Estrellas olímpicas: el show del atletismo en Río 2016

Bolt y De Grasse corren y se divierten: rivales y cómplices
Bolt y De Grasse corren y se divierten: rivales y cómplices Fuente: Reuters - Crédito: Kai Plaffenbach
Cada jornada atlética de Río 2016 dejó un nombre o una escena para recordar; vale el recorrido por la pista azul del Olímpico, con nombres que sirven de referencia para una actividad cada vez más atractiva
Daniel Arcucci
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17 de septiembre de 2016  • 17:34

El estadio que antes se llamaba Joao Havelange y cuando juega el Botafogo se llama Nilton Santos, pero en los mapas de los Juegos figura como Engenhao y quedará para siempre como Olímpico, emerge entre las casas bajas cual plato volador aterrizado en un barrio que parece conurbano bonaerense. Extraño lugar para ubicar un escenario que nació con los Panamericanos de Río 2007 y acaba de graduarse en historia del deporte en un curso veloz, muy veloz, dictado en los últimos diez días de los Juegos Olímpicos de Río 2016.

Porque allí se jugó al fútbol, es cierto, incluso desde un día antes de que en el Maracaná se encendiera la llama olímpica, pero fue cuando empezaron las jornadas de atletismo que el cemento y el acero, capaces de albergar a casi 50.000 almas, vibraron con una energía única, diferente. No estuvo colmado todos los días, ni mucho menos, con la excepción obvia de las citas con la Boltmanía, y sobran argumentos para explicar por qué: la lejanía respecto del Parque Olímpico, la descentralización de la llama olímpica, las dificultades para llegar… Ninguno de esos argumentos alcanza a la calidad deportiva que el atletismo ofreció a cambio, de la primera a la última jornada.

Vale ponerle nombre propio a varias de esas citas, como si de un calendario virtuoso se tratara, porque así fue.

Bolt y Mo: los dos personajes que levantaban al público como nadie, y lograban atraerlos a las tribunas, ellos fueron Usain Bolt

Mo Farah marca el ritmo del pelotón y el ánimo del estadio olímpico
Mo Farah marca el ritmo del pelotón y el ánimo del estadio olímpico Fuente: AP - Crédito: Matt Dunham

Todo empezó bien temprano, más temprano de lo usual. ¿Una final de 10.000 metros a las 11.10 del mediodía, en el debut? Para un tiempo fuera de lo común, un tiempo fuera de lo común: el de Almaz Ayana, la corredora etíope que trituró por ¡14 segundos! un récord del mundo que había nacido apenas dos años después que ella: era de Junxia Wang desde el 8 de septiembre de 1993 y ella, nacida el 21 de noviembre de 1991, recorrió los 10 kilómetros en espeluznantes 29 minutos 17 segundos 49. Un ritmo y un estilo salvajes, que pueden sintetizarse en un par de datos objetivos: las tres primeras –además de Ayana, la keniata Cheruiyot y la etíope Tirunesh Dibaba– corrieron la mejor carrera de sus vidas; y los últimos 5000 metros de la ganadora no sólo fueron más rápidos que los primeros, sino que hubieran sido la 17ma marca histórica en esa distancia. Lo que se dice, dejar la pista caliente, y ya no sólo por el sol calcinante del mediodía.

A la noche del día siguiente, el que tenía su cita con la historia era Mo Farah, alguien acostumbrado a correrla. ¿Qué el finlandés Lasse Viren se había caído y se había levantado para ganar los 10.000 metros en Munich ’72? Pues Mo se cayó y se levantó para ganarlos… ¿Qué el mismo Lasse Viren había sido el único en conseguir el doble doblete, 10.000 y 5.000 en Alemania primero y en Montreal ’76 después? Pues Mo lo haría, así en Londres 2012 como en Río 2016. ¿Quieren saber si hay en el atletismo alguien capaz de transmitir a todo un estadio esa energía diferente que sólo parece capaz de transmitir Usain Bolt en menos de 10 segundos o de 20, según el caso? Pues… Mo, al cerrar sus faenas, sea después de tropezar y levantarse, en el final de los 10K; sea cuando es provocado, en el final de los 5.000, y casi al cerrarse el telón de la fiesta atlética.

Lo imposible fue posible: el sudafricano Van Niekerk destrozó el réocord de 400 metros
Lo imposible fue posible: el sudafricano Van Niekerk destrozó el réocord de 400 metros Fuente: AP - Crédito: David Phillip

Pero Bolt es Bolt, claro. Y como muy bien lo definió el prestigioso colega español Carlos Arribas, de El País, “el Bolt más lento es el Bolt más grande”. Suyo fue el triple triplete, así en Río 2016 como antes en Pekín 2008 y en Londres 2012: no necesita correr más rápido que él mismo en los 100m, los 200m y la posta 4x100m para ser más rápido que todos los demás, sea su archienemigo Justin Gatlin, sea su archiamigo Andre De Grasse. Las medallas de oro son el premio, pero no necesita récord para dejar en la historia imágenes como la llegada charlando y riendo con el canadiense en la semifinal de 200 o su impresionante aceleración en la posta, para descativar el sincronizadísimo pase de testimonio Made in Japan. Entiende todo, Bolt. Incluida la cuestión de que el atletismo de hoy, pensando en mañana, lo necesita a él como corredor y como… showman.

