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LAS VEGAS (De un enviado especial).- Mitchell Libonati, empleado de limpieza del MGM Grand Hotel-Casino, encontró el trozo de la oreja derecha de Holyfield que Mike Tyson le había arrancado con los dientes en el tercer round de la frustrada pelea revancha por el título munidales de los pesados.
Pese a que el jurado Duanne Ford había explicado que vio cuando Tyson arrojaba el pedazo de pabellón auditivo al centro del ring, Libonati lo encontró sobre las cuerdas; lo puso en una bolsa de plástico y se dirigió al vestuario del boxeador herido. "Traigo lo que están buscando", les dijo el empleado a los asistentes de Holyfield.
Posteriormente el pugilista mutilado fue internado en el Valley Hospital y los médisos especialistas lo intervinieron quirúrgicamente en las dos orejas mordidas, pero no informaron si lograron reconstruir la derecha con el trozo seccionado que encontró Libonati.
Inmediatamente después del espectacular tarascón de Tyson, vino a la memoria aquel de Oscar Bonavena al norteamericano Lee Carr, en la tetilla derecha, durante los Juegos Panamericanos de San Pablo, en 1963, que marcó un hito en el boxeo argentino. La licencia amateur de Bonavena fue cancelada por la Federación Argentina de Boxeo y luego debutó como profesional en los Estados Unidos.
Mucho más acá en el tiempo, se registraron los del polaco Andrew Golota ante Riddic Bowe, en las dos peleas disputadas en 1996. Golota perdió por descalificación, pero por golpes bajos.
En mayo último, en el ring de la FAB, los pesados Fabio Moli y Mariano Ocampo se mordieron sin problemas, generalmente en el hombro. En esa zona del cuerpo es donde se producen la mayoría de este tipo de faltas que tienen como objetivo la desconcentración del rival. El mordiscón de Tyson rompió la lógica.
El cartón se derritió por la elevada temperatura del mundo real. La fantasía propuesta en esta ciudad desapareció en una noche de incontenida furia. El último papelón de Tyson provocó lo inimaginable: el cierre por varias horas de un casino en Las Vegas.
Cómo para seguir jugando estaba la situación. Con corridas dentro del MGM Grand Hotel. Con los guardias de seguridad y policías con sus armas en mano. Con los tragamonedas utilizados como parapetos.Fue una guerra de altísimo costo.
Heridos y detenidos. Algún disparo y decenas de patrulleros rodeando el imponente edificio. Y en la soledad de las clausuradas mesas de juego la certeza de que millones de dólares se perdieron.
La presunción es que Kiev Krekoria, el dueño de las 5005 habitaciones, debe estar pensando si le conviene mantener la relación con Don King, quien todavía tendría que realizar allí una nueva pelea de Tyson para cumplir el contrato. Pero después de lo sucedido...
Vale aclarar un punto: para ingresar en el Grand Garden Arena sólo hay una posibilidad: pasar por el interior del hotel y del casino, por supuesto. Con la idea de que ese obligado tránsito deje alguna ganancia. Sin embargo, esta vez perdió la banca. Porque la mayoría de los espectadores no estuvieron dispuestos a entregar un centavo. Es más, sólo sirvió para ahuyentar al turista adinerado. Después de todo, había opciones atractivas y mucho más seguras a pocos pasos. Por suerte para la gente del MGM, reciben algunas utilidades del vecino New York.
Aunque tampoco trabajaron a pleno en ese hotel. Ni en los esquineros Excalibur y Tropicana. Es que las calles estaban tomadas.
En la violenta noche se salvaron los centros de atracción ubicados en la zona opuesta del Boulevard Las Vegas, donde se juntan el Caesars Palace, Mirage, Treasure Island y Flamingo.
Por una noche, caminar por The Strip no fue divertido. Las máquinas fotográficas y las cámaras se portaban pegadas al cuerpo. Bien disimuladas.
Se apuraba el paso para escaparse del área enturbiada por banditas y muchachas que sin disimulo buscaban canjear algo de dinero. Como en los tiempos en qu e la ciudad se ganó una fama de lujuria que hoy procura desterrar. Porque está claro por la construcción de fachadas insólitas que se intenta ganar al turismo familiar.
Existe la seguridad de que si Tyson se controlaba mejor en el ring los acontecimientos en las calles hubiesen sido iguales a los vividos. Dentro del hotel el ruido mágico del pin-pin-pin-pin-pin de las monedas no se hubiese acallado.
Porque la mayoría viene aquí a vivir un sueño. Y se los espantó con esa pesadilla real que aparece cuando se desenfunda un arma. No podrán entender nunca que todo sucedió en Las Vegas, por un mordiscón de un boxeador impotente. Acostumbrados al ruido normal de las fichas, las cartas y el tamborilleo de las bolillas sobre los discos numerados, creerán que todo fue un sueño, o tal vez que eran los protagonistas de una película.
Mientras ellos siguen haciéndose preguntas sin encontrar respuestas, la policía continúa con su trabajo a destajo en la búsqueda de los culpables que, a favor del escándalo generado por Mike Tyson, dieron rienda suelta a su propia violencia.
Agarrándose todavía con dolor la maltrecha oreja derecha y mientras se encaminaba hacia un hospital, Evander Holyfield dio su opinión. "No puedo creer cómo me mordió. Me sacó una parte de la oreja. No entiendo cómo Lane tardó en descalificarlo; si hasta pareció que quería ayudarlo. No me parece un árbitro que esté capacitado para dirigir peleas importantes. ¿Si le daré otra revancha a Tyson? Ahora, con todo lo que pasó no puedo decidirlo. Esto fue muy irregular y él debe pagarlo con todo el rigor posible. Nunca me imaginé que fuese capaz de algo así."
Poco después de la pelea, en medio de una improvisada conferencia de prensa, el entrenador del campeón del mundo de los pesados de la AMB, Don Turner, declaró. "Vi exactamente cómo le arrancaba la oreja. Fue lo más increíble que presencié en todos los años que llevo en el boxeo. Para mí, Tyson debería ser suspendido de por vida. Habría que sancionarlo con una multa elevada y retenerle para siempre su bolsa de 30.000.000 de dólares. Es una verguenza que algo así suceda en el boxeo y quede sin el castigo correspondiente."
Don Turner sentenció: "De lo que hizo Mike Tyson sobre el ring fui testigo solamente una vez, pero en las calles marginales del Bronx".
Pero su declaración afectó la suceptibilidad de un periodista negro, nacido en ese barrio neoyorquino, que de inmediato le pidió a Turner una retractación de lo dicho, cosa que finalmente ocurrió, entre sonrisas. Increiíble.



