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Parecían pelotas de fútbol. Eran cabezas de indígenas decapitados. Las coleccionaba Kurtz, el misterioso personaje de Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas , alrededor de su casa en la jungla. Conrad jamás lo dijo, pero su Kurtz podría haber sido inspirado en Leon Rom, el militar a cargo de las tropas belgas cuando el Congo fue propiedad privada del rey Leopoldo II (1835-1908). Rom adornaba su cama con cabezas humanas. Lo cuenta el escritor Adam Hochschild en su libro El fantasma del rey Leopoldo . Hochschild dice que el brutal régimen del rey belga mató en el Congo entre cuatro y ocho millones de personas. Y que otras cinco millones murieron en la última guerra que mantiene hoy a la República Democrática del Congo (RDC) bajo la más grande fuerza de paz de la ONU. El país que sufrió siglos de colonialismo, matanza, saqueo y hambre, desplazó por primera vez a Sudamérica y el sábado pasado en Abu Dhabi clasificó al TP Mazembe Englebert como finalista del Mundial de Clubes. El Inter de Javier Zanetti le ganó fácil. Con ocho sudamericanos en la formación titular y el camerunés Samuel Eto'o como figura. Sin italianos. Casi sin europeos.
El sueño del celta, la nueva novela de Mario Vargas Llosa, cuenta la vida del nacionalista irlandés Roger Casement, un personaje rescatado por el libro de Hochschild, porque fue uno de los pocos que denunció las matanzas del rey Leopoldo en el Congo belga. Invocando una tarea humanitaria, el rey belga controló de modo brutal un territorio de más dos millones y medio de kilómetros cuadrados, más grande que Inglaterra, Francia, Alemania, España e Italia juntas. Los nativos esclavizados que no cumplían la cuota mínima de caucho que debían extraer sufrían mutilaciones y golpizas con el chicote, hecho con piel de hipopótamo, que podían terminar en la muerte. Si escapaban, sus familiares eran víctimas de violaciones y torturas. Vargas Llosa habló de "genocidio" en la TV española. Y contó que su personaje, Casement, agregó una cuarta letra C a las tres que, según decía, formaban parte de la misión colonizadora: cristianismo, civilización y comercio. La cuarta fue codicia. Se fue Leopoldo. Pero cuatro grandes compañías belgas siguieron dueñas del Congo, ya no buscando caucho, sino minerales como uranio, que sirvieron a Estados Unidos para fabricar la bomba atómica. En 1941, 28.000 belgas controlaban a 15 millones de congoleses. "Colonia modelo", el Congo belga vio nacer hospitales y escuelas. La educación quedó a cargo de las misiones religiosas, que también impulsaron el fútbol. El jesuita Raphael de la Kethulle es homenajeado desde 1997 con el estadio "Tata Raphael", de Kinshaha, que en 1974 se llamaba "20 de Mayo", cuando albergó el célebre combate Alí-Foreman. En 1939, monjes benedictinos fundaron el FC Saint Georges, hoy TP Mazembe.
La poderosa mina de cobre Union Miniere du Haute Katanga (UMHK) impulsó en 1925 con el monje benedictino Gregoire Coussement la primera asociación de fútbol en el Congo Belga (FASI). La UMHK, cuenta David Goldblatt en The ball is round (La pelota es redonda), advirtió que el fútbol pacificaba las protestas laborales. Hasta que en 1941 tropas del Ejército colonial mataron a cientos de obreros en paro dentro de la cancha de fútbol de Lubumbashi. En la ex Elizabethville, capital del estado de Katanga nació el TP Mazembe, que en 1950, abandonado por los religiosos, pasó a llamarse Englebert FC, por la compañía de neumáticos belga que se adueño del club. Englebert FC y Vaticano FC jugaron el preliminar de un partido histórico que las selecciones de jugadores negros de Katanga y Johannesburgo celebraron ante 40.000 personas en 1950 en Lubumbashi. Unos años atrás, los jugadores negros podían enfrentarse contra blancos, pero debían hacerlo descalzos. El colonialismo más paternalista quedó bien reflejado en las aventuras del comic "Tintin en el Congo". "Hoy les voy a hablar de vuestra Patria: Bélgica", dice el reportero Tintín en una de sus célebres tiras, en las que llama haraganes e ignorantes a los nativos y señala que hasta los elefantes hablan mejor el francés.
