

Encontrá resultados de fútbol en vivo, los próximos partidos, las tablas de posiciones, y todas las estadísticas de los principales torneos del mundo.
La humanidad atrae miradas; una sombra gigante hace pie. El chiquito se trepa a una de sus largas piernas como una enredadera. Se suelta, le pega, lo desafía. Fabio Moli aparece en familia, sonrisa diáfana, espontaneidad a mano. Con paso tímido, entra en la Redacción de LA NACION. Detrás del ventanal, desafiante, lo observa el Luna Park, donde está listo para sumarse a su historia. Allí combatirá mañana, frente a Marcelo Domínguez, campeón sudamericano de los pesados; La Mole arriesgará el título argentino. Lo acompañan su mujer, Cristina, su entrenador, Miguel Rojas, y... un pequeño gran terremoto de 8 años de nombre Leonardo Fabio, que lo llama de cualquier manera menos papá.
El chiste fácil le llega a cada paso y el responde con sonrisas. Sobran desafíos en broma, gente que se escuda en su baja estatura para la provocación superflua. “Esto es un loquero ¿cuántos trabajan acá?”, se interesa, mientras reprende sin demasiada convicción a su hijo, inquieto en potencia.
Habrá tiempo para hablar de Domínguez y la pelea soñada. A Moli le gusta salir un poco de la ansiedad y sumergirse en cuestiones más atemporales. No es broma boxear. Y menos en categoría pesado, con trompadas que llegan a bordo de 100 kilos. “Después de las peleas me levanto muy dolorido, hecho m... Me cuesta mucho dormir la noche posterior y también recuperarme, sobre todo los primeros dos días”, grafica con una mueca de sufrimiento.
Estrecha la enésima mano y saluda en un cordobés que no pasó por el filtro del purismo. “Hubo una mano que me dolió mucho. Fue de Cleveland Woods, un norteamericano (ganó Moli por puntos en 1999, en Cosquín), que me pegó feo y si yo no estaba bien parado aparecía en el medio de la pullman”, suelta la carcajada.
De repente sorprende y atiende un teléfono de la Redacción: “¿Quién es? ¿Con quién? ¡Yima!”, improvisado telefonista, exclama en un grito seco y le pasa el llamado a Rima, uno de los cronistas; del otro lado de la línea, se sabría después, estaba la voz del colega Enrique Macaya Márquez. Vuelve a la charla y se admira en una foto vieja, de cuando tenía pelo. “Me rapé y me gustó. Es más cómodo”, explica y recibe un nombre propio que resuena mágico en sus oídos: Las Vegas. ¿Cómo reaccionaría ante una posible oferta para pelear en la panacea del boxeo? “Me voy volando. No lo pienso. Pero más que méritos necesito una cuña para llegar ahí. Si acá ya les gané a todos...” Tuvo una propuesta para combatir en los Estados Unidos con Joe Mesi, pero se esfumó por cuestiones insondables.
La humedad lo exaspera. Pero respira aliviado con el cambio atmosférico de estas últimas horas. “Me mata la espalda, chango. Cada vez que vengo acá sufro como un perro”, dice, secuelas inocultables de su pasado levantando paredes, cargando fardos y medias reses, gastando las manos para un pasar digno.
“Otro problema que tengo, a la hora de entrenarme, es la falta de sparrings. Nadie me aguanta y no puedo practicar como yo quisiera, con todo. Me acuerdo de Rompehuesos Azar (un pesado cordobés), que vino, hizo un round y medio y dijo: Me voy porque me duele todo. Así se me hace difícil”, se lamenta.
Espera una barra brava made in Villa del Rosario, el humilde pueblo cordobés del que es su celebridad. “Ya hablé con los guasos y van a venir un montón. Ya lo dije: yo les voy a llenar el galpón de gente”, afirma, sin diplomacia. ¿Irrespetuosidad para con el Luna? Frío. La Mole lo aclara: “En Córdoba le decimos galpón a cualquier estadio o gimnasio. Nada más. Para mí es un orgullo”.
–¿Estás enojado con Domínguez?
–Sí. Me molestó mucho que se meta con mi personalidad. Yo estoy de acuerdo con que diga que me va a noquear y todo eso para la promoción. Pero él se metió con mi forma de ser. Arriba del ring vamos a arreglar las cosas.
–Sabés que él va a salir a provocarte. ¿No te ganará el descontrol?
–Espero que no. Ya me estuvieron hablando un rato largo mis colaboradores. No voy a hacer ningún escándalo.
–¿Creés que Domínguez saldrá a buscarte de entrada ?
–No creo que sea tan b...
–¿Y si lo hace para sorprenderte?
–Ojalá. Así lo agarro y lo liquido enseguida.
Moli se va. Deja un tendal de autógrafos y promete un asado futuro en Villa del Rosario. Es su manera de mostrar gratitud.
Deja para el final las fotos. Entra en la obra en construcción y fija la vista en la bolsa de cemento. El ojo de ex albañil no le falla y chapotea en la nostalgia: “Si me habré deslomado levantando paredes. Eso sí que era duro, hermano”.
No hay urgencias por llegar con lo justo ni habrá que recurrir al sauna para eliminar algún gramo de más. La ceremonia del pesaje para el choque de pesados será una ocasión para determinar cuáles serán las diferencias de potencia que puede haber sobre el ring. Hoy por la tarde La Mole Moli y Domínguez se subirán a la balanza en el Luna Park.
Antes que ellos también lo harán los boxeadores que completan la cartelera.

