Racismo en el calcio

Romelo Lukaku
Romelo Lukaku Fuente: AP
Ezequiel Fernández Moores
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24 de septiembre de 2019  • 23:59

El goleador belga Romelu Lukaku (un fantasma que recorrió el premio "The Best" de la FIFA) quería cumplir la promesa que había hecho a su madre Adolphine cuando él tenía apenas 6 años. Fue el día que la vio agregándole agua a la leche. "El momento exacto en el que supe que estábamos en quiebra". La casa en las afueras de Amberes quedó sin luz porque no había cómo pagar la electricidad. No más agua caliente. Pan de fiado. Ratas. Con 12 años, y los botines 39 de su padre, exjugador en Congo, Romelu marcó 76 goles en 34 partidos. Era grandote. Casi el único niño negro en esos partidos. Los rivales le exigían el documento. Hasta prohibieron su inclusión. "Aprendí a jugar con rabia". Al entrenador que retrasaba su ascenso le apostó más goles a cambio de apoyo. Ganó. "Nunca apuestes contra un niño que tiene hambre". Y a los 16 años y 11 días, como le había prometido a su madre, Romelu debutó en la primera de Anderlecht. Lukaku siguió haciendo goles. En la selección belga y en Inglaterra. Hoy es la nueva gran figura del Inter, líder en Italia. "Es tan potente -'bromeó' días atrás un opinionista de TV- que sólo pueden frenarlo si le tiran diez bananas".

El panelista de la TV fue echado ese mismo día, pero Gianni Infantino, presidente de la FIFA, afirmó con razón el lunes pasado en "The Best" que el problema del racismo en el fútbol de Italia "es grave". Antes de premiar en el teatro La Scala a Lionel Messi y compañía, Infantino se refirió a los nuevos coros racistas ("buuu", como si fueran monos) lanzados el domingo pasado por hinchas de Atalanta contra el brasileño Dalbert, de Fiorentina. El árbitro paró tres minutos el partido. "Hay que condenar, pero los coros fueron mínimos y suceden en todos los estadios", minimizó Giampiero Gasparini, DT de Atalanta.

Los "buuu" racistas se repiten todas las fechas. Y son minimizados. Los fanáticos de la Curva Norte de Inter quisieron explicarle a Lukaku que los "buuu" que venía de sufrir en cancha de Cagliari simplemente buscaban ponerlo nervioso, pero que no eran racismo, sino hasta "una forma de respeto" porque le tienen miedo a sus goles. "Lamentamos que hayas pensado que fue racismo. Tienes que entender -le dijeron los hinchas- que Italia no es como otros países del norte de Europa donde el racismo es un problema real". El senegalés Demba Ba, hoy en Turquía, pidió a todos los jugadores negros que boicoteen la Liga italiana. "¿A qué otra vergüenza deberemos asistir para que el calcio diga basta?", se preguntó el periodista GB Olivero, de La Gazzetta dello Sport. "El primer paso -añadió- es rechazar esta normalidad absurda".

"En 2019 no debería haber problemas para identificar y expulsar a los racistas. Lo lamento porque la gente ama Italia, su cultura, un país que contribuyó a la humanidad" (Gianni Infantino, presidente de la FIFA)

Infantino volvió ayer a la carga. "En 2019 no debería haber problemas para identificar y expulsar a los racistas. Lo lamento porque la gente ama Italia, su cultura, un país que contribuyó a la humanidad", dijo el presidente FIFA. Pero basta repasar los diarios de las últimas semanas. La estudiante que filma al enésimo pasajero de transporte público que, como si fuera un inspector, exige a los pasajeros negros que le muestren el boleto. Que los insulta y los escupe. El video del padre que patea con violencia a un niño negro de 3 años que se acerca a la cuna de su bebé. El DJ dueño de radio que insulta al aire a los inmigrantes "caníbales y violadores". El audio de la mujer que se niega a alquilarle su casa a una joven porque la joven es de Foggia, "meridional, y yo soy salviniana, racista al cien por ciento". "Salviniana" por Matteo Salvini, el vicepremier hoy desplazado, líder de Liga, ultraderecha y xenófoba. Meses atrás, la cantante Emma Marrone pidió en un concierto que "abran los puertos" a los inmigrantes. "Harías bien abriéndote de piernas", le respondió a Marrone un político de Liga. El fútbol es apenas un espejo. Y, a veces, un espejo generoso.

Una investigación reciente acusó a los "ultras" del campeón Juventus de extorsionar a los dirigentes. Amenazaban con cantar coros racistas sólo para que multaran al club. Querían seguir recibiendo boletos para revender. La justicia encarceló a los capos. Por primera vez, el equipo de Juventus salió el último sábado a su "Stadium" sin coreografía de los barras de "Drughi", "Tradizione", "Viking" y "Núcleo 1985". Al día siguiente, domingo, los jugadores de Milan e Inter posaron en el medio del campo con un cartel que decía "basta de racismo". Allí estaba, entre otros, el volante marfileño de Milan Franck Kessié, insultado días atrás en la cancha de Hellas Verona. Y también estaba Lukaku. Extrañando a su querido abuelo congoleño, nacido cuando el país era colonia belga, vieja propiedad privada del rey Leopoldo II, cuyo general Leon Rom adornaba su cama con cabezas humanas, parte de la matanza de millones.

El lunes pasado, en la fiesta de la FIFA en Milán, el discurso combativo fue de Megan Rapinoe. La capitana de Estados Unidos, premiada como mejor jugadora, citó diversas injusticias. Y mencionó los ataques racistas que sufrió tiempo atrás el zaguero senegalés del Napoli Kalidou Koulibaly. "Necesitamos implicarnos todos -pidió Rapinoe-. Tenemos una gran oportunidad, una plataforma increíble. Y es una oportunidad única para usar este hermoso deporte para cambiar el mundo. Haced algo. Haced lo que sea".

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