, se consoló por la suspensión de sólo un año, que le permitió participar en septiembre de 2000 en los Juegos Olímpicos de Sydney.
Lloró como nunca durante ese vía crucis burocrático-deportivo; se refugió, puso la coraza ante la curiosidad del periodismo y utilizó el mal trago como un aprendizaje. Ahora maneja las cosas de distinta manera; descubrió la fórmula para relacionarse mejor con la gente y vuelca sus sentimientos de manera más directa, ya sin tantos miedos ni miradas desconfiadas. Su rostro feliz indica que son buenos los días que corren para ella.
Cecilia vive la plenitud como deportista; lo bueno es que no se conforma con lo que ya logró y ambiciona más. Consiguió todo porque a su talento natural le adosa un gran sentido del profesionalismo: cuida desde su alimentación hasta la forma de entrenamientos, desde sus horarios de descanso hasta sus contactos con la prensa.
Licenciada en el hockey, se recibió hace pocas horas en la carrera de Turismo, en la Universidad de El Salvador. Seguramente, la de agente de viajes será su próxima faceta, cuando deje el stick. O tal vez combine las dos cosas, según la idea que le está dando vueltas.
"Me encanta el deporte, pero algún día el hockey se va a acabar y quiero cambiar un poco", comentó en la mitad de su carrera en la facultad. Por lo pronto, la Rognoni que ya disfruta del Olimpia de Oro es sinónimo del mejor hockey del mundo.

