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Meu amigo Charlie Brown es el título de la canción más entonada por los hinchas argentinos aquí en Río de Janeiro. Su compositor, Benito Di Paula, vivía en una pensión llena de italianos. Les preguntó a sus compañeros de qué se reían mientras leían una revista. Le contaron de Charlie, el amigo de Snoopy y co-protagonista de la historieta que los estaba divirtiendo. Le tradujeron el contenido y así encontró la letra. Ya tenía la música en su cabeza.
El tema salió en 1975 y fue un éxito rotundo. Benito, que en realidad se llama Uday, llegó a competir en venta de discos con el invencible Roberto Carlos. Si Di Paula, que tampoco es su apellido, cobrara regalías cada vez que la hinchada argentina ejecuta alguna de sus dos variantes, sería trillonario. La negativa incluye insultos y rima aguante con vigilante. La positiva pide huevos para ganar el partido.
El público argentino se hace notar en cualquier sede donde compita un deportista o un equipo nacional. Se hace sentir en el Maracanazinho con el voleibol, en el Arena Carioca con el básquetbol y en el Olympic Tennis Center con Del Potro. La versión testosterona aparece en los momentos clave de los partidos. La arenga siempre pasa por el factor hache.
Sin embargo, los propios protagonistas bajan la influencia de ese aspecto tan sobrevalorado por aficionados y periodistas. Julio Velasco, DT de la selección masculina de voleibol, habló de falta de lucidez para explicar la derrota ante Polonia: “Los jugadores decían ‘Vamos’, como si el problema fuera de motivación. Y el equipo no estaba lúcido”. El grito estalló en pleno Argentina-Lituania cuando The Expendables, a.k.a. El Alma, antes conocido como la Generación Dorada, llegaron a los cinco minutos finales en un contexto ideal: partido parejo y tiempo suficiente para tirarles la experiencia a los europeos. Sin embargo, el equipo no ejecutó bien bajo presión y perdió. “Flojo partido mental. Ellos fueron mas lúcidos. Nos enloquecimos un poco con el afán de ganarlo con coraje. Pasa habitualmente en nuestro país pensar que se gana con huevos. Se gana jugando bien”. Esta declaración de Manu Ginóbili debería pasarse en cadena nacional junto con la de Velasco.
Cuando la principal explicación de un resultado pasa por palabras como actitud, coraje, carácter y huevos todo se reduce a una cuestión emocional. Muchos hinchas, cada vez más, apelan a este refugio y se sienten justificados cuando los periodistas elegimos este atajo cruel, falso e injusto. El análisis de los deportes demanda conocimientos y conceptos específicos. Los Juegos Olímpicos exponen nuestras carencias y limitaciones. El argumento de “no sienten la camiseta” o “estos sí tienen hambre” para suplantar nuestra ignorancia es muy tentador. El mensaje llega. El hincha se lo apropia. Y el deportista sufre el maltrato.
Porque en la mayoría de las competencias, el asunto no pasa por la voluntad sino por decisiones que se toman en pleno partido. El alma no alcanza para ganar batallas. Juan Martín Del Potro puso corazón pero, más importante, tuvo lucidez y fortaleza mental para imponer su plan de usar el revés con slice e invertirse con la derecha apenas Bautista Agut le diera la oportunidad. En el tie break, ejecutó mejor que su rival bajo presión y cansancio. El hincha seguirá cantando la de Charlie Brown. El desafío es nuestro: más lucidez y menos huevos para explicar el juego. Dejar la canción para el baile en el carnaval carioca, donde todos somos iguales.