Porque mientras lo van a ver a él los que entienden y los que no, pueden encontrarse, por ejemplo, con que un tal Wade Van Niekerk, sudafricano él, que también había ido a ver al jamaiquino pero que además tenía tarea por hacer, pulveriza otro récord (im)batible, el de Michael Johnson en los 400m, también con dos décadas de vigencia, para sacarse finalmente la foto frente al reloj que marca 43,03 contra los 43,18 de su antecesor.

"¡¡Oh, Dios mío!! Lo masacró", dijo Michael Johnson, dueño del récord de 400, al transmitir la carrera de Van Niekerk en vivo

Mientras, en el Sambódromo las mujeres bailaban con el calor más feo, el húmedo de las 9.30 de la mañana, que supo asimilar mejor que nadie Jemima Sumgong, aún con un registro de 2:24.04, para darle a las mujeres de Kenia lo que nunca habían tenido: una medalla dorada en la distancia madre. Allí mismo cerrarían los hombres, una semana después, con más aire para respirar: Elliud Kipchoge, el mejor del año, al borde del récord del mundo en Londres, fue el mejor en Río, con 2:08.44 en el cronómetro y una sonrisa de suficiencia en el rostro. Suya fue la medalla dorada, aunque el premio a la valentía se lo llevó el segundo, Feyisa Lelisa, que celebró la medalla de plata con un saludo de preso en su denuncia de la persecución política que sufre su familia, y hasta él mismo, en su país. Y el premio a la historia, claro, se lo llevó Galen Rupp, “el blanco que corre como un negro”, norteamericano que debutó en los 42 kilómetros en febrero, para clasificarse, y que en su segunda carrera, después de disputar los 5.000 sólo unos días antes, ya se estaba subiendo a un podio olímpico.

Maratones: la hora y el clima conspiraron contra la carrera de mujeres; los hombres sufrieron menos; de todos modos, ganaron los que tenían que ganar, los favoritos

Así como un keniata ganó la maratón, un keniata tenía que ganar los 3000 metros con obstáculos, como sucede desde hace 36 años. Sólo que hubo un cambio generacional: Ezekiel Kemboi, de 36 años, dejó paso a Concelsus Kipruto, de 19, que batió el récord olímpico con 8.03.28. De Kenia también es la mujer que se llevó la prueba entre ellas, con una superioridad abrumadora, aunque Ruth Jebet, también de 19 años, corre desde los 16 con la camiseta de Bahrein. Menos de un segundo le faltó para ser récord; tan poco, que en la primera competencia post Río ya lo había superado.

Si de las y los keniatas es el mediofondo y el fondo, de una jamaiquina fue la velocidad: también Río fue escenario de aquello que no sucedía desde hace décadas, y así como Florence Griffith-Joyner fue la reina de los 100 y los 200 metros en el lejano Seúl 88, Elaine Thompson lo fue en Brasil. De la excentricidad de la norteamericana al gesto de estupor de la jamaiquina, una sorpresa genuinamente fingida y potenciada por la rabia de la holandesa Daffne Schippers, llamada a ser lo que no fue.

Nueva era: el récord femenino de 10.000, en poder de la china Wang Junxia desde 1993, estaba rodeado

Vuela literalmente Alma Ayana, que trituró el récord de 10.000 metros
Vuela literalmente Alma Ayana, que trituró el récord de 10.000 metros Fuente: AP - Crédito: Lee Jin-Man

Sí volvió a ser, en cambio, Rudisha, el Rey David de los 800m, que se ganó más a sí mismo que a los demás. La que sigue en su lucha, en la misma distancia, es la sudafricana Caster Semenya, ya no por ganar, que lo hace naturalmente, sino porque le crean y, sobre todo, la quieran, algo que no logra. El debate sobre su sexualidad y como consecuencia su aspecto –en el que ahora no está sola, porque también quien fue medalla de bronce, la keniata Margaret Wambui, está en eso– pasa por encima de sus marcas y hasta por encima de los saludos finales, que siempre la dejan al margen: mientras de la cuarta para atrás se saludan todas, ella festeja sola.

A un norteamericano le queda celebrar lo que no hacía un atleta de su país desde ¡1908!: Matthew Centrowitz ganó unos lentos pero históricos 1500m. Y una norteamericana se cuelga su sexta medalla dorada olímpica, lo que ninguna mujer había logrado: Allyson Felix lo hizo.

Ya tenía mucho para contar la húmeda pista azul del Joao Havelange, del Nilton Santos, del Engenhao o como quiera llamarse ese estadio… Enclavado en un barrio carioca como si fuera en el conurbano bonaerense, con más entorno futbolero que atlético, orgullosamente puede llevar ahora el título de Olímpico, después de que una cuantas figuras pasaron por allí. Pasaron corriendo.

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