Milagros Ingaramo, la gitana del Tour Europeo

Por Fernando Pedersen De la Redacción de LA NACION
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23 de enero de 2002  

En el golf, que en el exterior se mueve sobre la base de millones y abundancia, la historia de esfuerzo y carencias de Milagros Ingaramo y su esposo Gustavo marca contrastes amplísimos. A fines del año último, estos santafecinos dejaron su rutina y apostaron todo a jugar en el Tour Europeo femenino. Seguramente no se imaginaron los sacrificios y obstáculos que tendrían que vivir para ir en busca de su sueño.

Hoy, con la tarjeta renovada para jugar la temporada 2002, después de quedar 16a. en la escuela clasificatoria de Portugal, Ingaramo y su marido-manager-caddie-asistente- Gustavo Barbich recuerdan con una sonrisa el sufrido tour por las canchas del Viejo Continente.

Milagros de 30 años, del Club de Campo El Paso, en Santa Fe habla en plural cuando cuenta sus pequeñas historias de pocos recursos: “Vivíamos en un motorhome que compramos en Bologna pero no había plata para ir a campings. Eramos los únicos que nos manejábamos así. En los clubes nos paraban en la puerta y nos decían: “Esto no es camping”. Ahí sacábamos la credencial de miembros del Tour Europeo y nos dejaban pasar con cara de pocos amigos.

“Sin embargo, la gente del Tour nos empezó a querer porque éramos los pibes pobres. Veníamos de muy lejos a recorrer las canchas de Europa con lo justo. Hicimos 20.000 kilómetros con el motorhome.”

Los resultados no fueron los esperados en la primera parte del año y los torneos se sucedían sin poder pasar el corte. Entonces, el escaso presupuesto pasó a ser inexistente: “Teníamos un supuesto sponsor, pero cuando lo llamamos no atendió el teléfono y tuvimos que salir a reventar el auto en Santa Fe. Con esa plata zafamos un poco, pero esos días que pasaron hasta que se vendió fueron terribles, porque quedamos varados en Suecia y sin un peso. Lo único que teníamos eran los pasajes de vuelta y no nos alcanzaba ni para llegar a Italia para tomar el avión de regreso. Tuvimos que elegir entre pedir prestado para volvernos a la Argentina y vender el auto y seguir adelante. Al final, decidimos arriesgar todo.

“Yo notaba que le estaba pegando bien a la pelota y que me faltaba poco para lograr mejores resultados. Por eso me daba bronca abandonar en la mitad cuando podía mejorar. Por suerte contamos con la plata del auto enseguida y me sentí más tranquila, más suelta. No tenía la presión de pasar un corte y ganar un premio para poder jugar el torneo siguiente.

La vida no era ideal para una deportista con casa rodante: “La falta de resto físico fue una de mis fallas; en las últimas vueltas lo sentía muchísimo. Y la forma de vida que llevábamos no me ayudaba mucho. Siempre manejaba Gustavo pero yo no podía dormir; era muy dificil descansar. Estacionábamos en la calle y había mucho ruido por los autos y la gente que pasaba. Además, la alimentación era muy precaria. Por suerte, el sponsor principal del Tour era Evian, el agua mineral, y teníamos botellas gratis.

Las barreras con los otros integrantes del circuito se fueron superando y ése fue otro impulso anímico para ellos: “Nos ayudó conocer gente. Teníamos una relación bárbara con las españolas y las italianas. Ellas me decían que tenía buen swing, que no entendían por qué no pasaba los cortes. Cuando vienen Paula Martí, Raquel Carriedo, o Ana Belén Sánchez, tres españolas que terminaron entre las mejores, y te elogian, te ayuda a no sentirte sapo de otro pozo.

La relación se prolongó fuera de la cancha: “Cuando terminaba una vuelta nos preguntaban a dónde íbamos a comer a la noche y querían arreglar salidas. Y nosotros apenas podíamos comer unos sándwiches en el motorhome; después, comenzaron a invitarnos a cenar a sus casas.

“Además nos costaba mucho encontrar lavanderías y tuve que aprender a usar la remera dos o tres veces. Ni hablar de planchar la ropa. Además, jugué todo el año con un solo par de zapatos.”

Pero a pesar del acercamiento apoyado en el espíritu latino, fue inevitable dejar de pensar en las abismales diferencias entre su realidad y la del resto de las jugadoras: “Ellas tienen muchas ventajas y viven muy bien. A las españolas las apoyan las federaciones y les pagan los gastos y los traslados, además de conseguirles sponsors. Todas las jugadoras del Tour tienen auspiciantes. La excepción, por supuesto, éramos nosotros”.

Ingaramo y sus peripecias, un reflejo de superación en el deporte... pese a todo.

La mirada en la próxima temporada

La experiencia de esta temporada será fundamental para encarar la próxima, que comenzará en mayo en Salamanca. La idea es no repetir errores: “La casa central de Titlest, en Inglaterra, provee a todas las jugadoras del Tour de pelotas. Pero hasta que nos enteramos de eso sufrimos bastante. En los primeros cuatro meses usamos un tubo de pelotas que compramos en Italia, y llegamos al torneo de Suecia, el primero en el que pasé el corte, con una sola. Jugamos las tres vueltas con la misma pelota. Gustavo me decía: “Por favor no te vayas al agua. Por favor, cuidado con los árboles”.

Deberíamos conseguir 30.000 dólares para la próxima temporada; la idea es alquilar algo y dejar el motorhome. Será muy bueno tener como compañera en el Tour a la otra argentina, Silvana Kali.

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