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MUNICH.- Tenía cara de feliz cumpleaños cuando fue reemplazado por Oliver Neuville a diez minutos del final del partido inaugural. Ya había hecho su contribución con la causa nacional, marcando dos goles de pie derecho, ideales para sacarse la etiqueta de gran cabeceador y nada más. Como en el Mundial de Japón-Corea, se llevó los reflectores del primer triunfo alemán. En aquella oportunidad, había facturado por aéreo y triplicado en la goleada por 8-0 ante Arabia Saudita. Aún jugaba en Kaiserslautern y los cinco goles en el Mundial de Asia (todos en la primera etapa) le sirvieron para darse a conocer.
Ayer impuso su ley sobre el césped y otra vez se ganó la tapa de los diarios de su país y de varios del mundo (menos el nuestro, claro...). Ahora sabemos más de su vida. Nacido en Polonia, su próxima víctima en esta competencia, a los nueve años se mudó a Alemania con su familia de deportistas. Mamá Barbara jugó 88 partidos internacionales en la selección femenina de handball y papá Josef le dio el ADN futbolero: fue un wing izquierdo hábil y rápido que tocó su techo en el Auxerre de Francia.
Casi representa a su patria natal, convocado por el ex seleccionador Jerzy Engel. Pero el llamado que tanto esperaba llegó justo a tiempo para un partido contra Albania, el 24 de marzo de 2001. Solamente habían pasado seis meses de su debut como profesional a los ¡22! años, promovido por Otto Rehhagel, el mago alemán que sacó campeón a Grecia en la última Eurocopa disputada en Portugal. En aquel amistoso marcó el gol del triunfo sobre la hora y ya nadie preguntó por su origen polaco.
Sus dos temporadas posteriores al Mundial de la consagración fueron de tono mediocre y pasaron casi sin destaques notorios. La selección alemana fracasó en la Euro 2004 y tenía destino de "one hit wonder", al estilo de esas bandas de rock que meten un buen tema y después desaparecen del mapa musical (¿se acuerdan de Four Non Blondes y su "What s going on"?).
Pero otra vez le sopló el viento a favor. Para evitar su quiebra, Kaiserslautern cedió sus derechos económicos en cinco millones de euros a una empresa de lotería. Entonces apareció Werder Bremen, lo rescató del ostracismo y Klose cantó bingo en su carrera de goleador. Explotó en el último campeonato con la impactante suma de 25 tantos convertidos en 26 partidos y fue el máximo artillero de la Bundesliga.
Miro no llena el formulario del típico panzer alemán. Más veloz que fuerte, prefiere siempre escapar al cuerpo a cuerpo con el defensor rival. Sabe jugar para los compañeros y tiene la gran virtud de saber esconder muy bien sus limitaciones. Subestimado por la prensa y los rivales, Miro no se discute para Jürgen Klinsmann, que se ve reflejado en él.
Con puños de plomo y mandíbula de cristal, Alemania deberá mejorar mucho en defensa. Si la última línea sigue tirando el fuera de juego como el peor equipo de un colegio secundario, necesitará muchos goles de su número 11.
Por suerte, este experto carpintero en su adolescencia clavó dos y evitó la venta al público de los pesados muebles Metzelder y Mertesacker. Como buen operario, hizo su trabajo y se fue. Con cara de feliz cumpleaños. Desde ayer, Miroslav Klose, el hombre del día, tiene 28.

