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HERZOGENAURACH, Alemania.- Las callecitas serpentean por todos lados. Se abren paso entre un cuidado casco antiguo donde las casas de entramado lucen muy bien conservadas. Techos bajos y a dos aguas con relucientes tejas rojas. Un escenario uniforme, con aroma medieval, que convive con una boscosa parquización. Porque la vegetación sí a tomado nota de la cercanía con el verano y ha explotado en las frondosas copas de los árboles y en los coloridos maceteros que decoran las veredas. Pero el clima no respeta al almanaque, se ha sublevado, y castiga con temperaturas invernales, llovizna y hasta granizo intermitente. En el corazón de la región de Franconia, a sólo 17 kilómetros de la mundialista ciudad de Nuremberg, en la apacible localidad de Herzogenaurach ya todos saben que aquí se aloja la selección. No hay efusivas demostraciones, nada altera el ritmo reposado de un lugar que sorteó bastante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, pero sí una íntima sensación de orgullo porque los visitantes argentinos hayan escogido hospedarse entre ellos.
La Argentina se mostró receptiva a las muestras de cariño de la gente que decidió compartir las horas públicas del equipo de José Pekerman. Porque ayer, como se trató de una jornada de presentación, los primeros entrenamientos en suelo alemán se realizaron a puertas abiertas. Y para encontrar a los argentinos fue sencillo en esta Herzogenaurach que apenas merodea los 20.000 habitantes. Aunque algún giro en la esquina equivocada preceda a perderse por un puñado de minutos, la cercanía facilita encontrar rápidamente un lugar que en unos días ya será familiar. Y, por si acaso, allí están "Fehnturm" y "Türmersturm", las dos torres de defensa del siglo XIV, enclavadas en pleno centro, dos faros de referencia, dos centinelas del tiempo.
Pese a la lluviosa mañana, la selección y el público se encontraron en el Adi-Dassler Sportplaz, el cómodo miniestadio de la empresa Adidas que la Argentina utilizará con frecuencia. Respetuosas, acomodadas en una de las tribunas -en el medio, como si fuese un asistente más, sentada, hay una estatua de bronce de Adi Dassler de tamaño real- y agitando pequeñas banderas celeste y blancas, alrededor de 200 personas siguieron los ejercicios físicos de los jugadores. "Aquí son todos muy educados y atentos. Reservados, diría también. Estaban ansiosos por la llegada de la Argentina. Querían verla de cerca", cuenta Griselda Leibold, una tucumana de 27 años que hace cinco está radicada en Nuremberg, trabaja en un portal hotelero de Internet, y durante el Mundial será uno de los 15.000 voluntarios de la organización. Ella es una de las personas que comentan que Herzogenaurach es como vivir en una postal. Y no exagera. Cerca está Fernando Barreto, de 45 años, vestido de gaucho y acompañado por otros cinco argentinos. Son los más ruidosos en la mañana. "Tener a la Argentina tan cerca es un sueño", dice Fernando, que se vino desde Beyreuth, una localidad a 70 kilómetros de aquí, donde tiene una pizzería. ¿Que cómo se llama? Sí, claro: la Argentina.
"No hay mal tiempo, sino gente mal vestida", asegura un conocido dicho alemán. Los propios lugareños están sorprendidos por el intenso frío, pero para confirmar la muletilla, dicen que sólo es cuestión de abrigarse mejor. Laura Calligaro es argentina y hace 25 años que vive en Herzogenaurach, una verdadera experta en esta ciudad. Ayer por la mañana, junto con su amiga cordobesa Graciela Janssen-Harms, estuvieron en la práctica de la selección. "No entiendo nada de fútbol, jamás había estado en un entrenamiento , pero el país tira y emociona", dice, reflexiva, con su bandera albiceleste. Ella misma revela que con sede en Erlangen, una ciudad mucho más importante, a 11 kilómetros de Herzogenaurach, funciona el Centro Argentino en Frankenn, integrado por alrededor de 45 familias argentinas, algo así como 140 socios. "Utilizamos como sede una casa que nos facilita el municipio, tenemos reuniones cada dos meses y dos veces al año, en julio y en diciembre, aunque sea bajo la nieve, hacemos asados con carne que traemos desde Hamburgo. Y con chorizos que nos hace un alemán", cuenta Laura. Y agrega: "En Herzogenaurach somos aproximadamente 20 los argentinos".
La ciudad respira historia. Allí está el Ayuntamiento, un antiguo palacio barroco. Y la iglesia parroquial St. Magdalena, que fue un antiguo templo romano y actualmente es una iglesia gótica con una magnífica bóveda de cañón de madera pintada. Y por allí también se puede reconocer la casa más antigua, que data de 1447. Pero el movimiento actual de Herzo (vamos a permitirnos la abreviatura) hoy se apoya en tres puntales: las firmas de indumentaria deportiva Adidas y Puma que aquí tienen sus oficinas y la empresa Ina, dedicada a los repuestos para el automotor. Algunos argentinos trabajan allí. La presencia de extranjeros es habitual por sus calles: calculan que hay, estables, con ocupación, cerca de 2000, pertenecientes a 70 naciones diferentes.
Los futbolistas alzaron sus manos, devolvieron los saludos y firmaron muchos autógrafos antes de marcharse para almorzar en su búnker, el hotel Herzogs-Park, que durante el día, frente a su puerta, tuvo una discreta guardia de pocos hinchas. Por la tarde, ahora con el viento también aliado al frío, parte del plantel sólo tuvo que cruzar la calle Bethovenstrasse para practicar en las canchas que están justo frente a su búnker. Un pasillo delimitado por cintas plásticas separó a la gente del paso de los futbolistas. Muchos pequeños, entre incrédulos y tímidos, que tendían sus manos con libreta y lapicera. Lionel Messi, paciente, fue el que más pedidos recibió y respondió. Apareció una bandera de Hurlingham y la llevaba Luis Toledo, que hace años vive en Neustadt, otra localidad cercana. Al final, sólo quedó tiempo para algunos autógrafos más. El primer día completo en Alemania se instalaba en el recuerdo. La bucólica tranquilidad de Herzogenaurach les había dado la bienvenida.
4 ciudades visitó la Argentina en el Mundial de 1974: Stuttgart, Munich, Gelsenkirchen y Hannover