Bélgica debió conceder la independencia. Las primeras elecciones libres en 1960 consagraron a Patrice Lumumba. Su discurso de asunción, una pieza formidable contra el colonialismo y el racismo, ofendió al rey Balduino. La provincia de Katanga lideró una rebelión que seis meses después provocó el asesinato de Lumumba, con intervención directa de agentes del gobierno belga y de la CIA. Bélgica pidió disculpas cuatro décadas más tarde. Familiares de Lumumba reclaman hoy ante los tribunales de Bruselas. En 1965 asume el dictador anticomunista Joseph Desiré Mobutu. Katanga celebra al Englebert, bicampeón africano en 1967 y 68, que agrega a su nombre Touit Puissance (Todo Poderoso). Mobutu se entusiasma con el fútbol e invierte en la selección. Congo gana la Copa Africana de 1968 y, ya como Zaire (el cambio de nombre fue ordenado por Mobutu), gana otra vez la Copa Africana y se clasifica al Mundial de Alemania 74. El sueño terminó con un humillante 9-0 propinado por Yugoslavia en Gelsenkirchen. Mobutu duró algo más. Su fortuna, se cuenta, creció a 4.000 millones de dólares. Sus muertos a unos 200.000. El drama de 1994 en la vecina Rwanda, la guerra entre hutus y tutsis, precipitó su caída. Laurent Desiré Kabila, que en los '60 combatió con el Che Guevara, asumió el poder. El también fue asesinado. La guerra, que incluyó a Angola, Namibia, Zimbabwe, Burundi, Uganda y Rwanda y a 24 grupos armados diferentes, terminó en 2003. Murieron entre tres y cinco millones de personas.
La República Democrática del Congo tiene hoy como presidente a Joseph Kabila, el menor de los diez hijos de Laurent Kabila. Su ex aliado, pero muy posible rival para las elecciones de 2011 será Moise Katumbi. Gobernador de Katanga y presidente del TP Mazembe, Katumbi es una especie de Silvio Berlusconi o Roman Abramovich africano. Dueño de una compañía que explota minas de cobre y uranio, Katumbi ya invirtió 8 millones de euros en el equipo, lo dotó de una gran ciudad deportiva, avión privado, academia para dos mil niños y salarios de hasta 3.000 dólares por semana, en un país donde la media es de 120. En un partido de la Liga de Campeones de Africa ofreció al equipo un premio de 250.000 dólares si ganaba. El rival, Monomotapa, campeón de Zimbabwe, tenía un presupuesto anual de 200.000 dólares. El del TP Mazembe llega hoy a los 10 millones. Me lo cuenta el periodista Steve Bloomfield. Nos conocimos en Sudáfrica. En un Mundial que fue decepcionante para las selecciones africanas, hoy vengadas en el Mundial de clubes por el TP Mazembe. Bloomfield vio con sus propios ojos a Katumbi bajar al vestuario para dar ordenes en el entretiempo de un partido. El DT francés Diego Garzitto se fue y dejó su lugar al senegalés Lamine N'Diaye. "Si tengo que elegir entre la política y el Mazembe me quedo con mi club", dijo Katumbi a Bloomfield en su libro "Africa United". "Cualquier político diría lo mismo", me dice Bloomfield, entrevistado en estos días hasta por The New York Times.
La clasificación del TP Mazembe a la final del Mundial de Clubes paralizó a la RDC. Acrecentó las chances electorales de Katumbi. La felicidad no fue sólo en Lubumbashi, la rica capital de Katanga, donde todos votan por él. Se extendió a todo un país que está 168 en la lista de 169 países en el ranking anual de desarrollo humano de la ONU. Que tiene al 60 por ciento de su pueblo en condición de pobreza absoluta. Y unas 45.000 personas que mueren al mes especialmente por hambre, sida y malaria. Cifras que contrastan con las riquezas de diamantes, oro y cobre, además del coltán, clave para la industria de la telefonía móvil y los video games. "La fuente histórica de los conflictos en Congo no ha sido la cuestión étnica, sino la enorme riqueza mineral del país", escribió Kambale Musavuli. Avatar, el taquillero filme de James Cameron, no se desarrolla en el año 2154 en Pandora, invadida por una multinacional que codicia sus minerales. Avatar es Congo, dice Musavuli. "Toda Europa contribuyó a la fabricación de Kurz", escribió Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas, en 1899. Las últimas palabras que Conrad hace pronunciar a un Kurtz agonizante son: "el horror, el horror".


