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MONTREAL (De un enviado especial).- Son hechos que también marcan la otra realidad que vive el tenis -y gran parte del deporte- argentino.
Unos minutos antes de partir para la práctica vespertina en el Jarry Park, Martín Rosenbaum, el único dirigente de la Asociación Argentina de Tenis (AAT) que se encuentra aquí, se acercó a la mesa en la que estaba Franco Davin. El tema en cuestión era avisarle que los desayunos no estaban incluidos en los precios de las habitaciones, cuyo valor se descuenta de los premios que reparte, por cada serie, la Federación Internacional de Tenis (FIT), unos 25.700 dólares que se percibirán en un mes, aproximadamente.
-Vas a tener que poner tu tarjeta de crédito, le dijo Rosenbaum a Davin.
-No, otra vez no. Ya lo hice en Venezuela. Ahora, no.
La charla prosiguió y, seguramente, se buscará una solución para el asunto. Nadie se irá de Montreal sin pagar. De una o de otra manera surgirá, llegado el caso, el modo de hacer una vaquita. Pero lo que sí se demuestra es que, pese al resurgimiento que vive el tenis argentino, el momento institucional sigue siendo delicado, con un pasivo cercano a los 300.000 dólares.
Esto no es algo nuevo. Se recuerda el paso por Chile, en 1997, cuando Daniel García, el anterior capitán, cerró la cuenta del hotel con su propio plástico. O el de Martín Jaite, en Corea, al frente del equipo de la Fed Cup, que también debió apelar a su tarjeta para saldar las cuentas pendientes.
El dinero fue siempre devuelto por la AAT. No es el caso. Es la vieja historia de los esfuerzos y la buena voluntad. En definitiva, estas situaciones generan una serie de desgastes que marcan otras aristas de la realidad: también por este tipo de cosas, la Argentina hace mucho tiempo que deambula por la segunda división de la Copa Davis.


