Más que un acto patriótico, cantar el himno es una rutina

Es cada vez mayor el número de futbolistas que no saben la letra o fingen moviendo los labios; además, afectan la intolerancia de muchos espectadores y las cuestiones políticas
Alberto Borrini
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28 de junio de 2015  

Cantar el himno de cada país en los partidos internacionales de fútbol se ha convertido en una rutina más de un espectáculo que convoca a millones de participantes en medio planeta. Cantar es un decir, porque es cada vez mayor el número de jugadores que no saben la letra, fingen mover los labios en silencio o se niegan a participar del coro.

La inspiración patriótica original comenzó a tambalear hace algún tiempo debido a la intolerancia y el fanatismo que suelen llevar a deplorables excesos como la falta de respeto por los sentimientos de los rivales, y la exacerbación de una violencia latente que estalla, sin freno y muchas veces sin castigo, con el frenesí destructor de los barrabravas.

No obstante, nadie parecía reparar demasiado en el hábito, ni en los desmanes de los protagonistas hasta que hace aproximadamente un mes el himno español fue apagado con silbidos y alaridos de desaprobación en el Camp Nou, durante la ceremonia de apertura del partido que estaban a punto de disputar el local FC Barcelona y el Athletic Bilbao.

Lo que desató la silbatina fue la presencia en el lugar de Felipe VI. El hecho de que en el estadio hubiese mayoría de catalanes y vascos, impulsados por un colectivo sentimiento autonomista y de rechazo a la monarquía, no fue excusa suficiente para atenuar el escándalo.

Pese a que la opinión pública española prefirió olvidar el suceso, agobiada por problemas más urgentes y graves, los principales partidos políticos se dividieron; el oficialismo reclamó leyes para evitar este tipo de excesos, mientras que dirigentes de la oposición se solidarizaron con el Rey.

La cuestión del himno siguió latiendo en los medios masivos a través de las opiniones de columnistas que sacaron a relucir aspectos olvidados o poco conocidos del asunto. Hubo coincidencia en alegar que algo que jugó a favor, en esa ocasión, fue que el himno español no tiene letra. Y no la tiene porque nació, en el Siglo XVIII, como marcha militar conocida como Marcha Granadera.

El incisivo escritor y periodista español Julio Llamazares, por ejemplo, ironizó sobre la carencia añadiendo que sólo hay un himno mejor que el español, y es el de Cármenes, un pueblito de su región, León, "que no tiene ni letra ni música. Cada verano, al comienzo de la Semana Cultural, la población lo "interpreta" poniéndose de pie y moviendo la boca desde un escenario".

El cineasta y escritor David Trueba le quitó importancia al incidente y opinó que todo el mundo tiene derecho a silbar el himno "si es el propio". Otros vincularon el hecho con la mala educación, "que no distingue entre nacionalidades y comunidades".

El hecho dejó también algunas huellas en nuestro país. Un prestigioso especialista argentino en empresas y negocios, Claudio Destéfano, autor del libro Hay otro partido (Aguilar, 2010), puntualiza que "salvo en el rugby, donde el himno es un verdadero grito de guerra y emoción al mismo tiempo, no me parece oportuno cantar el himno en partidos de fútbol. Son dos públicos distintos que suelen tener distintos valores". Añade Destéfano que, paradójicamente, los mismos jugadores, aunque no compartan la actitud de la hinchada frente al himno, "son los mismos que no respetan las decisiones de los árbitros o intentan engañarlos, enervando así con su actitud a los espectadores"

Pero no sólo se trata de una cuestión de ética profesional de jugadores y espectadores. El fútbol se ha convertido, últimamente, en un arma política, hasta el punto de ser la verdadera dueña de la pelota y cómplice de un negocio fabuloso y tentador para los corruptos, como lo acaba de demostrar la crisis de la entidad mundial que rige el deporte, la FIFA. Las esquirlas de ese estallido han dañado la reputación del fútbol en varios países, sin excluir al nuestro.

Frente a episodios como éste, que ganó las portadas de los medios masivos en todo el mundo, la discusión acerca de la ejecución del himno nacional en las canchas puede parecer una nimiedad, y quizá lo sea. Pero el hecho de que los equipos, y las selecciones nacionales, ya no estén conformados completamente por jugadores del país cuyo himno se entona, añade un poco de pimienta al asunto.

Cabe señalar, además, que el tema del himno en las canchas no es una novedad, tiene su historia y hasta sus propias estadísticas, integradas por los nombres de los jugadores más famosos que se niegan a cantar la canción nacional de su equipo o de su selección por diversos motivos. Uno de los más conocidos es Karim Benzema, N° 9 francés del Real Madrid, que no canta La Marsellesa, al igual que su colega y compatriota Zinedine Zidane, los dos de origen extra comunitario. Los acompañan en la nómina de los rebeldes el alemán Mezut Ozil y el galés Ryan Giggs. Este último considera que God save the Queen es más inglés que británico, por lo cual siente que no lo representa.

Pero no olvidemos que hasta Lionel Messi, a pesar de ser reverenciado como un genio por las hinchadas de todo el mundo, fue acusado de no saber la letra del himno nacional argentino por sus compatriotas. La versión hizo que las cámaras de televisión, que a veces parecen actuar independientemente de la voluntad de quienes las manejan, se ensañaran con él, mostrando primeros planos de su rostro para ver si movía o no los labios.

Pero Messi es Messi, y una abrumadora mayoría no le exige que cante el himno sino que demuestre su patriotismo metiendo goles en el arco rival.

No están muy claras las normas, si es que existen, que reglamentan la decisión de cantar los himnos nacionales en los partidos de fútbol. De todos modos, no cambiaría mucho el debate, porque lo que realmente importa es la crisis de valores institucionales que afecta a nuestro país, y de la cual el fútbol es un fiel reflejo.

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